El hombre que aprendió a morir: César Mascetti
"Me estoy muriendo en San Pedro rodeado de durazneros en flor y de naranjos que esperan su turno para dejar caer sus pétalos e inundarnos a todos de perfume”.
No hay carta pública contemporánea con inicio más lacerante y poético que estas 29 palabras de César Mascetti.
A casi cuatro años de esa “trompada” a su audiencia, esa carta sigue siendo un faro. “Estoy en el medio del campo, caminando con mis perros, que perciben desde hace días lo que va a pasar. Estoy mirando el río, escuchando las campanas que escuchaban mis abuelos. Estoy por ver volar a las palomas que cubrirán el cielo como todas las tardecitas. Dentro de poco me llevarán con ellas para enseñarme el camino”...
¿Puede algo tristemente demoledor ser a la vez hermoso? ¿Cómo es que la pena contiene tanta belleza? ¿Es posible que un hombre que está perdiendo se sienta colmado? Sí, cada párrafo de esos versos involuntarios que se repartieron en su funeral en octubre de 2022 lo demuestran.
Mascetti logra que no veamos al moribundo, al deteriorado, sino que imaginemos la escena de los naranjos de La Campiña. Los árboles atravesando un ciclo, el que escribe pasando por otro ciclo... Hay algo que termina y algo que continúa. La naturaleza siguiendo su curso. Retórica de la finitud y de la gratitud.
César usa el gerundio “muriendo” y en esa acción que está sucediendo, en desarrollo, entendemos que atraviesa cierta lucidez que no todos pueden alcanzar sobre el final. Es como si nos hablara desde los pasillos de la muerte, sin miedo, con la conciencia de que el verbo partir está comprendido en la vida.
Esa carta es una guía, no en el sentido de la enseñanza baratas y la autoayuda Low Cost, sino desde la inteligencia de quien se va sin resentimiento. En su misiva epistolar no reclama tiempo, ni exige una prórroga, no genera compasión ni enumera las injusticias que la vida pudo haber cometido con él, sino que hace algo mucho más extraño, agradecer.
La carta de la muerte habla en realidad de la vida observada ya desde un “balcón”. Se acuerda de los que ya hicieron el camino que él está pisando, sus abuelos, y observa a sus perros percibir lo que los humanos apenas nos atrevemos a nombrar. El mundo sigue ahí, magnífico, y no va a detenerse por él ni por ningún otro.
“Me estoy muriendo en San Pedro a los 80, donde siempre quise morir, junto a la mujer que amo, abrazado a mi familia. ¿Qué más puedo pedir? Me estoy muriendo en paz con la satisfacción del deber cumplido”, se despide.
En este canto a la serenidad, el marido de Mónica Cahen D’Anvers consigue convertir el acto final en una escena con sentido y con paisaje. Tal vez sea una excepción biográfica. Dibuja un círculo y una forma de alivio. Se despoja del periodista, del señor de Telenoche, del coleccionista de premios y coberturas, del exitoso profesional y hace un inventario de lo verdaderamente importante, los árboles, los perros, las campanadas, los abrazos, las personas amadas, los instantes de paz. Asesina el ego y dice -sin decir- algo despiadado y algo esperanzador: que de imprescindibles está colmado el cementerio y que sin nosotros, el mundo seguirá floreciendo.
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