El futuro que visualizó Keynes
Abril 2026: Europa respiraba todavía entre las ruinas de una guerra y avanzaba, sin advertirlo del todo, hacia otra catástrofe. Fue en ese clima, en 1930, cuando Keynes escribió un ensayo singular. En vez de quedar absorbido por la complejidad de su presente, decidió proyectar la imaginación hacia un siglo lejano y preguntarse cómo vivirían sus nietos cien años más tarde. Aquel futuro remoto es, aproximadamente, este presente que habitamos.
En ese escrito entrevió la posibilidad de que el problema económico, ese viejo mandato de la escasez, dejara algún día de ocupar el centro de la existencia humana. Su intuición era más audaz de lo que suele recordarse.
Keynes pensaba en una mutación de orden civilizatorio. Si el progreso técnico seguía su curso, la humanidad podría alcanzar un punto en el que la necesidad dejara de organizarlo todo. El tiempo ya no estaría enteramente subordinado al trabajo.
La economía perdería su pretensión de soberanía. Y emergería entonces una pregunta menos material y bastante más exigente: ¿Qué hacer con la libertad conquistada? ¿Cómo habitar una vida ya no absorbida por completo por la supervivencia?
Keynes fue un liberal inglés en el sentido serio de la expresión. Intervino con pasión en la discusión sobre el Tratado de Versalles, sobre la deflación y sobre el retorno al patrón oro. Fue miembro del Partido Liberal. El dato debería ser elemental, pero hoy suele quedar sepultado bajo simplificaciones perezosas.
Su convicción más honda consistía en que la economía debía resolver lo suficiente como para dejar de gobernarlo todo. Un siglo después, cuesta negar que vio lejos. La capacidad productiva del mundo creció a una escala que en 1930 habría parecido casi irreal. La técnica penetró en todos los rincones de la vida, multiplicó rendimientos, alteró oficios, comprimió distancias y transformó el vínculo entre esfuerzo y resultado. Bajo ese aspecto, Keynes comprendió con notable anticipación el rumbo de la modernidad.
Su pronóstico encontró un límite en la traducción cultural: el tiempo liberado no se distribuyó del modo que imaginaba y, más decisivamente aún, nunca terminó de convertirse en una experiencia humana más rica, más densa o más reposada.
El trabajo sigue operando como principio de organización de la vida, como criterio de reconocimiento social y, para muchos, como medida íntima del propio valor. La abundancia creció. La transformación interior quedó apenas entrevista.
Quien se acerca a Keynes con atención encuentra algo bastante más interesante que la caricatura que hoy circula. Encuentra a un pensador que entendía la economía como una dimensión decisiva de la vida colectiva y, al mismo tiempo, claramente insuficiente para definir su sentido.
Imaginó que el economista podría parecerse algún día a una especie de dentista, alguien a quien se acude cuando aparece un problema específico y cuya intervención, siendo importante, no organiza la totalidad de la existencia. En esa aspiración reside, quizá, la parte más viva de su legado.
Hay en Keynes una advertencia contra la desmesura de la economía cuando pretende convertirse en una filosofía completa de la existencia.
En estos días, Keynes suele aparecer como ídolo o como demonio. Se lo invoca para bendecir cualquier expansión del gasto público y se lo condena como si hubiera redactado personalmente todos los extravíos fiscales de la historia. Ese modo de leerlo dice bastante menos sobre Keynes que sobre la pobreza de los marcos con que hoy solemos discutir.
Quien ha reducido toda experiencia a un criterio único difícilmente pueda comprender a un autor que, desde la economía, pensó siempre más allá de la economía. Empobrece, entonces, la facilidad con que ciertos dirigentes y funcionarios lo descalifican, como si en ese gesto se jugara una contraseña de pertenencia.
El problema ya no es Keynes. El problema es una cultura pública que ha perdido la calma necesaria para leer con seriedad a quienes pensaron a gran escala. Una sociedad puede producir cada vez más y, sin embargo, seguir sin saber para qué quiere producir. Puede conquistar tiempo y luego desperdiciarlo. Puede multiplicar medios y empobrecer fines. Puede ganar poder sobre la materia y seguir desorientada frente a la libertad. Vivimos una época en la que abundan quienes conocen el precio de todo y el valor de nada. El problema consiste en terminar creyendo que solo existe aquello que puede medirse.
Quizá convenga volver, entonces, a la escena inicial. Un hombre escribe en 1930 desde un mundo exhausto y proyecta la imaginación hacia un siglo que todavía no existe. Piensa en nosotros sin conocernos.
Lo hace porque entiende que el futuro debe imaginarse antes de poder construirse. Cien años después, seguimos viviendo dentro de esa promesa incumplida. Recibimos una abundancia que para su época habría parecido casi fabulosa, y aun así habitamos este tiempo más como testigos que como protagonistas. El porvenir todavía nos espera. ¿Y si la escasez más honda de nuestro tiempo ya no fuera material?
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