De Rerum Novarum a Magnifica Humanitas: un Papa para cada época
Desarticuladas las viejas instituciones del orden internacional surgido de los acuerdos de Yalta, cuya máxima expresión es la Organización de las Naciones Unidas, no emerge ahora un nuevo organismo supranacional sino el establecimiento de un sistema de negociación permanente entre los dos principales estados nacionales en camino hacia la construcción de lo que podríamos denominar “un mundo de las naciones”.
En 2009, en su encíclica Caritas in Veritate, Benedicto XVI planteó la necesidad de una “autoridad política mundial”, capaz de canalizar los conflictos de un mundo cada vez más conflictivo y a la vez más integrado. Quince años después, la visita de Donald Trump a Beijing y su reunión con Xi Jinping coinciden sugestivamente en el tiempo con la encíclica de León XIV para simbolizar un nuevo punto de partida en la política mundial.
Esa coincidencia cronológica no es meramente accidental. En su discurso en el Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza de 1949, hace 77 años, Perón advertía sobre la dicotomía entre los avances técnicos y el vacío espiritual que caracterizaba al mundo de su época. Esa dicotomía, desplegada hasta el paroxismo en las últimas décadas, generó una profunda crisis de sentido; crisis de sentido, que está en el origen de fenómenos como la propagación del flagelo de la droga. No casualmente Francisco bautizó como Universidad del Sentido a la institución que fundó en Roma durante su pontificado.
Con su encíclica Magnífica Humanidad, fechada el 15 de mayo, al cumplirse el 135° aniversario de la publicación de la Rerum Novarum, ese documento en el que León XIII condensó las bases de la doctrina social de la Iglesia en el mundo moldeado por la Primera Revolución Industrial, León XIV acaba de universalizar el debate sobre el principal desafío de una época caracterizada por el advenimiento de la Cuarta Revolución Industrial, cuyo signo es la explosión de la inteligencia artificial, con las oportunidades y los riesgos que esa irrupción supone para la existencia humana.
La presentación de la encíclica fue un hecho original. En un acto trasmitido en directo, León XIV encabezó un panel integrado, entre otros, por dos personalidades que resumen su intención de irradiar una imagen de unidad de la Iglesia: el Secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, a quienes las crónicas periodísticas sindicaron como su principal competidor en las votaciones del último cónclave, y el titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Víctor “Tucho” Fernández, considerado como el “teólogo de cabecera” de Francisco.
Para reafirmar una armonía entre la visión religiosa y la realidad mundana expuso también Christopher Olah, un joven canadiense de 33 años, fundador de Anthropic, una empresa de inteligencia artificial que acababa de tener una controversia con el gobierno de Donald Trump que determinó su exclusión en una lista de contratos del Pentágono.
Significativamente, dos días después de esa aparición de Olah junto a León XIV las acciones de Anthropic experimentaron un ascenso que llevó a su valor a 961.000 millones de dólares, cifra que la posicionó como la mayor empresa de inteligencia artificial por su cotización bursátil, desplazando del primer lugar a Open AI.
La participación de Olah en la presentación de la encíclica reveló el papel desempeñado por un sacerdote católico, el padre Brendan McGuire, párroco de Silicon Valley, quien cultivó una amplia red de contactos con importantes personalidades del mundo de la alta tecnología. Ingeniero y licenciado en Informática y Ciberseguridad, Mc Guirre fundó el Instituto de Tecnología, Ética y Cultura en la Universidad de Santa Clara, desde promovió la creación de “círculos de sabiduría”, espacio de reflexión e intercambio de ideas entre los expertos en tecnología y personalidades de distintos estamentos de la sociedad. Este protagonismo de un cura párroco en Silicon Valley pone de manifiesto los alcances del despliegue territorial de la Iglesia Católica.
La encíclica no es un documento “sobre” la inteligencia artificial sino acerca de la cuestión social en la era de la inteligencia artificial. Escapa tanto de la tecnofilia como de la tecnofobia y preconiza la apertura de un diálogo orientado a la construcción de un ordenamiento regulatorio internacional acordado entre los distintos actores involucrados (los estados, las empresas tecnológicas y la sociedad civil) que permita desenvolver la gigantesca capacidad creadora de sus constantes adelantos y, a la vez, neutralizar sus potenciales peligros.
La importancia política del documento está en relación directa con la creciente vinculación entre los fenómenos religiosos y los acontecimientos internacionales de las últimas décadas, cuya manifestación más reciente es la guerra de Irán, en la que un régimen teocrático de raíz islámica confronta contra Estados Unidos, donde Trump tiene su principal base de respaldo electoral en la poderosa ala conservadora del movimiento evangélico, y con Israel, cuyo primer ministro, Benjamín Netanyahu, encabeza un gobierno de coalición en que cumplen un rol decisivo los partidos de la ortodoxia religiosa judía.
En 2014, un año después de la asunción de Francisco, en plena guerra contra el ISIS en Siria, el presidente israelí Shimon Peres viajó al Vaticano para proponerle la conveniencia de crear el equivalente de unas “Naciones Unidas de las religiones” para afrontar la problemática bélica planteada por el terrorismo islámico. Pérez explicó que la ONU “carece del poder de los ejércitos que tienen los gobiernos y de las convicciones que tienen las religiones”. Recalcó que el jefe de la Iglesia Católica, por su condición de autoridad espiritual más respetada del mundo, debería liderar la iniciativa. El vigoroso impulso de Francisco al Diálogo Interreligioso, que ya había puesto en marcha como cardenal primado en la Argentina, coincidió con ese imperativo.
Si bien la elección del cardenal Robert Prevost resultó una sorpresa para muchos, resultaba bastante previsible que un Colegio Cardenalicio cuyos dos tercios de sus miembros habían sido nominados por Francisco desoiría la presión de una minoría conservadora y avanzaría en la dirección de las reformas iniciadas durante su pontificado. La consigna de Francisco sobre la importancia de “desatar procesos” fue confirmada por los cardenales.
Una síntesis contundente del significado de esa elección está contenida en su primera audiencia con los cardenales que acababan de ungirlo cuando el flamante Papa puntualizó que “León XIII, con la histórica encíclica “Rerum Novarum”, afrontó la cuestión social en el marco de la primera revolución industrial mientras que ahora el mundo afronta una nueva revolución, esta vez ligada al desarrollo de la inteligencia artificial”.
En Magnífica Humanidad, la Iglesia Católica reivindica la vigencia de su doctrina social y busca adecuar su contenido a las nuevas demandas de un mundo en cambio permanente. Conviene recordar que el significado en español de “Rerum Novarum” es “De las cosas nuevas”. La encíclica encara una actualización doctrinaria para enfrentar las “cosas nuevas” de este siglo XXI.
Estados Unidos es la cabeza indiscutida de esta revolución industrial. Es posible entonces que, más allá inclusive de la intención de los cardenales, la elección de un Papa estadounidense haya respondido a la comprensión de la necesidad de abrir un canal de diálogo entre la Iglesia Católica y esta nueva civilización naciente de raíz tecnológica, con las inocultables tensiones que supone un diálogo de esa naturaleza.
La nacionalidad de León XIV encierra un doble significado: la novedad de un Papa estadounidense dentro de la Iglesia Católica y, al mismo tiempo, el impacto de un nativo estadounidense al frente de la Iglesia Católica dentro de Estados Unidos. Si en 1979 la nacionalidad de Juan Pablo II, el “Papa polaco”, explicaba por si sola el sentido de su elección, que constituyó el principio del fin del imperio soviético, y en 2013 el ascenso de Francisco marcó el creciente protagonismo de América Latina en la Iglesia universal, la elección de León XIV supuso también una definición por omisión: a pesar de los pronósticos que aludían a la posibilidad de otro Papa italiano, el Colegio Cardenalicio ratificó el fin del eurocentrismo y el eclipse del antiguo poderío de la Curia romana en la administración del Vaticano.
León XIV es el primer Papa estadounidense y el primero de nacionalidad peruana, o sea el segundo Papa latinoamericano y el primero cabalmente americano. Licenciado en Matemáticas en la Universidad de Harvard, sacerdote en la zona obrera de Chicago, la ciudad industrial que fue cuna del sindicalismo estadounidense y dio origen a la celebración del 1° de mayo, obispo en Chiclayo, una ciudad pobre del Perú profundo, Superior General de los Agustinos, función que lo contactó con las expresiones de la orden establecidas en todo el mundo, y nombrado por Francisco titular de la Comisión Pontificia para América Latina y del Dicasterio para los Obispos, esas distintas estaciones de su trayectoria le permitieron conocer el mundo en su totalidad, tanto “desde abajo” como “desde arriba”. Es también el primer Papa angloparlante después de Adriano IV (1154-1159), o sea desde hace más de 800 años.
Cualquier omisión en la señalización del aporte que tuvo en su formación personal e intelectual cada paso de ese recorrido sería un reduccionismo que puede llevar a equívocos. Lo mismo ocurre con su origen familiar: con un padre de ascendencia francesa y una madre de ancestros españoles, si Prevost usara su segundo apellido, León XIV sería Robert Prevost Martínez.
Otra característica de la personalidad de León XIV es su condición de primer Papa binacional. Esa peculiaridad, que no es sólo jurídica sino también cultural, unida a su vasto conocimiento planetario, incide en una visión global capaz de abrir nuevos horizontes a una Iglesia que abandona el eurocentrismo para avanzar hacia la concreción histórica de su razón de ser y su destino “católico”, es decir auténticamente universal.
Magnífica Humanidad es el punto de partida del protagonismo de León XIV en el escenario internacional. Su texto resume sintéticamente los aspectos centrales de la doctrina social de la Iglesia, en especial el valor de la justicia social y del principio de subsidiariedad como fundamento de la organización de la comunidad, para adentrarse luego en su adaptación a los nuevos tiempos.
En la Introducción de la encíclica, el Papa menciona un extenso párrafo del Antiguo Testamento que, con las características propias del lenguaje de esa lejana época, constituye aún hoy una guía para la acción de gobierno: “El libro de Nehemías comienza en un momento de gran vulnerabilidad en la historia de Israel. Tras el exilio babilónico, una parte del pueblo judío ha regresado a Jerusalén. Pero la ciudad sigue en ruinas, las murallas se han derrumbado y las puertas han sido quemadas. Nehemias, un judío al servicio del rey persa Artajerjes, recibe la noticia del desastroso estado de la ciudad de sus padres. Antes de actuar ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego le pide permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor”.
La terminología bíblica, en este caso extraordinariamente comprensible, coincide con una definición de Perón en su discurso en el Congreso Mundial de Filosofía de Mendoza de 1949, cuando afirmó que “lo que caracteriza a las comunidades sanas y vigorosas es el grado de sus individualidades y el sentido con que se disponen a engendrar lo colectivo. A este sentido de comunidad se llega desde abajo, no desde arriba; se alcanza con el equilibrio, no por la imposición”.
Más allá del lenguaje eclesiástico, el sentido de la encíclica coincide con la lúcida apreciación de Perón acerca que la evolución histórica “avanza con la velocidad de los medios técnicos que la impulsan”, un ritmo que adquiere hoy un carácter exponencial. El subtítulo de la Encíclica, Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, remite, también en términos de Perón, a la consiguiente necesidad de “fabricar una montura propia para cabalgar la evolución, sin caernos”. Esa exigencia, igualmente válida para el mundo en general, pero en particular para la Argentina, adquiere aún mayor relevancia en vísperas de la casi confirmada visita de León XIV, prevista para el mes de noviembre.
Esa circunstancia es tiene singular importancia para la Argentina en general, pero en particular para el peronismo, sumido hoy también en una crisis de sentido. Perón no se cansó de señalar que la doctrina justicialista reconoce como fuente de inspiración a la doctrina social de la Iglesia. Si bien resulta imposible definir al peronismo en una sola frase, en el caso de que fuera indispensable hacerlo, al menos por una aproximación que pudiera alcanzar un consenso mayoritario, podría afirmarse que el peronismo es un movimiento popular que busca materializar políticamente los principios y valores de la doctrina social de la Iglesia en las condiciones concretas de la Argentina de cada época.
En esa dirección, conviene prestar especial atención a la homilía pronunciada en el Tedeum del pasado 25 de mayo, por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Ignacio Cuerva, sobre quien vale la pena subrayar que su trámite de designación, efectuada por Francisco en 2023, pasó previamente por el Dicasterio para los Obispos a cargo del cardenal Prevost.
En su alocución García Cuerva, con una cuidadosa armonía entre la prudencia del lenguaje y la claridad de su contenido, advirtió que “la sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte, mientras diversos intereses juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos. El ‘sálvese quien pueda’ no es más que una expresión del individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone a la Nación”.
En un encendido alegato en favor de la unidad nacional, García Cuerva exhortó a construir una Argentina en que “estén todos sentados en la mesa” y en la que “no sólo unos pocos se beneficien” y recalcó la imperiosa necesidad de “una clase dirigente que se anime al diálogo, al encuentro, a la reconciliación”.
Durante su presencia en Buenos Aires, donde ya adquirió una vivienda y estudia seriamente la posibilidad de radicarse, Peter Thiel, uno de los principales lideres empresarios de la alta tecnología y a la vez un personaje con un claro pensamiento político, dialogó con el presidente Javier Milei y con numerosas personalidades del “círculo rojo”. Pero no conforme con esas impresiones fue al estadio de River Plate para presenciar el partido con Boca Juniors y participó en un campeonato de ajedrez en el barrio de Almagro, donde tuvo ocasión de conversar con los vecinos. En todos los casos, Thiel demostró que quería conocer en profundidad a la Argentina y a su cultura popular, más allá de las cifras de INDEC. En todos los casos formuló una pregunta fundamental para quien está predispuesto a realizar grandes inversiones en la Argentina de hoy: “¿cómo se sustenta esto en el tiempo?”
En la amplia convocatoria formulada por García Cuerva puede rastrearse un camino de respuesta a esa inquietud de Thiel, compartida por la mayoría de los argentinos. La visita de León XIV, que en caso de concretarse sería sin ninguna duda el acontecimiento político más importante de 2026, podría constituir también una excelente oportunidad para atender a ese desafío de gestar un nuevo consenso nacional.