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clarin.com · hace 2 horas · Clarin.com - Home

El Mundial como escuela de educación emocional

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El fútbol en nuestro país no es simplemente un deporte. Para muchos chicos, ver un partido de la selección no es sentarse frente a una pantalla: es subirse a una montaña rusa emocional. En cuestión de minutos pueden pasar de la ilusión más absoluta a la ansiedad que no los deja quedarse quietos, del grito de euforia al enojo por un gol anulado, o a esa desilusión que parece teñirlo todo de gris.

La pregunta no es cómo evitar que vivan esas emociones. La verdadera pregunta es qué hacemos los adultos con ellas, porque… los Mundiales duran unas semanas. El aprendizaje emocional, toda la vida.

Para un chico, un partido importante no dura noventa minutos. Empieza mucho antes. La expectativa aparece días antes del encuentro. La ansiedad crece a medida que se acerca la hora. Durante el partido llegan los nervios, la esperanza, la alegría, el miedo, la frustración y el enojo. Y cuando termina, aparecen emociones nuevas: orgullo, alivio, tristeza o decepción- a veces también enojo. Para ellos un mundial es pertenencia, es identidad, es compartir algo con la familia, con los amigos, con la escuela. Por eso, estos eventos son una oportunidad extraordinaria para enseñar educación emocional.

En casa, el primer desafío es validar sin dramatizar. Cuando un equipo pierde, muchos chicos se enojan o se ponen tristes. En lugar de minimizar lo que sienten, podemos ayudarlos a ponerle nombre. “Sé que te da bronca”, “Entiendo que estés triste”, suele ayudar mucho más que intentar convencerlos de que no pasa nada.

También es una gran oportunidad para hablar sobre algo que todos necesitamos aprender: no siempre se gana. El deporte nos recuerda que la vida está llena de resultados que no controlamos. Aprender a atravesar una derrota sin derrumbarse es una habilidad que sirve mucho más allá de una cancha.

Y cuando se gana, también hay algo para enseñar. La euforia es una emoción hermosa, pero necesita límites. Festejar no requiere humillar a nadie. Alegrarse no implica burlarse del que perdió.

En la escuela, esta enseñanza cobra todavía más importancia. La regla de oro del respeto: Imaginemos una clase donde todos celebran desaforadamente, pero hay un alumno que nació en otro país o alentaba al equipo rival. Ahí aparece una lección valiosa: la euforia sin empatía puede convertirse en crueldad. Festejar es válido. Burlarse, no.

También podemos ayudar a canalizar la ansiedad que generan estos eventos. Conversar sobre lo que sienten, hacer una breve pausa de respiración o simplemente habilitar unos minutos para compartir emociones suele mejorar mucho más el clima que intentar actuar como si nada hubiera pasado.

El Mundial es una versión acelerada de la vida. Hay ilusión, incertidumbre, esfuerzo, éxitos, errores, alegrías y decepciones. Hay momentos en los que las cosas salen como esperamos y otros en los que no.

Si logramos que los chicos entiendan que la ansiedad es expectativa en movimiento, que el enojo puede expresarse sin lastimar y que la desilusión es el precio inevitable de haberse ilusionado, habremos ganado algo mucho más importante que un campeonato.

Ni la pantalla ni la tribuna educan solas. El verdadero director técnico de esta historia somos nosotros, los adultos, ayudándolos a entender que en la vida, como en la cancha, lo que nos define no es el resultado del partido, sino lo que hacemos con lo que sentimos.

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