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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

Permiso para tener una pelota en la cabeza

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Es el almuerzo familiar del domingo. Doce personas, entre 81 y 14 años. Y tres celulares sobre la mesa, todos sintonizados en Alemania-Curazao: de manera tácita, quien no pueda contener su fiebre mundialista queda exceptuado de seguir el relato del reciente viaje de la abuela por los paisajes de Europa del Este donde vivía su familia antes de emigrar a estas pampas. Fútbol mata tradición. Mejor dicho: cada cuatro años en la Argentina la única tradición es el fútbol.

Está quien sabrá cada detalle de la Copa, aquel capaz de leer -estudiar- el especial de Clarín con cada uno de los jugadores de los 48 seleccionados y retener en qué equipo juega el arquero suplente de Uzbekistán. Son esos que pueden recitar la cronología de los más de 100 goles de Messi en la Selección. Que tienen una posición tomada -a favor o en contra, pero siempre terminante- sobre cada pequeño aspecto del Mundial, desde el cool break hasta la cámara con el punto de vista del árbitro.

Son los que llegan al trabajo y sin siquiera decir hola arrancan con el debate de si tal jugada en el partido entre Irlanda del Norte y Nueva Zelanda debería haber sido revisada por el VAR. Debaten con pasión y están anotados en varios prodes, en los cuales, según su muy reflexionada estrategia, habrán apostado siempre a los mismos resultados… o a resultados diferentes.

Los prodes -familiares, entre colegas, comerciales- son justamente un elemento que permite participar de la discusión pública a aquellos que están un peldaño abajo en la escala de fanatismo. Quien haya hecho sus pronósticos -aunque durante la vida “normal” ignore incluso quién salió campeón de la Copa Libertadores- se gana el derecho a estar preocupado por el resultado de Irak-Noruega.

El Mundial permite que salga el sociólogo y/o politólogo que cada uno de nosotros llevamos dentro. Sabemos y opinamos de la exclusión del árbitro de Somalia, de la concentración obligada de Irán en Tijuana, México, de si está bien que otra vez, por el negocio de la FIFA, la Copa se juegue en Estados Unidos donde, en el fondo, el fútbol no importa demasiado: lo juegan las mujeres, prefieren el béisbol, no se bancan los empates y encima los Knicks salieron campeones de la NBA tras 53 años de sequía.

Aparecen los que extrañan el formato de 16 equipos, como en Argentina 78. Son los tradicionalistas que recuerdan con cariño cuando sólo había dos cambios y los botines eran negros. Cuando Italia jugaba los Mundiales y Cabo Verde… bueno, no se sabía qué era Cabo Verde.

Pero nadie es indiferente. Se multiplican los cabuleros. Los que repiten datos ridículos (Costa de Marfil fue el primer equipo que ganó que tenía menos especies de aves que su rival). Los que se sienten obligados a hacer alguna clase de análisis de los partidos y compartirlos con el mundo en X. Los contras, también, que se dividen entre quienes auténticamente odian el Mundial y los que en verdad buscan llevar agua para su molino (por ejemplo, los que aseguran que no hay clima mundialista y que eso pasa por el ajuste mileísta).

Incluso hay algunos que creen que tanta pelota rodando sepultará el escándalo de Manuel Adorni. En fin.

Pablo Vaca

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