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infobae.com · hace 7 horas · Pilar Rahola

Tanto nadar para morir en la orilla

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Todas las miradas se dirigían a Bürgenstock, el histórico complejo hotelero sobre el lago de Lucerna, donde Audrey Hepburn se casó y donde Sean Connery protagonizó su heroica lucha contra el malvado Goldfinger. En ese ressort exclusivo propiedad de Katara Hospitality, el fondo soberano de Qatar, se había celebrado en junio de 2024 la Cumbre por la Paz en Ucrania, un esforzado intento de 90 países (sin China, ni Rusia), que se quedó en un mero documento de apoyo. Y debía ser aquí, en ese hotel de lujo suspendido en un acantilado de 500 metros, donde estaba previsto celebrar la ceremonia oficial de firma física del MOU, el memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, que dará por concluida la guerra iniciada hace 110 días con la Operación Fúria Épica. Sin embargo, por la premura de la situación, por la repentina influencia de Macrón o, más bien por el amor desatado de Trump por la majestuosidad y la grandilocuencia, al final el presidente norteamericano ha estampado su firma del MOU en el Palacio de Versailles, el mismo lugar donde, en 1783, Gran Bretaña, Francia y España pusieron fin a la Guerra de independencia de Estados Unidos, y donde se firmó en 1919 el tratado de paz de la primera guerra mundial. Rodeado, pues, de tanta carga històrica, y con Petain rondando en el escenario, Trump ha dado por acabada la guerra.

Silenciados los misiles, es el tiempo de analizar un acuerdo que se larbó con demesiada premura por parte de Trump, azuzado por sus errores estratégicos y sus intereses internos. Y el análisis provisional dispara muchas alarmas. La primera alarma arrastra al resto: ¿El acuerdo de Donald Trump con Irán será peor que el pésimo acuerdo nuclear (JCPOA) que firmó Barack Obama en 2015 en el Palais Coburg de Viena? Recordemos sus consecuencias. De entrada, el acuerdo no impidió la carrera nuclear iraní, solo la congeló supuestamente, pero con unas restricciones tan severas a las inspecciones de la OIEA, que sirvieron para que el régimen llegara a acumular 9.000 quilos de uranio enriquecido en diferentes niveles de pureza, 400 de ellos enriquecido al 60%, suficientes para fabricar 10 bombas nucleares. Además, Irán inyectó más de 100.000 millones en activos liberados que sirvieron para rearmar a sus proxys, desde Hezbollah, hasta Hamás y los houthis, y desestabilizar a Oriente Medio. Para rematar, el acuerdo permitió el desarrollo de miles de mísiles balísticos entre alto y corto alcance. Es decir, con Obama, el régimen se mantenia fuerte, no cejaba en su carrera nuclear, creaba un basto arsenal de misiles y armaba a sus proxys terroristas.

¿El acuerdo de Trump cambia esa situación? No solo no lo parece, sino que hay motivos para pensar que deja la situación peor. De entrada, el régimen de Irán estaba, antes de la guerra, en su situación más crítica, acababa de asesinar a miles de manifestantes, su economía entraba en pre colapso, había perdido a su aliado sirio, Hezbollah había sufrido la decapitación de su cúpula y Hamas estaba siendo severamente diezmada por Israel. En este sentido, el objetivo anunciado de la guerra de hacer caer al régimen (“la ayuda está en camino”, escribió Trump en su red Truth Social un mes antes), parecía pausible, pero partió de un gran error de cálculo: no considerar que el régimen llegaría hasta el límite para garantizar su superviviencia, y que poseía el arma más poderosa de la guerra, la capacidad de crear una crisis energética mundial con el dominio del estrecho de Ormuz. Si el régimen estaba débil antes de febrero, después de resistir a la guerra se ha reforzado, con el agravante que ahora lo dirigen los sectores más duros y más radicalizados de la Guardia Revolucionaria. Con ello han conseguido una doble posición de fuerza: han resistido al ejército más poderoso del mundo, y han demostrado que pueden dañar seriamente a la economía de todo Oriente Medio. Lo cual conlleva otra consecuencia desastrosa: Estados Unidos sale debilitado ante los ojos de los países de la región, porque ya no es el paragüas que impedía que fueran atacados. Por ello, es de prever que muchos de estos países inicien ahora una aproximación pragmática con el régimen de los ayatolás, como escudo defensivo para próximas ofensivas.

Además, si Obama liberó 100.000 millones, Trump ha comprometido 300.000 millones para reconstruir el país y la descongelación de los activos iraníes, de manera que el régimen recibirá una inyección ingente de dinero que lo reforzará ile tempore.

Con todo sumado, aún quedan los aspectos más delicados, dónde tampoco parece que Trump haya conseguido ningún éxito creïble: el tema nuclear queda relegado a 60 días de negociaciones, lo cual, en lenguaje iraní, significa que sigue abierto. El tema de los misiles ha desaparecido en la fase uno, y también se pospone a negociaciones posteriores, que partirán de cero. Y lo más punzante es el tema del Líbano, punto en el que Israel ha sido apartado de la decisiones. El acuerdo parece, de entrada, santo: alto el fuego total. Sin embargo, ¿qué significa ello en el Líbano? ¿como puede tomarse esa decisión, sin el acuerdo explícito de Israel, que és el país que sufre la agresión terrorista de Hezbollah? Y, ¿como puede plantearse sin ningún atisbo de seguridad -y menos de paz- sin el desarme completo del grupo terrorista? ¿Como se consigue un Líbano que pueda vivir con seguridad, si se permite la permanente ingerencia iraní y el secuestro de la política libanesa por parte de Hezbollah? El hecho es que con un Hezbollah que acumula miles de misiles y cuyo único objetivo es la destrucción de Israel, el acuerdo es un papel mojado, inútil para la paz e hiriente para el estado hebreo. Al final, la conclusión és clara: el MOU da por hecho que Irán tiene decisión sobre el futuro del Líbano, y ello es un permanente bomba de tiempo.

Finalmente, aunque no menor, la heroica oposición de la ciutadania persa, que esperaba la ayuda prometida, desaparece de todas las ecuaciones, completamente abandonada por quien aseguró que iría a su rescate. Trump ha usado, ha manipulado y ha abandonado a la lucha del pueblo persa.

Visto lo visto, ninguno de los objetivos que prometió Trump han sido conseguidos. No hay “victoria total y completa”, no existe ninguna “rendición incondicional”, no se ha desenterrado el uranio enriquecido, el Libano continúa secuestrado por Hezbollah, el régimen iraní no ha caído y se reforzará económicamente, no se ha conseguido que Irán deje de apoyar a sus proxys terroristas, los países de la región se han sentido vulnerables y Qatar refuerza su posición estratégica. ¿Qué ha conseguido, pues? ¿Abrir el estrecho de Ormuz? Ergo, ha vuelto al punto de partida sin alcanzar ninguno de los objetivos que había prometido. Estratégica, política y militarmente Trump ha sido humillado por una tiranía perversa a la que prometió derrotar. Para el régimen criminal iraní, es una victoria sin paliativos. Para Estados Unidos, una muestra de vulnerabilidad inimaginable. Y para Israel, una situación alarmante que lo deja solo ante los retos terroristas que lo amenazan. Trump abrazó a Israel durante mucho tiempo. Ahora cabe preguntarse si en realidad su abrazo fue el abrazo del oso.

Trump abrazó a Israel durante mucho tiempo. Ahora cabe preguntarse si en realidad su abrazo fue el abrazo del oso. En cualquier caso, no deja de sorprender la diferencia entre la inteligente y exitosa estrategia que la administración norteamericana está siguiendo en Latinoamérica, con los errores de la estrategia ante Irán. En el primer caso, Trump está cambiando la historia. En el segundo, solo la perpetúa.

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