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perfil.com · hace 14 horas · Damián Tabarovsky

Poema y tradición

Damián Tabarovsky

Así comienza Autorretrato en espejo convexo, de John Asbhbery: “Como hizo el Parmigianino, la mano derecha/más grande que la cabeza, adelantada hacia el espectador/ y replegándose suavemente, como para proteger/ lo que anuncia”. La influencia de Wallace Stevens sobre John Ashbery es muy conocida. En relación a Stevens, Harold Bloom llega a definir a Ashbery como “su noble discípulo desesperado”. Es cierto: la lectura que Ashbery realiza de Stevens se materializa en ese registro: el de la desesperación. No es sólo que ambos poetas –el poeta vigoroso y el otro, el que manifiesta “el gran cansancio de llegar tarde”- compartan la búsqueda por “unir lo extraño con lo bello”, sino que hay algo, la desesperación, que el segundo agrega al primero. ¿Qué es lo que el poema necesita proteger? ¿Qué es lo que anuncia? Anuncia que el poema necesita protección. Pero, ¿de qué? En La figura del joven como poeta viril, Stevens da un principio de respuesta: “Definimos a la poesía como la versión no oficial del ser”. Luego, Ashbery toma de Stevens esa convicción: si el poema debe protegerse de algo, es de la autenticidad. La autenticidad es el gran enemigo de la poesía. La autenticidad del yo lírico, pero también del tema, de la anécdota, incluso de la forma. Es un repliegue suave, agrega Ashbery, como para que quede claro que en ese movimiento no hay violencia alguna, ninguna iluminación, emoción o sacudida. Sólo una convicción profunda: la mano protege y a la vez anuncia que la autenticidad no pasará, que allí se detendrá. El poema impone un límite.

La operación que realiza el Autorretrato en su rechazo de la autenticidad es un acto radical frente a la propia tradición que acecha al poema. Implica el autorretrato entendido como autocrítica, como “crítica de lo auto”, crítica del yo, de la subjetividad moderna. Si el retrato (y el autorretrato) en la pintura afirma históricamente el ascenso de la burguesía, la aparición del sujeto autocentrado, de la figura del humanismo moderno, Ashbery da un giro: sostiene al autorretrato pero lo traslada a un espejo convexo; lo deforma, lo descentra. El autorretrato como género inepto, bizarro, deforme. Dije: Ashbery da un giro respecto de la tradición que lo acecha. Y ¿qué tradición lo acecha? Ashbery pone en cuestión el legado del romanticismo anglosajón. Una mención rápida a Un poema no escrito, de W.H. Auden, permite entender su relación con el romanticismo. Se trata de un largo poema en prosa, dividido en fragmentos, cuyo comienzo dice: “Mientras espero tu llegada mañana, me encuentro pensando Te amo: entonces viene el pensamiento: Me gustaría escribir un poema que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras”. Luego el texto continúa con una serie de reflexiones sobre la actividad poética, la pintura, el pensamiento; hasta su desenlace final: “Entonces este poema quedará sin escribir”. Para Auden ya es imposible escribir poemas de amor, es imposible escribir “Yo te amo” y que esas palabras aún tengan valor. Sin embargo, lo que está desgastado para él es el lenguaje cotidiano, la doxa, el mundo; no la poesía como forma de entender el mundo. Es decir: en Auden aún hay un dejo de nostalgia por la autenticidad. Pero Ashbery va más lejos y esa nostalgia se transforma en novedad: el romanticismo puesto en crisis desde adentro.

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