La nariz de Cleopatra y las hemorroides de Napoleón
El 18 de junio de 1815, las tropas francesas se retiraron vencidas del campo de batalla de Waterloo. Esta fue una de esas batallas trascendentales que cambiaron el curso de la historia. Hubo combates épicos como las Termópilas o Cannas... Pero, junto a Gaugamela, Lepanto y Stalingrado, Waterloo marcó un punto de inflexión en el curso de las campañas militares.
Alejandro Magno no hubiese conquistado Persia (que tanto trabajo le está dando a Trump); los musulmanes hubieran conquistado Europa de no haber sido detenidos en Lepanto, y Hitler podría haber ganado la Segunda Guerra si sus ejércitos llegaban a los pozos petroleros del Cáucaso, en búsqueda del combustible que desesperadamente necesitaba Alemania.
Alrededor de Waterloo se tejieron muchos mitos, empezando porque la batalla no se libró en esa localidad, sino en la granja de La Belle Alliance, a escasos cinco km de Waterloo, localidad donde Wellington firmó el parte de la victoria.
Si bien los ingleses tuvieron una activa participación, solo aportaron la tercera parte de las tropas que pelearon; la mayor parte de las fuerzas eran holandesas o prusianas.
Wellington soportó a pie firme la primera parte de la contienda, pero fue von Blücher quien definió la batalla con su oportuna intervención. Este era un pintoresco general prusiano que había estado preso de los franceses, de quienes había jurado vengarse, cosa que cumplió en Waterloo.
En los tres días que duró el enfrentamiento pasó de todo: llovió, cosa que hizo más difíciles los movimientos, especialmente de la caballería; hubo deserciones como la del general Víctor de Bourmont, que se pasó al ejército prusiano; y también actos de coraje como el de James Graham, defendiendo la granja Hougoumont, que mereció ser llamado “el hombre más valiente del ejército” por el mismísimo duque de Wellington.
Y hablando del duque, este no creyó que los franceses podían movilizarse tan rápidamente y se sorprendió al saber que la vanguardia del enemigo estaba por cruzar el río Sambre en las primeras horas del 16, mientras estaba en un baile organizado por la duquesa de Richmond en Bruselas.
Como ejemplo de la trascendencia mundial de estos Cien Días, un mes antes, Belgrano, Rivadavia y Sarratea habían negociado con Carlos IV, a fin de evitar la expedición punitiva del general Morillo al Río de la Plata. En la oportunidad ofrecieron al exrey coronar a un príncipe español como monarca de estas tierras. La vuelta de Napoleón a las andadas hizo que Carlos IV rechazara esta oferta, que venía acompañada por una importante pensión vitalicia.
Otro detalle argentino: una de las fuerzas que se batieron con denuedo en Waterloo fue el batallón 71st Highlanders, que había participado en la fallida conquista de Buenos Aires en 1806, donde los escoceses sufrieron 93 bajas. En Waterloo “solo” tuvieron 31 muertos.
Por último, los franceses discutían de quién fue la culpa de esta espectacular derrota donde murieron 50000 combatientes.
El principal culpable parece haber sido el mariscal Grouchy, por no obedecer la orden de perseguir a los prusianos. Algunos acusan al mariscal Ney, quien debió hacerse cargo del mando del ejército francés cuando ya estaba en inferioridad de condiciones, al momento en que Napoleón le cedió el mando porque sufría un doloroso ataque de trombosis hemorroidal.
Blaise Pascal reflexionaba sobre los detalles triviales que pueden cambiar la historia, como la nariz de Cleopatra o, en este caso, las hemorroides de Napoleón. La historia (y la vida misma) no es obra solamente de las propias virtudes, sino de “una infinita coincidencia de contingencias” en un océano de factores que parecen no tener fin.
Médico y escritor. Autor de "Ciencia y mitos en la Alemania de Hitler", "La patria posible", "Ringo y Joe", entre otros.
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