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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

La Argentina puede crecer a tasas chinas

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Según la serie larga de “Dos Siglos de Economía Argentina” de la Fundación Norte y Sur, la tasa de ahorro bruta de la Argentina entre 1870 y 1930 promedió el 20% del PBI. Años del modelo agroexportador, cuando el país tuvo una inserción estratégica exitosa en el orden mundial de entonces.

Entre 1930 y 2025, con amplio predominio del modelo de sustitución de importaciones, y una inserción errática en orden mundial de la postguerra, la tasa promedio de inversión bruta se redujo al 16.5%. Las mismas series dan cuenta que en el primer período el crecimiento promedio acumulado por año fue de un 4.8%, mientras en el segundo período bajó a un 2.4%.

Otros datos incluidos en las series largas permiten deducir que la inversión en el primer período estuvo relacionada a infraestructura y extensión de la frontera agropecuaria, mientras en el segundo período se trató de apuntalar un desarrollo industrial orientado al mercado doméstico.

La inversión vinculada a cadenas de valor con ventajas comparadas relativas del primer período tuvo mayor impacto en el incremento de la productividad sistémica (productividad total de los factores) que la inversión dirigida a sectores productivos protegidos que no contaban con ventajas comparativas.

En los últimos 50 años, el PBI creció alrededor de 2% por año y la población un 1%. La riqueza dividida por la población sólo aumentó un 1%, por lo que harían falta más de 70 años para duplicar el ingreso per cápita de los argentinos. Peor aún, en los últimos años el ingreso per cápita cayó.

No hay duda de que hay que cambiar el rumbo económico para cambiar la trayectoria de nuestro agónico crecimiento. Pero aun asumiendo un nuevo rumbo, el pasado condena las proyecciones de escenarios futuros. La regularidad y la repetición de las crisis proveen datos estadísticos sesgados, que condicionan la formulación de pronósticos de crecimiento futuro.

¿No habrá llegado la hora de replantear el análisis prospectivo? ¿Es posible en un escenario de consolidación del cambio crecer a tasas acumuladas de del 7,2% por año para duplicar el producto en 10 años y el ingreso per cápita en 12 años, reduciendo la informalidad al 10%, y creando alrededor de 250 mil puestos de trabajo por año?

El modelo de crecimiento de Solow, en el que la productividad (productividad total de los factores-PTF) es un factor residual exógeno, con datos estadísticos de nuestra trayectoria pasada, proyecta un crecimiento estable para el factor trabajo de entre el 1 y el 1,2% anual.

Por la participación del trabajo en el ingreso su contribución a la tasa de crecimiento puede estar entre 0,7 a 0,8 puntos porcentuales. Con mayor incorporación de la mujer a la fuerza laboral podría añadirse un 0.4% adicional. El problema viene con el crecimiento del stock de capital (tasa de inversión bruta) que ha estado creciendo a tasas promedio de entre 1,5% y 2,5% anual (con severas contracciones durante las crisis).

Su contribución neta al PBI sólo ha aportado de 0,6 a 0,9 puntos porcentuales. La PTF es la gran limitante histórica. En el promedio de largo plazo su contribución es cercana a cero o ligeramente negativa (-0,2% a 0,2%). Si nos proponemos crecer al 7.2% anual sostenido, con una contribución del empleo a la tasa de crecimiento de alrededor del 1,1% por año, debe aumentar significativamente la contribución al crecimiento del capital y de la productividad.

Para que la contribución del capital pase del 0.9 al 2,1% la tasa de inversión bruta debe aumentar del 16.5% actual al 25/28% del producto. El remanente para llegar al 7.2% requiere un salto en la productividad sistémica (eficiencia, organización, tecnología, innovación, transparencia, estabilidad institucional). El modelo de crecimiento schumpeteriano de Aghion y Howitt (premios Nobel de 2025), que incorpora la productividad en el capital físico y humano como variable del modelo (variable endógena) y hace énfasis en la innovación a través del proceso de “destrucción creativa”, llega a conclusiones complementarias y coincidentes en el rumbo.

Para que el país pueda crecer a tasas altas debe reacoplar su producción a las tecnologías de frontera e innovar a partir de las cadenas de valor en las que posea ventajas comparativas. Hay datos convergentes a convalidar la nueva oportunidad.

Las inversiones en las cadenas de valor energética y mineras contabilizadas en el RIGI, más la expansión de la cadena agroindustrial y del conocimiento junto a la logística que involucran ya auguran llevar la tasa de inversión bruta argentina al 22.5/23%. Si se incorporan otras cadenas de valor con ventajas comparativas relativas (pesca, forestación, turismo receptivo, etc.) la Argentina está en condiciones de superar el déficit de inversión que tiene, desencadenando procesos de capitalización intermedia con fuerte impacto en el valor bruto de producción (subestimado en las cuentas nacionales).

Pero todo ese aumento en la tasa de inversión se hace en sectores que cuentan con ventajas comparadas relativas, donde la frontera tecnológica está próxima y donde las posibilidades de innovar abren las puertas a rendimientos crecientes con ganancias de productividad. Si a la inversión física sumamos la inversión en capital humano articulando el circuito educación-producción-ciencia y tecnología, el salto productivo va a sorprender.

La reinserción estratégica en un nuevo orden mundial de preminencia geopolítica también acompaña nuestras posibilidades. Por supuesto, hay que erradicar la inflación, avanzar en las reformas estructurales, recrear el mercado de capitales doméstico, y consolidar el cambio con una estrategia de valor agregado exportable.

Daniel Montamat

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