Perón y el peronismo, entre junios y octubres
En el calendario histórico del peronismo dos meses operan como polos magnéticos de su identidad, su mística, sus glorias y sus tragedias: junio y octubre. Entre los vientos de estos dos meses se fraguó y debatió, desde hace más de ochenta años, la naturaleza misma del movimiento fundado por Juan Domingo Perón.
Octubre es el mes de la génesis y el alumbramiento inesperado. El 17 de octubre de 1945 nació el peronismo, no en un despacho, oficina o local partidario, sino en una Plaza de Mayo colmada de una clase obrera que entraba en escena exigiendo la libertad de su líder. Octubre representa el aluvión, la irrupción de lo imprevisto.
Es, por definición, el mes de la adhesión plebiscitaria y fundacional; del nacimiento de Perón, de su casamiento con Evita y de aquella asunción de su tercera presidencia, en 1973, en la que, ya el final de su vida, prometía cerrar las heridas del exilio con un contundente 62% de los votos.
Este mito político se nutre de raíces biográficas que el historiador Ignacio Cloppet ha contribuido a conocer con precisión de detalles en sus libros, ahora con la reedición de su obra Perón íntimo. Historias desconocidas (Sb Editorial, 2026). Cloppet muestra aquí, a través de correspondencia poco conocida y archivos familiares, al hombre real, con su red de afectos y afinidades que fueron moldeando su pensamiento y su liderazgo político. Sus cartas y postales enviadas durante su estancia en la Europa que se internaba en la guerra, entre 1939 y 1941, resultan reveladoras.
Perón observa aquella Europa con ojos de militar y estratega. Su interés se centra en la organización del Estado, la movilización de las masas y la infraestructura, pero no en una adopción doctrinaria del fascismo. El tono general de las cartas enviadas a su familia política (los Tizón) refleja un claro distanciamiento del nacionalismo extremo y de las figuras de Hitler y Mussolini.
Cloppet remarca que Perón no cosechó amistades dentro de la cúpula fascista durante su estadía en Italia. Aunque sí se puede encontrar allí el impacto -casi fascinación- que le causaban algunos rasgos característicos del Estado fascista: la organización vertical y unificada de los diferentes sectores de la sociedad (obreros, estudiantes, profesionales), las técnicas de propaganda moderna y la centralidad de los discursos desde los balcones para generar una conexión directa y emocional entre el líder y el pueblo.
Pero el calendario peronista es bivalente, y a la primavera de octubre siempre le sucede el rigor de junio. Si octubre es partida de nacimiento e hito fundacional, junio es el mes del quiebre institucional, de la gestión y, fundamentalmente, del bautismo de fuego y el dolor.
Es en junio, de hecho, cuando se enciende la chispa inicial de su vida pública: el 4 de junio de 1943, el golpe de Estado que derrocó al régimen conservador y abrió las puertas del Estado al entonces desconocido coronel Perón en su carrera de ascenso al poder. Tres años exactos después, el 4 de junio del ‘46, y luego el 4 de junio del ‘52, esa misma fecha marcó el inicio de sus dos primeros mandatos presidenciales, consolidando el paso de la revolución militar a la estricta legitimidad de las urnas.
Junio es también el escenario donde el peronismo midió sus límites más trágicos. Es el eco de las bombas de 1955 masacrando civiles en la Plaza de Mayo. Es la sangre de los fusilamientos de 1956 tras el levantamiento del General Valle. Y es la frustración de 1973, cuando el regreso definitivo en Ezeiza, un 20 de junio, se transformó en un espejo de las violentas contradicciones internas que el líder ya no podía contener. Junio es, finalmente, el mes del último suspiro: el 12 de junio de 1974, Perón se despidió de su "música más maravillosa" desde el balcón, apenas diecinueve días antes de su muerte.
Mirar la historia del peronismo a través de esta tensión temporal resulta revelador. El movimiento suele oscilar pendularmente entre ambos espíritus. A veces sobreactúa sus octubres, recostándose en la épica de la resistencia, la movilización callejera y la nostalgia de las grandes victorias populares.
Otras veces, forzado a atravesar sus junios, enfrentando el desgaste de la gestión, las internas fratricidas, el superávit de demandas sociales y el déficit de respuestas institucionales. Entender que el peronismo se originó e institucionalizó en junio, pero se transformó en mito en octubre, ayuda a descifrar su resiliencia. Y sus propios fantasmas.
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