Las demoras en los trenes y una gran batalla de derrotados
Son las 8 de la mañana. La estación de trenes Adrogué, al sur del conurbano, luce más atiborrada de lo normal. “¿Otra vez demoras?”, le pregunta una chica de apariencia oficinista al guarda que custodia el andén. No hacen falta palabras: el hombre responde que sí con un pestañeo profundo, resignado.
Una señora con un bebé entre sus ropas, un trabajador con un bolso cargado de herramientas, un estudiante con los apuntes en la mano. Todos miran a un punto fijo. Buscan respuestas en una pantalla que desde hace meses funciona a medias.
El tren llega media hora después. El hacinamiento es tal que los que quieren bajar no pueden llegar a la puerta y los que quieren subir se impacientan y empiezan a empujar. Eso de mis derechos terminan donde empiezan los de los demás queda pisoteado en una gran batalla de derrotados.
Este jueves los trenes de la línea Roca, que une Constitución con distintos puntos del Gran Buenos Aires, amanecen con demoras. La respuesta oficial es que hubo una falla técnica en la alimentación eléctrica. Es el Roca, es jueves, son las 8 de la mañana, pero podría ser cualquier línea, cualquier día, cualquier hora. La certidumbre de viajar a horario hoy es una moneda al aire.
Demorarse treinta minutos, una hora, dos o lo que sea en los viajes es menos tiempo de descanso, es menos tiempo para estar con los hijos, es menos tiempo para tomar unos mates con un partido del Mundial de fondo. Un tiempo descontado a la fuerza en el calendario ajustado de nuestros días.
Si en las estaciones todavía existieran los libros de quejas ya tendrían más páginas que En busca del tiempo perdido. La paradoja del título es una mera casualidad.
Hace tiempo que viajar cómodo dejó de ser una demanda posible. Hoy los pasajeros sólo quieren subirse al tren, encontrar un huequito para respirar y llegar a destino. El sistema está tan tensionado que una demora de 10 minutos en hora pico genera un desbarajuste total.
Si el tiempo es capital, una demora constante y diaria también corroe la economía de los pasajeros. Con el servicio de trenes paralizado las filas en las paradas de colectivo son rulos que de tantas vueltas se van enredando entre sí. Los autos de aplicación tampoco parecen ser una opción. La alta demanda encarece el viaje hasta duplicar o triplicar los precios regulares. Viajar mal también nos empobrece.
Esos trenes que alguna vez forjaron el capitalismo autóctono impulsando el desarrollo con la fuerza de sus locomotoras se transforman día a día en un ancla más de estrés y angustia para los millones que se mueven entre el conurbano y la Ciudad de Buenos Aires.
Este sistema de trenes te lima la certeza de llegar a tiempo a un estudio médico, de fichar a horario en el trabajo, de llegar a tiempo a un parcial. Esa incerteza, cuando es constante, carcome la confianza en un engranaje central en la maquinaria del trabajo y la calidad de vida de una argentina silenciosa que de tanto tragar saliva comienza a atragantarse.
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