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clarin.com · hace 6 horas · Clarin.com - Home

Elecciones en Armenia: revés para Rusia y la consolidación de un cambio de rumbo

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Armenia vive un proceso transformador inédito y que ahora se consolida con la tercera victoria electoral de Nikol Pashinián. Es cierto que ya no tiene el impresionante respaldo con el que contaba apenas surgido el fenómeno, cuando obtuvo 70% de los votos, pero el casi 50% del fin de semana pasado, más del doble que su principal rival, marca que esta república del Cáucaso Sur ha cambiado definitivamente de rumbo.

Mal que le pese a Rusia. Y es que Moscú intentó todo tipo de artimañas para debilitar al gobierno encabezado por el Primer Ministro armenio: desde bloqueos a las importaciones (de agua mineral, coñac, cerveza, pescado, frutas) hasta amenazas de parte del presidente Vladimir Putin. “La crisis en Ucrania comenzó a partir de sus intentos por incorporarse a la Unión Europea”, declaró el mes pasado el líder del Kremlin. Pero no fue suficiente.

En 2025, el Parlamento armenio aprobó el inicio de las negociaciones sobre el ingreso a la Unión Europea y Pashinián declaró recientemente que su país quiere, “inequívocamente y sin cuestionamientos”, incorporarse al bloque, aunque aún no exista solicitud formal. La normativa local contempla que se debería realizar un referéndum para delegar competencias en una organización supranacional, pero Pashinián argumenta que no será necesario hasta que haya avances concretos en el proceso y en las reformas estructurales que solicitará el bloque.

En ese sentido, las elecciones del 7 de junio fueron una suerte de referéndum de facto: no sólo por la continuidad de Pashinián en el poder, sino también por la orientación internacional, entre Rusia y Europa. Los resultados hablan por sí solos.

Sin embargo, esta transición no será fácil porque Armenia solía ser un fuerte aliado de Moscú. Es miembro de todas las organizaciones internacionales que promueve el Kremlin, como la Unión Económica Euroasiática (UEE), a la que se incorporó tras rechazar un Acuerdo de Asociación con la UE; la Comunidad de Estados Independientes (CEI); y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), alianza militar que, como la OTAN, obliga a todos sus miembros a responder si uno de ellos es atacado.

En 2013, Pashinián votó en contra de la incorporación a la UEE argumentando que esto afectaría la orientación internacional de complementariedad entre Europa y Rusia, y también sus relaciones con Irán. Y en 2023, luego de cancelar una serie de ejercicios militares conjuntos, dijo que había sido un error confiar en Rusia como garante de la seguridad de Armenia; pocos meses más tarde, congeló la participación de su país en la OTSC.

En cuanto a lo comercial, Rusia concentra más de un tercio del intercambio exterior de Armenia, superando con holgura a China (12,5%) y a la UE (11,8%). Pero, además, Moscú suministra el 85% del gas de Armenia, gestiona su distribución en todo el país, y también el transporte ferroviario, las principales generadoras de energía eléctrica, buena parte de las telecomunicaciones y algunas de las mayores empresas mineras.

Por si fuera poco, posee una base militar con cerca de tres mil soldados y autorización para permanecer en el territorio hasta 2044. Es decir, a Rusia no le faltan mecanismos de presión política, comercial o incluso militar para poner en jaque a un país pequeño como es Armenia, sin demasiados recursos ni salida al mar. Es por eso que el triunfo de Pashinián resulta especialmente significativo.

El riesgo es grande y Armenia no puede cortar definitivamente los lazos con Rusia sin antes reemplazarlos. El acercamiento comercial y político a la UE y a China son pasos en un camino largo, pero el factor más complejo lo representan dos de sus cuatro vecinos. Armenia tiene las fronteras cerradas con Turquía y Azerbaiyán desde la primera guerra de Nagorno Karabaj (1988-1994), en la que se disputó el control de un territorio reconocido internacionalmente como parte de Azerbaiyán, pero habitado predominantemente por armenios.

Ganaron estos últimos, y Azerbaiyán recién lograría recuperar la zona en 2023, tras el triunfo en la segunda guerra (2020) y expulsar a los habitantes locales. Esa guerra fue la que inició el cambio de rumbo para Armenia: Rusia no lo respaldó ni política ni militarmente.

Es lógico que buena parte de los armenios no quieran saber nada con firmar la paz y reestablecer relaciones formales con sus enemigos. Pero también es cierto que Armenia no tiene mayores alternativas. Pashinián propone avanzar hacia la apertura de fronteras, lo que permitiría exportar a nuevos mercados y, sobre todo, convertirse en un hub logístico entre Irán, Azerbaiyán y Turquía, entre Asia y Europa, algo que sería particularmente redituable en cuanto al comercio de hidrocarburos.

Además del Contrato Cívico, liderado por el Primer Ministro, otros dos partidos lograron superar el umbral mínimo y ganaron bancas en el Parlamento. Por un lado, Armenia Fuerte, un partido nuevo, fundado por Samvel Karapetián, el hombre más rico del país y que hizo su fortuna en Rusia durante los años 90, como tantos otros oligarcas. El empresario recientemente renunció a su ciudadanía rusa y prometía estrechar relaciones con Moscú. Su partido quedó en el segundo puesto con 23% de los votos.

Por otro lado, la Alianza Armenia, encabezada por Robert Kocharián, expresidente entre 1998 y 2008, y una figura destacada durante la primera guerra de Nagorno Karabaj.

Su presencia recuerda aquella victoria, el nacionalismo y la fortaleza del mundo militar, pero también un periodo de corrupción, bajos estándares democráticos, prácticas autoritarias y el amplio control informal de un puñado de oligarcas: un escenario demasiado similar al de otras exrepúblicas soviéticas.

En 2021 había obtenido 21% en las elecciones convocadas anticipadamente tras la derrota bélica. Esta vez, ya sin el argumento de recuperar el poderío militar y avanzar sobre el territorio perdido, quedó en tercer puesto con menos del 10%.

El proceso encabezado por el Primer Ministro implica una transformación que va más allá de la cercanía con la UE o el alejamiento con Rusia. El perder la guerra de 2020 y dejar de lado a los armenios que vivían en Nagorno Karabaj, el rendir el territorio y desligarse de la posibilidad de recuperarlo, es un golpe muy duro a la identidad nacional. No es gratuito dar vuelta la página casi con displicencia diplomática. Y, sin embargo, fue respaldado en 2021 y una vez más el fin de semana pasado.

Los resultados marcan un cambio político y comercial, sí, pero también de mentalidad, en el inconsciente colectivo. Hay una nueva generación de armenios más preocupada por el día a día que por la retórica nacionalista; más interesada en la democracia, en terminar con la corrupción o en mejorar los salarios que en ir una vez más a la guerra.

Pashinián quizás pudiera haber sido visto como un outsider político hace poco menos de una década. Era miembro de un partido recién fundado, pequeño, pero que logró 9 bancas en el Parlamento gracias a un discurso moderadamente pro Europeo, moderadamente critico de Rusia, pero lo suficiente como para llamar la atención de los armenios.

Luego llegó la revolución de 2018 y, con ella, la caída en desgracia de la “Vieja Guardia”, aquellos hombres fuertes ligados al mundo militar y entronizados gracias a la victoria bélica de 1994. Robert Kocharián y Serzh Sargsián, los líderes que habían llevado afianzar lazos con Moscú, fueron derrotados por decenas de miles de manifestantes encabezados por un casi desconocido Pashinián y su megáfono. Ocho años, una dura derrota militar a manos de Azerbaiyán y tres elecciones después, aquel casi outsider sigue siendo una figura central.

A partir de ahora, hay dos dudas que Pashinián deberá resolver. Por un lado, si puede cumplir con sus promesas más concretas: si existen chances reales de incorporarse a la Unión Europea, si Armenia puede cumplir con todos los requisitos que requiere el bloque, si el Primer Ministro puede convencer a sus ciudadanos de respaldarlo en las negociaciones de paz con Azerbaiyán y en los cambios constitucionales que reclama su (¿ex?) enemigo, si los potenciales nuevos mercados bastarán para reemplazar a Rusia. Y, por el otro, si tanto poder y respaldo no se le irá a la cabeza. No sería el primero en la misma región que llega con promesas de cambios y se convierte lentamente en una figura cada vez más autoritaria.

Ignacio Hutin

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