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lanacion.com.ar · hace 15 horas · Enrique Basla

Los ñoquis, las empanadas y el arte de “viaticar”

LA NACION

En agosto de 2004, una serie de investigaciones publicadas por LA NACION y firmadas por el periodista Hugo Alconada Mon puso bajo la luz pública una situación incómoda dentro de organismos vinculados al sistema judicial argentino. Los títulos eran tan directos como demoledores. “Hay ñoquis en el Consejo de la Magistratura”. Poco después: “Acusan a políticos y jueces por los ñoquis.”

La denuncia apuntaba inicialmente al Consejo de la Magistratura de la Nación Argentina, donde el entonces consejero Beinusz Szmukler denunció públicamente estructuras de personal sobredimensionadas, cargos de difícil justificación y una burocracia que crecía muy por encima de las necesidades reales.

La palabra “ñoqui” simplificaba una realidad más compleja, pero lograba describir un problema conocido por generaciones de argentinos: organismos creados con fines legítimos que lentamente comienzan a acumular empleados, asesores, colaboradores y estructuras paralelas que terminan alejándose de su función original.

La polémica rápidamente se proyectó hacia otro organismo distinto, aunque vinculado institucionalmente: el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados de la Nación. Y allí era importante hacer una diferencia. El Consejo tenía funciones permanentes: selección de jueces, administración judicial, disciplina. El Jurado, en cambio, tenía una tarea mucho más específica y excepcional: juzgar magistrados y eventualmente removerlos.

Precisamente por su funcionamiento esporádico surgieron preguntas inevitables: ¿por qué tenía una estructura administrativa tan amplia? ¿Era razonable el volumen de gastos? ¿Existían controles suficientes? La presión pública derivó en debates internos, revisiones administrativas y reducción de personal. Parecía la clásica historia argentina de burocracia inflada. Pero poco después ocurrió un episodio mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más revelador.

Como ocurre normalmente en cualquier comisión oficial, cada integrante recibió viáticos destinados a cubrir alojamiento, comidas, movilidad, gastos operativos

Uno de los expedientes más complejos que debía afrontar el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados de la Nación era el proceso seguido contra el exjuez federal de Salta Ricardo Lona. La causa exigía audiencias presenciales en la provincia. Para ello viajaron miembros del jurado y personal técnico. Como ocurre normalmente en cualquier comisión oficial, cada integrante recibió viáticos destinados a cubrir alojamiento, comidas, movilidad, gastos operativos. Hasta allí, absoluta normalidad administrativa.

Pero al llegar apareció un factor imposible de calcular desde una planilla contable: las relaciones humanas. Viejas amistades. Excompañeros de universidad. Colegas. Conocidos de décadas. Y la proverbial hospitalidad salteña. Durante varios días se sucedieron invitaciones para almuerzos y cenas. Hubo reuniones institucionales. Encuentros sociales. Recepciones privadas. Y más de una comida en ámbitos tradicionales vinculados a la histórica Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes. Y, naturalmente, hubo excelentes empanadas salteñas. Muchas. Tantas que parte importante del dinero asignado para gastos nunca llegó a utilizarse.

Al regresar a Buenos Aires ocurrió algo extremadamente poco frecuente dentro de la administración pública argentina: algunos integrantes decidieron devolver el dinero público no gastado. Lo que parecía una conducta elemental derivó en una escena casi surrealista. Las oficinas administrativas no sabían cómo recibirlo. No había formularios. No existían procedimientos. No había antecedentes. Nadie parecía haber contemplado la posibilidad de que alguien quisiera devolver dinero al Estado.

Durante días comenzaron discusiones administrativas insólitas: ¿dónde debía depositarse? ¿Quién debía registrarlo? ¿Qué oficina debía recibirlo? ¿Qué norma regulaba esa situación? La respuesta parecía ser: ninguna. Pero el problema verdadero no era técnico. Era cultural. La devolución generó resistencias inesperadas. Algunos sectores consideraban que se estaba rompiendo una práctica largamente naturalizada. Fue allí donde apareció una palabra informal que describía perfectamente una costumbre silenciosa: “viaticar.” Viaticar no significaba simplemente recibir dinero para afrontar gastos reales. Significaba asumir que ese dinero podía transformarse automáticamente en una suerte de ingreso complementario. Un adicional informal. No regulado. No escrito. Pero aceptado por costumbre.

Hubo consultas con organismos de control hasta encontrar un mecanismo que permitiera reintegrar dinero público no utilizado

La insistencia para devolver esos fondos obligó incluso a consultas con organismos de control hasta encontrar un mecanismo que permitiera reintegrar dinero público no utilizado. Todo por unas empanadas. Aunque, en realidad, por algo bastante más profundo. Los ñoquis. Los viáticos. Las empanadas. A simple vista parecen historias inconexas. No lo son. Son distintas expresiones de una misma cultura administrativa: la naturalización gradual de pequeños privilegios. Un cargo innecesario. Un asesor sin función clara. Un gasto automático. Un beneficio que deja de cuestionarse porque “siempre fue así”.

No siempre los grandes problemas institucionales nacen de grandes actos de corrupción. Muchas veces nacen de pequeñas deformaciones cotidianas que nadie corrige. Hasta que alguien hace una pregunta incómoda. Dos décadas más tarde, la Argentina continúa discutiendo exactamente los mismos temas: eficiencia estatal, gasto público, burocracia, privilegios, transparencia, controles. Los gobiernos cambian. Los discursos cambian. Los nombres cambian. Pero los problemas suelen reaparecer con sorprendente persistencia. La gran pregunta sigue siendo la misma: cómo construir instituciones fuertes sin permitir que se deformen lentamente desde adentro. Porque a veces las grandes crisis del Estado argentino no comienzan con escándalos monumentales. A veces comienzan con un escritorio innecesario. O con una empanada que alguien terminó pagando con dinero público que nunca debió gastar.

Enrique Basla

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