El agua no cursó geografía política
Durante siglos, organizamos el mundo a partir de mapas. Dibujamos fronteras, levantamos aduanas, creamos Estados y dividimos el planeta en países. Hoy, existen 198 naciones reconocidas por las Naciones Unidas y gran parte de nuestra manera de pensar la política, la economía y la seguridad sigue respondiendo a esa lógica. Sin embargo, hay un elemento esencial para la vida que jamás respetó esas líneas trazadas por los seres humanos: el agua.
Los ríos no se detienen en los puestos fronterizos. Los acuíferos no presentan pasaporte. Las lluvias no consultan tratados internacionales antes de cruzar una cordillera. Mientras la política sigue mirando el mundo desde un mapa dividido en colores, el agua continúa moviéndose según las leyes de la naturaleza.
Quizás uno de los mayores desafíos del siglo XXI sea comprender que el agua no cursó geografía política.
La mayor parte de los recursos hídricos del planeta se encuentran en cuencas compartidas por dos o más países. Se estima que más de 150 naciones comparten ríos, lagos o acuíferos transfronterizos.
El río Danubio atraviesa o conecta a diez países europeos. La cuenca del Mekong es compartida por seis países del sudeste asiático. El sistema amazónico involucra a ocho países sudamericanos. El acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua subterránea del mundo, se extiende bajo Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.
La contaminación aguas arriba afecta a quienes viven cientos o miles de kilómetros río abajo. Una represa construida en un país puede alterar el abastecimiento de otro. La gobernanza del agua del futuro será necesariamente transnacional. No se tratará de ceder soberanía, sino de ejercerla de manera cooperativa.
China desarrolla algunos de los mayores proyectos de transferencia hídrica de la historia para abastecer a las regiones del norte. Israel conecta distintas fuentes mediante complejos sistemas de distribución. California depende de enormes infraestructuras para llevar agua desde zonas húmedas hacia regiones urbanas y agrícolas.
Los barcos cisterna ya transportan agua entre islas y regiones costeras con escasez. En situaciones de emergencia, los camiones cisterna se han convertido en una herramienta habitual para abastecer ciudades enteras.
El agua comenzará a moverse siguiendo nuevas rutas económicas y logísticas, del mismo modo que hoy circulan la energía o los alimentos.
El cambio climático altera los patrones de lluvia en todos los continentes. Los contaminantes emergentes aparecen simultáneamente en miles de cuencas. La pérdida de glaciares afecta a países muy diferentes entre sí. La degradación de ecosistemas impacta sobre ciclos hidrológicos que trascienden cualquier frontera.
Ninguna nación, por poderosa que sea, podrá resolver estos problemas de manera aislada. La cooperación internacional dejará de ser un ideal diplomático para convertirse en una necesidad práctica.
En las próximas décadas, el agua ocupará un lugar cada vez más central. Algunos países poseen glaciares, bosques, humedales, acuíferos y cuencas cuya importancia excede ampliamente sus fronteras nacionales. Lo que ocurra en la Amazonia, en los Andes, en las grandes regiones lacustres africanas o en los sistemas glaciares del Himalaya tendrá consecuencias para cientos de millones de personas.
Así como la conferencia de Bretton Woods redefinió la arquitectura económica mundial después de la Segunda Guerra Mundial, no resulta descabellado imaginar que durante la segunda mitad del siglo XXI surjan mecanismos globales de financiamiento, compensación e inversión vinculados a la protección de los grandes sistemas hídricos del planeta.
La construcción de plantas de desalinización, sistemas de reúso, infraestructura de almacenamiento, protección de cuencas, redes inteligentes, monitoreo satelital y modernización de sistemas urbanos exigirá cientos de miles de millones de dólares durante las próximas décadas. Los proyectos hídricos dependerán cada vez más de mercados internacionales de capitales, bancos multilaterales, fondos soberanos, financiamiento climático y nuevas herramientas financieras orientadas a la sostenibilidad.
El agua dejará de ser únicamente una cuestión de ingeniería para convertirse también en una cuestión de arquitectura financiera global.
Existe una forma de comercio internacional de agua que pasa desapercibida para la mayoría de las personas. Se llama “agua virtual”.
Cada tonelada de soja, trigo, maíz, carne, algodón o fruta exportada contiene miles de litros de agua utilizados durante su producción. Cuando un país importa alimentos, también está importando indirectamente el agua necesaria para producirlos.
Las regiones con abundancia de agua ganarán ventajas competitivas. Las cadenas globales de valor se rediseñarán considerando la huella hídrica de los productos. Algunas industrias migrarán hacia territorios con mayor disponibilidad de recursos.
La geografía económica del siglo XXI estará cada vez más influenciada por la geografía del agua.
A finales del siglo XIX, las potencias europeas dividieron África sobre un mapa, trazando fronteras con reglas y escuadras, sin considerar ecosistemas, culturas o dinámicas naturales. Muchas de esas divisiones siguen generando conflictos hasta nuestros días. El agua nos recuerda los límites de esa manera de pensar el mundo.
Las fronteras políticas seguirán existiendo y continuarán siendo fundamentales para la organización de las sociedades. Pero si queremos enfrentar los desafíos hídricos del siglo XXI, necesitaremos superponer otro mapa sobre el tradicional.
Mientras los seres humanos seguimos discutiendo dónde termina un país y comienza otro, el agua continúa enseñándonos una lección simple y poderosa: la naturaleza nunca reconoció nuestras fronteras.