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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

Entre la integración y la dependencia: la paradoja regional de la política exterior de Milei

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El gobierno de Javier Milei reivindica como uno de sus principales logros internacionales el avance definitivo del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, una negociación que demandó más de dos décadas de esfuerzos diplomáticos de los distintos Estados Parte y cuya ratificación fue acompañada por diversos sectores políticos en el Congreso Argentino.

Sin embargo, mientras celebra los beneficios de ese acuerdo, impulsa simultáneamente decisiones que debilitan los fundamentos políticos, institucionales y estratégicos del propio Mercosur, como el acuerdo reciproco con los Estados Unidos o la adhesión al tratado transpacífico.

La contradicción no es menor. Porque el acuerdo con Europa no fue el resultado de una estrategia nacional aislada, sino la consecuencia de una construcción colectiva. Fue el Mercosur el que permitió ampliar la capacidad negociadora de sus Estados miembros frente a uno de los mayores bloques económicos del mundo.

Ninguno de los países de la región hubiera tenido, por sí solo, la capacidad de alcanzar un entendimiento de semejante magnitud con la Unión Europea. Resulta entonces legítimo preguntarse qué lugar ocupa realmente la integración regional en la visión internacional del actual gobierno argentino.

Para responder esa pregunta vale la pena recuperar el pensamiento de José “Pepe” Paradiso. En su obra póstuma El ideal unificador en América Latina, Paradiso sostiene que la integración regional no constituye una construcción artificial ni una preferencia ideológica circunstancial. Por el contrario, forma parte de una constante histórica que atraviesa la vida política latinoamericana desde los procesos de independencia.

Paradiso identificaba tres factores estructurales que explican la persistencia del ideal integracionista. El primero es la condición periférica compartida por los países de la región. América Latina ocupa una posición subordinada dentro de la economía mundial, caracterizada por la dependencia tecnológica, la vulnerabilidad financiera y una limitada capacidad de incidencia sobre los grandes procesos globales. Frente a esa realidad, la integración aparece como una estrategia para ampliar márgenes de autonomía y fortalecer la capacidad de negociación colectiva.

El segundo factor es la convivencia con una potencia hegemónica de escala continental. Desde el siglo XIX, las distintas experiencias de integración latinoamericana pueden interpretarse como intentos de construir espacios de coordinación capaces de equilibrar la enorme influencia económica, política y militar de los Estados Unidos. No se trataba necesariamente de confrontar con Washington, sino de evitar que la asimetría de poder se tradujera en una incapacidad permanente para definir intereses propios.

Finalmente, Pepe destacaba la existencia de un componente cultural compartido. Una historia común, lenguas predominantes, tradiciones políticas semejantes y una identidad latinoamericana que, pese a las crisis y los desencuentros, continúa alimentando la aspiración de construir algún tipo de comunidad regional.

Vista desde esta perspectiva, la política exterior del gobierno de Javier Milei parece avanzar exactamente en dirección contraria a las tres dimensiones señaladas por, quien muchos consideramos, el padre de la Escuela de las Relaciones Internacionales en Argentina.

La primera contradicción aparece en el plano de la inserción económica internacional. Mientras el gobierno celebra el acuerdo Mercosur-Unión Europea, impulsa simultáneamente una estrategia de negociaciones bilaterales que erosiona la lógica misma de la integración regional. El reciente acuerdo comercial suscripto con Estados Unidos constituye un ejemplo elocuente.

Más allá de las discusiones jurídicas sobre su compatibilidad con las normas del Mercosur y de la Organización Mundial del Comercio, el mensaje político es claro: la Argentina pretende reservarse la posibilidad de negociar unilateralmente con las grandes potencias aun cuando ello afecte la construcción de una política comercial común, e incluso el interés nacional.

Paradiso advertía que la principal debilidad latinoamericana radicaba precisamente en la incapacidad de transformar intereses compartidos en capacidades efectivas de acción colectiva. La fragmentación regional nunca fortaleció a los países de la región. Por el contrario, históricamente amplificó la influencia de los actores externos. Cuando América Latina negoció dividida, las grandes potencias obtuvieron ventajas. Cuando logró coordinar posiciones, aumentó su margen de maniobra.

Esta discusión adquiere una relevancia especial en vísperas de una nueva cumbre regional. Lo que está en debate no es solamente el futuro de determinados acuerdos comerciales, como los firmados con UE, EFTA, Singapur o en negociación con Canadá. La verdadera pregunta es si el Mercosur seguirá siendo una plataforma estratégica de inserción internacional o si se transformará en un espacio residual mientras cada uno de sus miembros busca acuerdos individuales con actores mucho más poderosos, como lo hace la Argentina al intentar adherir al Tratado Transpacífico.

La segunda contradicción se observa en el plano geopolítico. Mientras gran parte de América Latina procura administrar sus relaciones con Estados Unidos, China, Europa y otras potencias desde una lógica de diversificación y autonomía estratégica, la administración Milei ha optado por un alineamiento prácticamente automático con Washington.

No se trata simplemente de una preferencia diplomática. Se trata de una redefinición profunda de la posición internacional argentina. Las votaciones recientes en Naciones Unidas ofrecen una evidencia concreta de ese cambio. Argentina acompañó a Estados Unidos e Israel en resoluciones vinculadas a la reparación por la esclavitud transatlántica, la prevención de la tortura, los derechos de los pueblos indígenas y el embargo económico sobre Cuba, alejándose de posiciones históricamente compartidas por la inmensa mayoría de los países latinoamericanos.

Más allá de las opiniones que cada uno pueda tener sobre el contenido específico de estas resoluciones, existe un dato político difícil de ignorar: la Argentina ha dejado de construir posiciones desde una lógica regional para adoptar una conducta crecientemente alineada con las prioridades de Washington, o de Trump, o de quien sostenga la política de endeudamiento de cara al proceso electoral del 2027.

Paradiso sostenía que la integración latinoamericana era, entre otras cosas, una respuesta histórica a la coexistencia con un poder hegemónico. No porque la región debiera definirse en oposición a Estados Unidos, sino porque necesitaba construir herramientas que le permitieran relacionarse con ese poder desde mayores niveles de autonomía. En este sentido, el alineamiento irrestricto termina vaciando de contenido uno de los fundamentos históricos de la integración regional.

La tercera contradicción se expresa en el plano institucional. Mientras el gobierno proclama la necesidad de ampliar la presencia internacional de la Argentina, el país ha reducido significativamente su participación en espacios multilaterales y de diplomacia parlamentaria. Las representaciones argentinas en organismos como el Parlamento Latinoamericano y Caribeño, ParlAmericas o la Unión Interparlamentaria han perdido protagonismo o directamente han permanecido vacantes.

Esta situación resulta particularmente paradójica en un momento en que el mundo atraviesa una creciente competencia geopolítica y una revalorización de los espacios multilaterales. La influencia internacional de los Estados ya no se construye únicamente a través de las cancillerías. También se proyecta mediante los parlamentos, los organismos regionales y las redes institucionales que permiten construir consensos y defender intereses comunes.

Pero existe una dimensión todavía más profunda que suele quedar relegada en el debate. América Latina no es solamente un mercado ampliado ni una suma de acuerdos comerciales. Es también una comunidad política construida sobre valores compartidos.

En un contexto internacional marcado por el resurgimiento del proteccionismo, los nacionalismos excluyentes y los discursos antimigratorios, la región ha sostenido históricamente una tradición diferente. Una tradición basada en la convivencia, la movilidad humana, la diversidad cultural y la resolución pacífica de los conflictos.

No es casual que América Latina continúe siendo una de las principales zonas de paz del planeta. A diferencia de otras regiones atravesadas por conflictos interestatales recurrentes, los países latinoamericanos han construido durante décadas mecanismos políticos e institucionales para resolver sus diferencias mediante el diálogo y la negociación. Esa condición constituye uno de los principales activos estratégicos de la región en el siglo XXI.

Preservar América Latina como una zona de paz exige fortalecer los espacios de concertación regional, no debilitarlos. Exige construir posiciones comunes frente a los desafíos globales y no resignarse a actuar en soledad. Exige comprender que la integración no es una reliquia ideológica del pasado, sino una herramienta contemporánea para navegar un escenario internacional cada vez más complejo.

La próxima Cumbre del Mercosur ofrece una oportunidad para discutir precisamente estas cuestiones. No sólo qué acuerdos comerciales impulsar o qué mercados conquistar, sino cuál será el papel de la región en un mundo atravesado por la competencia entre grandes potencias.

La enseñanza de Pepe Paradiso conserva una vigencia extraordinaria. La integración latinoamericana nunca fue exclusivamente un proyecto económico. Fue una respuesta política a una condición estructural compartida. Surgió de la comprensión de que los países de la región, actuando aisladamente, poseen una capacidad limitada para influir sobre las dinámicas globales que condicionan su desarrollo.

Por eso la principal incoherencia de la política exterior de Milei no radica únicamente en celebrar el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea mientras debilita al propio Mercosur. La contradicción más profunda consiste en reivindicar los beneficios obtenidos gracias a la acción colectiva regional al mismo tiempo que se erosionan los principios políticos que históricamente justificaron esa acción colectiva.

Pepe nos encseño que la historia latinoamericana avanzaba en una permanente tensión entre integración y fragmentación. Sin embargo, también señalaba que el ideal unificador reaparecía una y otra vez porque respondía a necesidades estructurales profundas que ninguna coyuntura lograba eliminar.

A las puertas de una nueva cumbre regional, esas razones parecen más vigentes que nunca. La verdadera discusión no es si Argentina debe relacionarse con Estados Unidos, con Europa o con China. Debe hacerlo con todos. La cuestión es desde dónde quiere hacerlo: si desde la soledad de una periferia fragmentada o desde una región que entiende que la integración no limita la soberanía, sino que constituye una condición indispensable para ejercerla.

Porque en un mundo dominado por gigantes, renunciar a la región no es una demostración de independencia. Es, muchas veces, la forma más rápida de volver a la dependencia.

Dolores Gandulfo

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