El empate eterno
La política en el Perú se encuentra congelada desde hace varios años. Los políticos locales, son arcaicos, y enfrentan un rechazo masivo de la población. Mantienen una concepción autoritaria del poder y se oponen a las ideas de la modernidad.
En los últimos procesos electorales realizamos varias encuestas y conversamos con diversos candidatos. No contaban con equipos profesionales ni utilizaban las encuestas de manera técnica. Su forma de hacer política es la antigua; discuten entre ellos, mostrando poca o ninguna preocupación por los problemas de la gente común.
El descontento ciudadano se refleja en las urnas. En las dos últimas elecciones, la suma de los votos de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta ni siquiera alcanzó el 30% del total.
En 2021: Pedro Castillo, candidato de Perú Posible, lideró la primera vuelta con el 19% de los votos, seguido por Keiko Fujimori con el 13%. El tercer lugar fue para Rafael López Aliaga, quien obtuvo el 12%. En 2026: Pasaron al balotaje Keiko Fujimori con el 17% y Roberto Sánchez –también candidato de Perú Posible– con el 12%. López Aliaga repitió su habitual 12%.
En este quinquenio, Perú tuvo tres presidentes. Castillo cayó a poco de asumir, mientras López Aliaga se desempeñó como alcalde de Lima, manteniendo una campaña electoral frenética que, finalmente, le llevó al mismo resultado de siempre.
En Perú los resultados de la segunda vuelta se deben calcular hasta con centésimas de punto. Después de que una abrumadora mayoría rechaza a todos en la primera vuelta, los ciudadanos son forzados a escoger entre dos opciones que les desagradan, lo que genera un empate inevitable.
En la segunda vuelta de 2021, Pedro Castillo ganó con el 50.13% frente al 49.87% de Keiko Fujimori; una diferencia de apenas 44,263 votos. El resultado fue casi idéntico al de 2016, cuando Pedro Pablo Kuczynski derrotó a Fujimori con el 50.12% frente al 49.88%, separados por solo 41,057 votos.
Este año, este récord va a romperse: por el momento, Keiko Fujimori lidera con el 50.012% ante el 49.988% de Sánchez, con una distancia de 4,519 votos válidos.
Keiko Fujimori, ha perdido las elecciones presidenciales en tres ocasiones, debería preguntarse por qué nunca logra llegar al 20% en la primera vuelta y por qué en el balotaje se estanca siempre en la barrera del 50%, a pesar de contar con el aparato político más importante del país. Este dilema requiere un análisis profesional y no un manejo meramente militante.
Por su parte, el caso de Roberto Sánchez es interesante para reflexionar con mayor profundidad. Sánchez fue el candidato de Perú Posible, el mismo partido de Pedro Castillo, cuyos voceros se definen como marxistas-leninistas-mariateguistas, con un discurso confusamente maoísta y el respaldo de dirigentes del Movadef (remanente de Sendero Luminoso).
Durante toda la campaña, Sánchez reivindicó la figura de Pedro Castillo, de quien fue ministro. Se presentó a caballo, usando un sombrero de paja y un lápiz como símbolo de su visión educativa, un contraste notable con un mundo que avanza hacia el uso de computadoras e Inteligencia Artificial. Incluso el mismo día de las elecciones, en un gesto de lealtad, Sánchez acudió a la cárcel para almorzar con el expresidente Castillo.
Hace cinco años, una encuesta poselectoral reveló que el 53% de los electores de Castillo votó por él porque creía que se identificaba con las personas humildes y lo veía distinto a los políticos de siempre; solo un 4% dijo haberlo hecho porque era de izquierda. La situación actual debe ser muy similar, considerando que la Unión Soviética no ha logrado avances importantes en los últimos años.
En esta segunda vuelta, Sánchez contó con el apoyo de Antauro Humala –hijo de Isaac Humala y hermano del expresidente Ollanta Humala–, líder del movimiento etnocacerista que promueve el ultranacionalismo peruano, el irredentismo, el antichilenismo y el rechazo a la globalización y a la inmigración. Afirmar que los Humala son de izquierda es tan poco racional como decir que lo era Hitler por su nacionalismo antinorteamericano. Tampoco se les puede catalogar como “nazis andinos”; sus ideas se enmarcan en el Katarismo, una corriente que reivindica a Túpac Katari –el último inca que se enfrentó a los españoles– y que defiende la superioridad de la raza indígena.
Más allá de la clásica división entre izquierda y derecha, la realidad política peruana parece explicarse mejor con la identidad cultural. En el país existe un sureste –en el que Sánchez arrasó en las urnas– más semejante al Occidente boliviano que a Lima. La visión eurocéntrica de algunos analistas pinta a los habitantes de esta región como pobres, ignorantes y desconectados de la tecnología, pero esto no es real. En esas zonas, la población se comunica activamente por internet, posee teléfonos inteligentes y muchos manejan recursos económicos importantes.
El factor de la identidad es central y resulta indispensable incorporarlo al análisis político en todos nuestros países.