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clarin.com · hace 20 horas · Clarin.com - Home

El femicidio también es hacia las mujeres mayores

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Hay muertes que escandalizan por su brutalidad y otras por el silencio que las rodea. Los femicidios a mujeres mayores pertenecen a esa zona donde el asesinato no suele ser tan visible como en otras edades. Los espacios, personajes y situaciones pueden ser tan habituales como poco espectaculares: la casa, la pareja, los hijos y el cuidado ante la dependencia. En donde debería haber protección, puede generarse una forma extrema de violencia.

Los últimos registros de femicidios en Argentina muestran que la violencia letal contra las mujeres no es un fenómeno excepcional ni marginal. A once años del primer Ni Una Menos, el Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven registró 3.205 víctimas letales de violencia de género entre el 3 de junio de 2015 y el 24 de mayo de 2026, incluyendo femicidios directos y vinculados, travesticidios, transfemicidios e instigaciones al suicidio. Cifra por sí misma que obliga a una lectura política.

Pero dentro de ese universo hay una zona menos visible: las mujeres mayores fueron asesinadas por varones de su entorno, muchas veces en situaciones atravesadas por la dependencia, el aislamiento, el deterioro físico, las necesidades económicas en vínculos familiares violentos.

El Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina informó que en 2025 hubo 200 víctimas directas de femicidio. Entre ellas, 33 tenían 60 años o más, es decir, el 16% del total. El dato es fuerte porque contradice una imagen frecuente: la idea de que la violencia de género pertenece sobre todo a la juventud, a la pareja reciente, al conflicto amoroso o a la separación.

En las mujeres mayores, la violencia adopta con frecuencia características distintivas. Puede estar ligada a parejas o exparejas, pero también a hijos, familiares convivientes o personas del círculo íntimo. El femicidio, entonces, no aparece solo como desenlace de una relación sexoafectiva violenta, sino también como expresión extrema de una trama doméstica donde confluyen género, edad, dependencia emocional y dinero.

El informe de Ahora Que Sí Nos Ven subraya que las mujeres adultas mayores sufren agresiones psicológicas, físicas, económicas, simbólicas y sexuales, y que esa violencia se sostiene en prejuicios sobre la vejez y en la exclusión de quienes son consideradas improductivas. Esta definición permite desplazar el problema de la anécdota policial hacia una pregunta social más incómoda: ¿qué pasa cuando el hogar deja de ser refugio y se convierte en el espacio donde la violencia se acumula sin testigos?

Los casos mencionados por el informe son elocuentes. Muestran que los femicidios, o aún, lo matricidios, pueden ocurrir en situaciones de cuidado o sin él, con hijos que consumen estupefacientes, tienen trastornos psiquiátricos o necesidades económicas y habitacionales, de parejas y exparejas en relaciones de entre 20 y 40 años, que habitualmente las hostigaban hasta que se produjo el asesinato de mujeres que aparecían con golpes y moretones en servicios de salud y nadie se alertó. Estos casos no deberían ser leídos como anomalías aisladas. Funcionan como señales de una violencia que, en mujeres mayores, puede quedar encubierta bajo explicaciones familiares, accidentes, conflictos de convivencia o supuestos problemas de salud.

Hay un dato particularmente brutal: según el mismo informe, el 29,6% de los femicidios de mujeres mayores de 60 años se cometen a golpes. La cifra no solo habla del método de agresión; habla también de la exposición corporal de estas mujeres, de su fragilidad física y de la asimetría extrema frente al agresor. Cuando la fuerza física es el instrumento principal, el cuerpo envejecido aparece doblemente vulnerado: por ser el cuerpo de una mujer y por ser el de una persona mayor.

Pensar estos femicidios exige ampliar la mirada sobre las políticas de prevención. No alcanza con campañas generales contra la violencia de género si no se incorporan dispositivos específicos para mujeres mayores: detección en servicios de salud, PAMI, centros de jubilados, redes barriales, juzgados de familia, servicios sociales y espacios comunitarios. También se requiere formar a profesionales para no confundir signos de violencia con “problemas de convivencia”, “abandono familiar” o “deterioro propio de la edad”.

La muerte de una mujer mayor por violencia de género no empieza el día del crimen. Antes suele haber aislamiento, control económico, humillaciones, negligencia, amenazas, miedo, silencios familiares y falta de intervención institucional. Lo que aparece al final como femicidio muchas veces fue precedido por años de señales desoídas.

Por eso, hablar de mujeres mayores asesinadas obliga a incomodar dos pactos de silencio: el machista y el viejista. El primero naturaliza la dominación masculina; el segundo minimiza la vida de los mayores, como si doliera menos, importara menos o mereciera menos urgencia.

La pregunta que preocupa se: ¿cuántas mujeres mayores están hoy en peligro dentro de sus propias casas sin que nadie las vea?

Ni una menos también debe significar “ni una mujer mayor menos”. Porque la vida no pierde valor con la edad. Y porque una sociedad que no registra la violencia contra sus mayores no solo falla en protegerlas: también revela cuánto desprecia el cuidado por aquellos que se encuentran en situaciones de fragilidad, de desprotección o de desequilibrio de poder, las que algún día serán de todos.

Ricardo Iacub

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