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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

Gardel nuestro

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En 2010, durante mi primer viaje a Argentina, una de las principales paradas que hice fue en el Cementerio de la Chacarita, para visitar la tumba de Carlos Gardel. Allí me hice una selfie y le tomé al monumento varias fotos, todas para mi madre, devota de quien conocemos en Caracas con ese mote misterioso del “morocho del Abasto”, que en español venezolano supone algo así como el mellizo del supermercado.

Considerando la fama que Gardel gozó en vida, no es ninguna rareza que en Venezuela se le tenga un aprecio casi universal. En su también célebre pieza teatral de 1979, El día que me quieras, cuyo título ya evidencia los nexos con el Tango, el escritor venezolano José Ignacio Cabrujas no sólo hace aparecer en escena al cantante sureño —interpretado en su montaje original por un jovencísimo Jean Carlos Simancas—, sino que además lo hace entonar varios de los temas que el astro sureño inmortalizó en sus películas, como “Amores de estudiante”, “Sus ojos se cerraron” o, claro está, “El día que me quieras”. Y fue en un muy posterior montaje de esa misma obra que yo vi, por primera vez, entrar en escena a Carlos Gardel, encarnado esta vez en otro actor contemporáneo.

Gardel —el de verdad— estuvo en Venezuela por primera vez en abril de 1935, ocho años antes de que mi madre naciera, en medio de una gira apoteósica internacional. Su recorrido local comenzó por el puerto de La Guaira, adónde llegó desde Puerto Rico, y de allí ascendió mediante un hoy extinto ferrocarril hasta la estación de Caño Amarillo en Caracas, donde hoy conmemora su visita una estatua en su honor, inaugurada en 1983. El bronce —no muy fiel— lo muestra en traje y con los brazos abiertos, secundado por dos guitarristas y por un perrito que se esconde a sus espaldas. Se dice que la acogida del pueblo venezolano fue tan desaforada, que la policía tuvo que intervenir y el propio Alfredo Le Pera recibió un sablazo en pleno rostro.

Gardel, por la IA. "El viaje de Gardel", un corto realizado con inteligencia artificial.

Durante sus doce días en Venezuela, Gardel cantó en el Teatro Principal, el Teatro Majestic y en la Radio de Caracas, y las gentes de la capital pudieron verlo comer arepas en un local de la zona popular de Puente Hierro. Luego se presentó en las ciudades de Valencia y Maracaibo, así como en Maracay, en función para el entonces dictador venezolano, Juan Vicente Gómez, a quien se dice que ofreció los versos de “Pobre gallo bataráz” —“se te está abriendo el pellejo / ya ni pa’ dar un consejo / como dice, te encontrás”—, para la inmensa y secreta alegría del pueblo que anhelaba el fin del régimen, tras la muerte del militar andino en diciembre de ese año. Gardel fue pájaro de buen agüero.

Hoy, casi un siglo después, un ánimo no muy distinto es capaz de traernos a Gardel a la memoria. Y aunque ya no esté por allí para aceptar peticiones del público, puedo imaginarlo en alguna Plaza Bolívar, con su voz extraordinaria entonando “Farabute”, “Mala entraña” y “Chorra”. Y el público, entre los aplausos, volvería a sonreír, agradecido.

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