No fue un error, Florencia Peña no se equivocó
Florencia Peña no se equivocó. Hizo lo de siempre: pensó en ella. Pensó en su éxito, en atraer la atención, en los noteros esperándola y sus respuestas con aires de estrella cansada de ser estrella.
Con cuatro décadas de figura farandulera y miles de entrevistas y títulos construidos a partir de declaraciones mentirosas o verdaderas, a Florencia Peña no se le escapa ninguno de los trucos del impacto mediático.
Lo que vino después, más que exculparla terminó de definirla: "Yo estaba al aire. No tengo ni el teléfono ni la compu, no tenía idea de lo que estaba pasando. Desde la producción me dijeron ‘está pasando esto’. Yo lo repliqué y en el momento me dicen: ‘ay, pará, pará, que no está chequeado’. Estoy temblando", pretendió justificarse. Justamente ella, con tanta vocación de levantar el dedo acusador, tan dada a ofrecer clases de ética y moral, siempre víctima autodeclarada de los demás.
Difícil evitar cierto sentimiento de vergüenza ajena. Una pena incómoda frente al cinismo desnudo. Pero mejor llegar hasta aquí. Ya sabrá ella si puede apagar sus propias voces.
Lo importante es otra cosa. Lo interesante para pensar no es la conducta de la actriz, sino las condiciones de posibilidad que rodearon a la falsa noticia.
No fue casualidad que haya pasado en el canal de streaming Luzu. Tampoco que Peña trabaje allí. Seguramente la convocaron por ésto y para ésto: el golpe declarativo, la opinión todo el tiempo y sobre todos los temas, la anécdota sexual con potencial de viralidad.
¿Acaso no es el gran activo del presente? ¿Ser viral? ¿Sumar seguidores, gozar el estremecimiento del like?
Tampoco puede hacerse el distraído Nicolás Occhiato, fundador y dueño de Luzu. El escándalo es también resultado del código que construyó en su canal y con sus seguidores. Una parte decisiva del juego que jugaron desde el comienzo, los hizo populares y con el que ganaron millones.
Es injusto, cómo no, pensar que fue lo único. Tuvieron, tienen, una sensibilidad que conectó con millones de jóvenes, un bienvenido humor autorreferencial y conversaciones con genuino valor.
Pero Occhiato sabe, o debió saber, que confundir al periodismo con un entretenimiento superficial tiene un riesgo. Que un rumor no es información y que en el medio están hombres y mujeres de verdad. Y los límites con el error tienen la fragilidad de un estado de ánimo.
No hay inocentes, sin embargo. No lo son las figuras públicas, entre ellas los futbolistas, que para escapar de las preguntas incómodas se refugian en la complicidad de los amigos con micrófono. Un ejercicio de crecimiento y madurez mutuo se perdió en esa elección.
Tampoco aquellos que cada día forcejeamos entre los viejos hábitos -por ejemplo, la verificación- de un periodismo en jaque y las necesidades impuestas por la época.
Ya. Rápido. Primero. Antes. Que circule. Que lo lean millones. Acá y en el mundo.
El periodismo, o al menos cierto periodismo, agoniza; y los medios sufren la peor crisis de su historia. Y seamos francos, no parece la precisión informativa el camino de la salvación. Un contrato se adivina roto para siempre, al menos con las audiencias masivas: el de la búsqueda compartida de cierto rigor y calidad. En el mundo la mayoría ya eligió el scroll infinito, los reels virales, las fakes con IA, los 280 caracteres y los 3 segundos de atención en TikTok.
En ese contexto se empuja a correr los límites, a creer que todo vale, a que la verdad y la mentira quedan olvidadas con el próximo tuit . Pero si la inocencia no le cabe a Florencia Peña, tampoco al resto. ¿A cuántos hemos matado ya en X?
Que nadie espere certezas tranquilizadoras para el final. La moneda está en el aire y la respuesta en nosotros: medios, plataformas, periodistas, influencers y audiencias. Como medios, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Como lectores, oyentes y usuarios, ¿hasta dónde estamos dispuestos a tolerar?
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