Klemm, en versión renovada
La popularidad le llegó a Federico Klemm desde los sitios más inesperados, a fines de los 90: uno de los inolvidables sketches de Capusotto/Alberti en Todo por $2 y, poco antes, su propio programa en la televisión por cable, El banquete telemático, junto al crítico Carlos Espartaco. En ambos casos, uno se lo podía tomar en broma, considerar que todo no era más que una proclamación de la extravagancia. Sin embargo, si Klemm ya se había ganado su lugar en el arte, también lo ganaría más allá del “personaje de culto”. Así se puede apreciar por estos días, cuando tres salas del Recoleta presentan casi un centenar de obras del propio Klemm. Algunas refieren a los vínculos con su madre, otras a su relación con las artes visuales y la ópera (estudió canto lírico sin mayor suceso).
La producción de Capusotto/Alberti probablemente había tomado las performances del programa de Klemm para que, en el ritmo de un grupo igualmente desopilante como “Los peinados Lerner”, lanzara aquel hit que fue “Qué guacho es Klemm”. Con el tiempo, el tema sería su homenaje: “Klemm es un gran playboy / de la noche es el rey / empilcha lo mejor / fíjate bien, él usa un flor de reloj”.
“Fue un eximio coleccionista, formó una colección única en Latinoamérica, fue mecenas, visionario pionero en la gestión de fundaciones artísticas en nuestro país y como artista, se destacó como performer. Queer antes de la era queer, fotógrafo digital antes del uso masivo de ese medio. Y un filántropo que creía en el arte para todos”, lo describió Rodrigo Duarte, autor de una biografía en la que recopiló 120 testimonios.
Nacido en la exChecoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial (1942), Klemm llegó con apenas seis años a nuestro país, en medio de la inmigración masiva posterior a la tragedia. Su padre, Frederick, alemán, era industrial del plástico y le dejó una importante herencia, la que le permitiría un buen pasar y darse todos los gustos en vida. Su madre, Rosa, era checa. Klemm tuvo que afrontar, de chico, la dificultad que suponía su adaptación al castellano en medio del bullying escolar. Y más adelante, padeció todo lo que podía significar ser gay en un ámbito de intolerancia. El arte fue su vía para emerger. Su cuenta abarca un paso por esa explosión creativa que significó el Di Tella en le Buenos Aires de los ’60, pero no hay huellas tan relevantes de Klemm por allí. Mayor trascendencia representó la apertura de su galería en 1992, que significó la difusión para los artistas, desde los famosos a los emergentes y desde aquel día hasta hoy. Para ellos también instituyó el Premio Klemm desde el 97.
Aquella vida estaba marcada por su propio arte -el kitsch y la mitología, el esoterismo y el espiritualismo- o por sus fiestas por Barrio Norte. Hasta los Ilyia Kuryki lo convocaron en uno de sus videos y Mirtha le agradeció un retrato. “Fue un transgresor, alguien que vivió la vida como quiso y se dio cuenta muy joven de que uno tiene que vivir la vida como quiere y no como desean los demás”, lo definió su biógrafo. Murió a fines del 2002 por una neumonía, su programa de cable abarcó más de 200 capítulos. Y dejó su Fundación como legado.
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