Vientos favorables contra la imprevisibilidad
Hay una tentación intelectual, comprensible pero equivocada, de confundir el estilo con los resultados. Durante meses, buena parte del análisis internacional dedicó sus energías a catalogar los excesos retóricos de Washington, en especial de Donald Trump, los giros bruscos, las amenazas lanzadas al amanecer desde las redes sociales. Lo que se registraba con menor atención era lo que, entretanto, iba en realidad ocurriendo.
Después de 107 días de guerra, Estados Unidos e Irán alcanzaron un memorando de entendimiento que detiene las hostilidades, reabre el Estrecho de Ormuz -por donde pasa cerca del 20% del petróleo y gas natural mundial- e inaugura un período de 60 días para negociar el programa nuclear iraní. El acuerdo es frágil, incompleto, y los problemas de fondo siguen sobre la mesa. Pero los barcos empezaron a moverse. Eso no es retórica: es un hecho con consecuencias para la economía global.
En paralelo, Trump regresó de la visita a Pekín con algo más que fotografías. Los canales de comunicación y las consultas políticas entre las dos mayores economías del mundo, interrumpidos o vaciados de contenido durante meses, vuelven a funcionar. Y si las señales se confirman, Xi Jinping podría visitar Washington ya en septiembre. El solo anuncio de esa posibilidad produce un efecto de estabilización en los mercados que ningún comunicado tecnocrático habría logrado.
Luego está Évian. El G7 terminó su reunión en estos días en Francia con un resultado que hace tres meses nadie hubiera apostado: un comunicado conjunto sobre Ucrania, Rusia y Oriente Próximo. Trump firmó y respaldó un endurecimiento de las sanciones contra Moscú. El mismo líder que en 2025 abandonó la cumbre antes de tiempo esta vez cenó en Versalles con algunos aliados.
Sobre Ucrania, el proceso sigue abierto, pero los vectores han cambiado de dirección: mayor coordinación transatlántica, presión creciente sobre el Kremlin, y una Casa Blanca que vuelve a ser parte activa de la solución. Que Washington haya vuelto a hacer de Ucrania una prioridad compartida con los europeos ya es, en sí mismo, una señal.
Lo que une estos movimientos es su dirección. El principal lastre de la economía global, del comercio internacional y de la seguridad colectiva en los últimos años no ha sido este o aquel conflicto aislado: ha sido la imprevisibilidad sistémica. La incertidumbre sobre las reglas del juego paraliza la inversión, encoge el comercio, y alimenta los cálculos erróneos que terminan en guerra. Cada paso hacia marcos negociados, por imperfectos que sean, reduce ese déficit. Y eso tiene valor real, medible, independientemente de la forma que adopte.
Quienes viven instalados en la crítica refleja a Estados Unidos deberían ser capaces de reconocer que los pasos dados estas últimas semanas van exactamente en esa dirección. No se trata de aplaudir sin reservas ni de cerrar los ojos ante las complejidades que quedan por resolver.
Se trata de no dejar que la antipatía patológica o ideológica decida lo que se puede ver. Algunos, sin embargo, parecen tener demasiado en juego para permitírselo. Esos indicadores que aseguran previsibilidad no se advierten en estas horas en la Argentina, el caso del Jefe de Gabinete Manuel Adorni llena de incertidumbre la política y paraliza la gestión a pesar de algunos anuncios en materia ecónomica que son positivos.
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