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infobae.com · hace 13 horas · Marcos Shaw

Humano, roto y mal parado

Infobae

Domingo 7 de junio, 9.39 de la mañana. Me llama Mati, un amigo de toda la vida, que me conoce y sabe que no lo iba a atender a la primera. Era evidente que me había dormido hace unas horas, probablemente por una salida que, sin éxito, tuvo la intención de terminar temprano para estar lúcido al otro día. Tan bien me conoce que, al no contestarle, agarró el auto, salió de su casa en Pilar y en el camino me mandó: “Marcola, salgo para allá y te levanto”. A los 20 minutos, por arte de magia, o por obra del Indio, me despierto, veo la llamada, el mensaje y activo. “Amigo, dale. Pasame ubicación en tiempo real así te sigo”. 10.30, tal cual marcaba el GPS, ni un minuto más, ni uno menos, Mati me levanta y arrancamos para Avellaneda.

11. Dejamos el auto en San Nicolás y Patagones, a exactos 1.5 km caminando, según Google Maps, al Polideportivo José María Gática dónde yacían los restos de Carlos Alberto Solari. Ya en la zona donde se escuchaba un tema de los Redondos por cuadra, no entraban los puestos de chori y patys, la cerveza y el fernet se vendían a cada metro y era imposible elegir entre tanta oferta de remeras y banderas, el cartel de la esquina marcaba Avenida Mitre al 5000. El sentido de la cola de gente que arrancaba era inconfundible. Iban ordenados uno atrás del otro como si la fila fuera para entrar a la Capilla Sixtina. Empezamos a caminar en sentido contrario para llegar al final y arrancar. A las 10 cuadras, Mati dice “bueno armo el mate y vamos tomando”. Cuando llegamos a la estación de Sarandí y la cola estaba lejísimos de terminar, fue nuestra primera señal. Esto iba a ser largo. Entonces le digo a Mati que me banque que compro unas facturas porque no había llegado a desayunar. Mati me dice en chiste “imaginate si llegamos a Puente Pueyrredón”. Era Mitre al 2400. Una hora y media después de haber arrancado, llegamos al final de la fila: era Puente Pueyrredón y el cartel de la esquina marcaba Avenida Mitre 0-100. La gente nos recibía a los gritos festejando que habíamos llegado al final como si hubiéramos hecho cumbre en el Everest. Claro, la sensación de todo el camino fue que no terminaba más.

cronica velatorio indio solari villa dominico

12.30. El destino final estaba a poco más de 50 cuadras. A esta altura de la fila no había parlantes, ni puestos de chori, y para comprar una cerveza tenías que esperar a pasar por un super de la avenida. Igual nosotros seguíamos con mate. Al lado nuestro estaba Azul -su nombre lo íbamos a saber casi dos horas más tarde- tomando una birra sola con su celular escuchando los Redondos. Lo primero que hacemos es avisarles a los nuestros que arrancábamos el camino. Sale selfie con el subtítulo “a 50 cuadras” a varios grupos de WhatsApp, la familia, amigos y algunos que querían venir. Leo y Maru, dos de ellos, me dicen que salen tipo 4 para acá y que les vaya contando cómo avanza. El primer tramo, para la desilusión de todos, fue demasiado lento. Y con demasiado lento me refiero a que hicimos tres cuadras en una hora y veinte. Mati, que le gusta calcular cosas y esperar le da más ansiedad que a mí, me dice: “A este ritmo me da que entramos 6 am”. Primer problema en puerta: él tenía que volverse temprano porque Cata, su hija de 7 años, tenía entradas para ver a Lali en River. La llevaba su mamá, la esposa de Mati, Vir, que estaba en Pilar sin auto. Y Rafa, el segundo hijo de Mati, más chico que Cata, tenía que quedarse con alguien.

14.53. A Mati lo pasa a buscar un DiDi que lo alcanzaría hasta su auto. Estábamos a 6.6 km de dónde habíamos estacionado. Nuestro plan era: yo me quedaba haciendo la fila, Mati iba, buscaba a toda la familia, dejaba a Rafa en lo de sus padres, arreglaba con Vir encontrarse ahí post recital y post velatorio y se volvía. Yo le iba avisando cómo avanzaba la cosa. El trato era, por supuesto, que si yo llegaba y él no había vuelto, entraba. Era una apuesta y la única salida posible. Entonces me quedé mano a mano con Azul, con quien ya habíamos hablado porque ella necesitó hacer pis y nosotros le cuidamos el lugar en la fila. Había ese código: podías irte al baño, a comprar algo o a sentarte a descansar, y después sumarte con tu gente que había avanzado. Al rato ella cuidó el lugar para que yo comprara dos cervezas, para mí la primera y para ella la tercera. Azul me cuenta que en realidad se llama Leila, pero que no le gusta y entonces le dicen Azul. Yo le respondo que Azul es directamente otro nombre, no un apodo, y se ríe. La veo hablando por teléfono y me explica que está llegando un amigo de ella, Darío, que vive a dos cuadras de donde está el Indio. La mala: no podíamos entrar por su casa. La buena: se sumaba uno que se ubicaba de memoria en el lugar.

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17.51. Estoy a 12 cuadras. Me lo había dicho Darío antes de irse con Azul. Él tenía que trabajar ahí cerca dos horas, de 18 a 20, y se liberaba y volvían. Ella lo acompañó para ir al baño y me dijo que me buscaba. Igual nos pasamos los números y nos mandamos ubicación. Pero la señal empezaba a fallar. Llegó el segundo problema: la comunicación era esporádica, confusa, usar el teléfono consumía batería y MercadoPago no andaba. Chau birra y chau cena. Lo poco que usaba el celular era para tratar de ubicarme con Maru y Leo, que ya habían llegado, pero estaban adelante de todo. Hablábamos por mensaje de texto porque llegaba más rápido. Bah, llegaba. Lo viejo funciona. Yo les decía que vinieran conmigo a la fila y ellos me explicaban que adelante la gente se estaba metiendo de a poco. Me describió el embudo que explicaba porque yo avanzaba a ritmo de una cuadra por hora. Nunca nos pudimos juntar y ellos no llegaron a entrar. No era tan fácil colarse y también tenían que irse temprano. En ese momento no sabía todo lo que me faltaba para llegar. O en realidad sí, 12 cuadras. Lo que no sabía era el tiempo. Le pase el reporte a Mati y le dije: “En hora y media, dos, estoy adentro”. Qué iluso.

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21.28. “Marqui, dónde estás? Creo que es momento de volver”. En un arrebato de señal leo ese mensaje de mi vieja en el grupo de la familia. Yo ya sabía que estaba preocupada porque la conozco y porque mi hermana, Mili, me había hablado por privado para avisarme. Por suerte pude llevar tranquilidad: estábamos a cuatro cuadras. Yo ya reconocía la zona en la que había un parlante por cuadra, un puesto de patys por metro y la birra se conseguía fácil. Hablé en plural porque el tramo final lo estoy haciendo con Karen y Rosa, de Avellaneda, o sea, ubicadas, y con algo que vale oro: efectivo. Pude cenar y volvió la birra al grupo. Y volvió la selfie con el subtítulo “a cuatro cuadras”. Aproveché y mandé un par de audios. Mi vieja y mi hermana me dijeron que Karen y Rosa eran unas genias, que me estaban cuidando, pero que yo también me cuidara. A esta altura se repetían los mensajes en mis grupos: “Y???” “Por dónde estás??” “Llegaste? “Dale que llegas!”.

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22.57. Por si algo faltaba empezó a llover. No era grave, pero era esa lluvia molesta que encima te da frío. Yo solo tenía un buzo con capucha. Era imposible prepararse para este día. Había llegado a las 11 de la mañana, con algo de sol y humedad, y nunca pensé que a las once de la noche me iban a faltar tres horas más. Éramos miles, agotados, tristes, sin fuerza, algo borrachos, mojados, pero ya habíamos llegado hasta ahí. Se escuchaban en loop “una bandera que diga Che Guevara” y “andate a tocar a la luna, la luna la vamo a copar”. Había que resistir acompañados. Karen y Rosa me preguntaron de qué signo era y esa charla se extendió porque hablar te salva. Después hablamos de Axel y Cristina, bastante más interesante, ya que ese día -noche- en la calle estaba el pueblo peronista, como también otros pueblos, pero mayormente el peronista, y la discusión -problema- hoy pareciera ser de qué lado de la mecha te encontrás. Aproveché para contarles que era periodista y que trabajaba en Infobae, lo que habilitó los chistes. Además antes les había dicho que vivía en Plaza Italia, al frente de La Rural. “Ay, perdón, La Rural”. Es la que toca, son las reglas. Le mandé un último reporte a Mati, que nunca llegó, pero que entró conmigo, porque sin él, su auto y su iniciativa yo tampoco hubiese entrado.

01.55. Nos separan con Karen y Rosa, ellas para un lado del vallado, yo para el otro. Fue nuestra despedida y cada uno se iba a despedir con el Indio. Listo, habíamos llegado. El cartel de la esquina volvía a marcar Avenida Mitre al 5000. Y yo vuelvo a estar solo, la fila fluía y se venían mis 30 segundos frente a él, su cajón, sus fotos, sus fieles, sus amores, sus llantos, sus rosas, sus recuerdos, sus gritos, sus remeras, sus banderas, su familia, su banda y el corazón y el recuerdo eterno de su pueblo que hizo la misa más convocante de la historia en su honor. En esas 15 horas que estuve de pie vi, sentí, conocí y hablé con un mito: el público respetable convertido en una banda inconsolable.

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Mirá qué tipo espeso, pensé, humano, roto y mal parado. Como cualquiera de nosotros. Y por eso será recordado y amado para toda la vida.

Sobre la visita del papa León a España