Donde habitan los padres
Mi papá nunca fue de los que daban discursos. Mientras otras chicas y chicos escuchaban largas disquisiciones sobre el futuro, el esfuerzo o la vida, yo crecí entre frases cortas. "Llevate un saco". "Fijate bien antes de cruzar". "Avisá cuando llegues". Durante años pensé que tenía poco para decirme.
Lo descubrí una tarde, mucho después de que mi papá hubiera muerto. Estaba cambiando una lamparita del techo y, sin pensarlo, sostuve la escalera con el pie exactamente como lo hacía él.
Fue automático. Sin embargo, ahí reapareció mi papá. No en una foto ni en un recuerdo solemne; fue en ese movimiento inconsciente.
Después empecé a reconocerlo en otras situaciones supuestamente menores, como el placer por los ravioles con manteca, como los que me preparaba antes de ir al colegio.
Quizás por eso, además de porque ya no está, el Día del Padre me provoca una sensación rara. Como a muchos, lo sé.
No hablo de alegría ni de tristeza. Más que una celebración, el Día del Padre -del padre bueno, claro- me parece una invitación a buscar dónde habitan simbólicamente los padres una vez que maduramos, es decir, cuando podemos mirarlos sin trajes de superhéroes.
Borges decía que estamos hechos de tiempo. La figura paterna se puede componer, entonces, de millones de mañanas llevando a los hijos a la escuela, de horas extras para llegar a fin de mes y de tardes arreglando bicis, que llevan tiempo reconocer.
De chicos también creemos que los padres son una presencia permanente. Parte del paisaje. Más tarde comprendemos que estaban aprendiendo mientras nos criaban. Que improvisaban. Que se equivocaban. Que tenían miedo.
Durante tantos años lo había imaginado dueño de una seguridad inquebrantable. Y era un hombre intentando resolver la vida día tras día, igual que todos. Y, para mí, como nadie.
No está mal aquello de ver a los padres como parte del paisaje. Tal vez ese sea uno de sus legados más valioso: la certeza de que mucho de ellos existe en la manera en que miramos el mundo y actuamos, más allá de nuestra voluntad, "naturalmente". Nos guste y no tanto.
El próximo domingo 21 de junio, Día del Padre, habrá mesas pobladas, mensajes de WhatsApp, llamadas apresuradas, fotos. También, sillas vacías, distancia y recuerdos.
Es que la paternidad que honramos es presencias y ausencias, errores y aprendizajes y pequeños gestos que algún día serán inmensos. Como la forma de sostener una escalera con el pie.
Claro que cuando al fin te das cuenta de esto último, descubrís muchas otras formas "sencillas" de decir te quiero, que ya no te vas a olvidar.
Feliz Día del Padre para todos aquellos que hicieron del amor una presencia así, imborrable.
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