Cuando los antiguos egipcios llegaron a California
“Si de acá a 1.000 años a los arqueólogos se les da por excavar bajo las dunas de Guadalupe, espero que los titulares de los diarios no digan que la civilización egipcia se extendía hasta la costa del Pacífico en América del Norte. .. Las esfinges que encuentren habrán sido enterradas allí cuando terminemos con nuestro trabajo”. La frase, leída casi por azar en la biografía de Cecil B. DeMille de 1959, despertó la curiosidad de dos cineastas aficionados, 23 años después.
En una noche de copas, Bruce Cardozo, fanático del legendario director de cine, le mostró el pasaje del libro a Peter Brosnan. Los dos amigos se dispusieron a descubrir el secreto que DeMille insinuaba: irían al rescate de una ciudad enterrada. La historia es fascinante. Conocido por el despliegue de sus producciones en cine, como El rey de reyes, Cleopatra o El mayor espectáculo del mundo, Cecil B. DeMille dirigió también Los Diez Mandamientos. La versión sonora la protagonizó en 1956 Charlton Heston como Moisés. Pero había otra versión, muda, que DeMille filmó 33 años antes. Su idea original fue rodarla en Egipto, pero el estudio puso el grito en el cielo. “Para DeMille no existía el concepto de exageración. Así que si iba a recrear el antiguo Egipto, lo haría a la misma escala en que se construyó”, escribió su biógrafo Scott Eyman.
Y así fue: miles de actores, de personal técnico y de animales dieron vida al proyecto. La locación fue las Dunas de Guadalupe-Nipomo, en la costa de California. Por 10 dólares le alquiló el terreno a la compañía Union Sugar, que puso una condición: al terminar el rodaje, no debía quedar allí ni rastro de la película. Paul Iribe, maestro del Art Decó, fue el encargado de diseñar la monumental escenografía, de 36 metros de alto y 220 de ancho, con 21 esfinges de yeso, de varios cientos de kilos cada una: era el mayor decorado cinematográfico construido jamás. DeMille cumplió con su palabra. Fueron necesarias la curiosidad de dos cineastas y décadas de búsqueda para sacar a luz grandes cabezas y muchos de los tesoros de la ciudad perdida de DeMille. Un museo, el Dunes Center, exhibe buena parte de ellos. Otros permanecen aún bajo la arena, enterrados quizás para la eternidad.
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