La crisis de Adorni y del Gobierno, y la ausencia de un ángel amateur
"Mis intereses, quizás, no fueron saludables. Yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí”. No lo escribió Adorni, el Indio se le anticipó. Pero la suerte del ídolo musical es que un ángel amateur lo condenó al paraíso tras su incumplimiento. Al jefe de Gabinete, en cambio, lo hundió en una crisis, el mismísimo infierno. Veamos 9 pasos que hacen tan impactante a esta crisis.
1. Es un escándalo de “cuarto orden”. Una rareza. Atípico en crisis. Un escándalo de “segundo orden” es la acción que al intentar remediar el escándalo inicial, produce una sanción moral más grande todavía. Aquí sucedió tres veces: en la primera conferencia de prensa que dio sobre el tema, en su declaración en el Congreso y tras la última entrevista donde declara que tuvo un pendrive con medio millón de dólares guardado por años. “Yo soy coleccionista de computadoras y cosas viejas. Más allá de que la ganancia era importante, me lo guardé como un trofeo”, relató (sic). El acrecentamiento de la mentira hace acrecentar la sanción moral.
2. Vivimos un dramatismo en capítulos. Y de ficción. Cada último, por lo increíble, va superando al anterior. Las Teorías Dramáticas de la Comunicación describen que la política no se comunica solo transmitiendo información, sino escenificando. El riesgo recurrente de este enfoque es el pan-dramatismo: el exceso performativo que, en política, aleje más que acerque.
Como nacen del teatro, pretenden la identificación de la audiencia para poder lograr consustancialidad y así construir un “nosotros”. Fracaso total. La audiencia crece, y el “nosotros” es suplantado por un “ellos” que indigna.
3. Logró un poder simbólico total y transversal. La comunicación simbólica refiere a cosas que remiten a cosas. Ya la idea de preparación de la DDJJ remitía a dibujo, a una contabilidad creativa. El pendrive, remite más todavía a lo inverosímil, a lo fantástico que duró nada en constituirse en una fuerza memética que trascendió lo político. Desde la burla, se instala como condena pública, un símbolo de consenso social a modo de sentencia inapelable.
4. Que Adorni sea fondo y forma. Es fondo porque implica la no aceptación de la corrupción. Tema estructural. Pero es forma porque su decir pedante, soberbio, en gran parte un exponente de la incivilidad discursiva, lo tornó una celebridad expuesta a que su clásico FIN, tarde o temprano sea su propio FIN. Fue construyendo un guión que formará parte de las venganzas satisfactorias de la humanidad.
El periodista era considerado como medio, pero como medio de castigo que, con sorna, generaba un efecto disuasorio para todo opositor. Sea para el despreciado o el que desprecia, el desprecio es un sentimiento íntimo e inconfesable, ensaya Francois Dubet. En Adorni no. En su jefe tampoco. El desprecio los constituye por su exceso explícito y público. Por eso esta crisis transita en alguna situación de revanchismo.
5. Que rompe con la mitad de los cimientos del oficialismo. El gobierno gana con un contrato electoral cimentado en dos temas centrales sobre los que construyó su esperanza. Uno, la economía. Discutible en su performance actual, la torna el gran explicador de la aprobación de gobierno. El otro, el combate a la casta. Lo distinto que venía a combatir la corrupción. El no corporativismo. Todo eso se fue por la borda.
6. Que la magnitud del rechazo es totalizante. Berna González Harbour insinúa que el tamaño de un referente moral es directamente proporcional al tamaño de la decepción que nos provoca su reverso. Un estudio de la empresa Reputación Digital puso en evidencia quienes lo defendían en redes: 16 a 1. Por cada 17 personas, 16 lo condenan y uno -mayormente del ecosistema digital libertario de trolls y bots-, afirma que Adorni no es bueno, en todo caso es tan malo como todos. Que la ilegalidad es norma y que él ahorra en negro como hacemos todos.
7. Fue vocero del Gobierno. Rostro visible de la institucionalidad -y también de su ausencia- que el gobierno dejaba ver. Un chad superlativo. Dictador de normas morales. Presentador de argumentos ficticios. De rostro imperturbable cercano a lo pétreo. Juez implacable de lo que se podía decir y pensar. Que, paradójicamente, fue más importante como vocero que -por su intrascendencia en la gestión- como premier.
Sayantani DasGupta, experta en narrativa médica, plantea que la “humildad narrativa” reconoce que las historias de sus pacientes no son objetos que se pueda comprender o dominar, sino entidades dinámicas a las que se puede acercar y con las que relacionarse, mientras se permanece abierto a su ambigüedad y contradicción, y se participa autocríticamente de ellas. Adorni fue exactamente eso, pero al revés, fue un soberbio narrativo.
8. Que el gobierno (ya) no logra “inundar el piso”, en alusión a la estrategia que Steve Bannon popularizó para saturar, confundir y desbordar la capacidad de reacción de la oposición. No se domina la agenda con pérdida de reputación, pero mucho menos en crisis. Y cuando se pierde poder, se pierde capacidad de imponer agenda. Y eso se ve en la propia figura presidencial: no ordena sus internas; no contiene las disidencias; no demuestra la capacidad de sanción que antes tuvo -incluso- con situaciones menores. Las excentricidades ya no son festejadas.
9. El caso demuestra un amateurismo estruendoso en gestión de crisis. Tal es así que, llegando incluso al máximo estadio de una crisis política: la pérdida del cargo para el implicado, la crisis tiene serias chances de no aplacarse ni detenerse. Ya ni digo de clausurarse. Que Adorni siga en el poder, hace más verosímil lo que antes era especulación: ¿Por qué el Presidente valida cada acto y explicación de Adorni?
Esta crisis presupone cosas, una trayectoria que, para el guionista, augura varios capítulos más.
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