Paraguay: el socio que la región aún no termina de ver
Hay un país en el corazón de Sudamérica que creció al 4,2% promedio en la última década, que cobra el 10% de impuesto corporativo, que tiene acceso fluvial al Atlántico y que produce energía hidroeléctrica en abundancia. Un país que, sin embargo, sigue siendo subestimado en los análisis de inversión regional. Ese país es Paraguay.
La crítica más frecuente que escucho entre empresarios argentinos —y también entre inversores europeos, apunta siempre al mismo lugar: la infraestructura. Los caminos, dicen. La burocracia. La falta de conectividad en algunas zonas. Y tienen razón en parte. Paraguay tiene brechas reales en materia de infraestructura vial, logística y conectividad digital, especialmente fuera del área metropolitana de Asunción. Sería deshonesto negarlo.
Pero hay una trampa intelectual en ese argumento: evaluar a Paraguay con los estándares de un país que ya llegó, cuando lo que está en juego es precisamente entrar antes de que llegue.
La Ley de Maquila (N° 1064/97) permite instalar operaciones industriales pagando apenas el 1% de tributo sobre el valor agregado. La Ley 60/90 garantiza estabilidad fiscal por hasta treinta años para inversiones en sectores prioritarios. Las zonas francas operativas permiten reexportar hacia Brasil, Argentina y el mundo sin cargas arancelarias. Paraguay es, además, miembro pleno del MERCOSUR, lo que le da acceso al mercado más grande de América del Sur.
A eso se suma el Corredor Bioceánico, el proyecto de infraestructura más ambicioso de la región, que unirá los puertos del Pacífico chileno con los del Atlántico a través del corazón del continente. Paraguay no es un punto de paso en ese corredor: es uno de sus nodos estratégicos.
Quienes hoy critican la infraestructura paraguaya son, en muchos casos, los mismos que deberían estar invirtiendo en construirla. La lógica del inversor visionario no es llegar cuando todo está listo —para eso ya habrá cola— sino entrar cuando el costo de oportunidad todavía es bajo y el marco regulatorio es favorable.
No hay que romantizar las dificultades. Hacer negocios en Paraguay requiere conocimiento local, redes institucionales sólidas y capacidad de adaptación. Pero esas mismas condiciones son las que filtran a los actores oportunistas y premian a quienes llegan con visión de largo plazo.
Argentina y Paraguay no compiten: se complementan. La industria argentina tiene en Paraguay una plataforma de expansión regional con reglas claras, costos competitivos y estabilidad macroeconómica que, en este momento, muchos empresarios locales envidiarían. El que no lo vea así está leyendo el mapa al revés.
Paraguay no pide ser idealizado. Pide ser leído con la misma rigurosidad con que se leen los mercados que ya demostraron su potencial, cuando ya es tarde para entrar primero.
La región tiene ante sí una ventana que no estará abierta para siempre. Los marcos legales están. La energía está. La posición geográfica está. Lo que falta, en muchos casos, no es infraestructura: es criterio.
Los que lleguen en los próximos cinco años van a contar esta historia desde adentro. Los que esperen a que todo esté resuelto la van a contar desde afuera, preguntándose por qué no lo vieron antes.
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