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perfil.com · hace 10 horas · Diego Bossio *

¿De qué vamos a vivir los argentinos con este modelo?

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Una familia de clase media en el Gran Buenos Aires llega a fin de mes con el “resumen de la tarjeta” como principal documento político de la Argentina. No es el Indec, ni el riesgo país, ni el tipo de cambio. Es ese resumen. Y lo que ese resumen dice, cada vez con más frecuencia, es que los ingresos no alcanzan y que la diferencia se financia con deuda, en el mejor de los casos. Las familias también tienen su “Macro”. También se hacen sobre la inteligencia contable de egresos e ingresos. Tienen sus astucias, sus cálculos, sus aspiraciones. Tienen derecho a tenerlas. Y el declive es notable: muchas viajan hacia una quiebra. El costo de la economía de Milei también se mide en esas quiebras familiares.

No es una percepción. Es un dato. El ingreso disponible de los trabajadores formales y jubilados está hoy un 12% por debajo del promedio previo a la crisis de 2023, y no se recupera. Las familias cubrieron esa brecha con deuda o desahorro. El resultado está a la vista: la irregularidad del crédito en entidades no financieras a personas —fintech, tarjetas— llegó al 31,7% en abril de 2026. Uno de cada tres pesos prestado por fuera del sistema bancario está en mora. Incluso en los bancos, la irregularidad en créditos a personas físicas trepó al 12%, superando el peor momento de la pandemia. La carga mensual de servicios de deuda sobre la masa salarial formal superó el 25%, máximo histórico. Las familias no solo deben más: destinan una porción récord de su sueldo a pagar lo que debieron pedir prestado para llegar a fin de mes. Eso tiene un nombre: default. El síntoma de una economía exhausta no aparece en el riesgo país: aparece en el resumen de la tarjeta.

La macro camina incipientemente hacia el orden —y eso importa, hay que decirlo— pero el orden macroeconómico todavía no se tradujo en bienestar concreto para la mayoría. Hay una brecha entre el tablero y la cancha. Entre los indicadores que miran los mercados y la vida que vive la gente. Entre el sacrificio y los frutos. Una política de ajuste al que la sociedad llegó sin engaños no puede ser un fin, a lo sumo puede ser el medio para un fin: mayor tranquilidad cambiaria, inflación desacelerada y crecimiento económico.

Esa familia no necesita que le expliquen la balanza de pagos. Necesita saber para qué sirve el sacrificio que está pagando. Y esa pregunta —aparentemente personal, urgente, de fin de mes— es en realidad la pregunta más grande que tiene la Argentina por delante: ¿de qué vamos a vivir? No en el sentido de sobrevivir. En el sentido de construir.

Porque el orden macroeconómico, si no responde esa pregunta, es solo el prerrequisito de algo que todavía no existe. Es condición necesaria. Pero una condición no es un destino. Hasta ahora, ningún espacio político —ni el que gobierna ni los que aspiran a hacerlo en las variantes opositoras aún débiles— respondió a esa pregunta con un programa concreto. La tienen pendiente todos.

No es una pregunta retórica. Es la pregunta de desarrollo que este país evitó sistemáticamente porque siempre hubo alguna renta disponible para distribuir antes de construir. El boom de la soja posterguó la discusión. El gasto la enterró bajo la urgencia del presente. La deuda la pateó para adelante. Ahora, con la macro en proceso de ordenamiento y sin renta extraordinaria disponible, la pregunta vuelve con toda su fuerza.

Hay una tentación —comprensible, pero peligrosa— de creer que Vaca Muerta responde la pregunta. Que el petróleo y el gas de Neuquén son el destino manifiesto argentino y que el resto se acomoda solo. Vaca Muerta no puede ser la única vela que prendemos, como a los santos, para que llegue “la buena”. A la vez, el desarrollo y el futuro depende de cómo logramos que el gas de Vaca Muerta nos permita producir fertilizantes en Argentina, abaratar costos para el campo y dejar de importar lo que podríamos fabricar nosotros. Es un tesoro. Es una oportunidad que no se desvirtúa por más “lugar común” discursivo que signifique repetir las potencialidades.

Texas produce más petróleo que la mayoría de los países de la OPEP. Tiene a Houston, capital global de la industria hidrocarburífera. Y, sin embargo, nadie describiría a Estados Unidos como una economía que vive del petróleo de Texas porque Texas es un pilar extraordinario dentro de una arquitectura mucho más grande. No es un modelo. Es una parte.

Argentina tiene su propio Texas en construcción. Argentina tiene su parte. ¿Y el modelo? Porque un solo pilar, por más robusto que sea, no sostiene un país. Lo que sostiene un país es la decisión política de convertir recursos extraordinarios en bienestar ordinario. En empleos, en salarios, en servicios públicos que funcionan. Texas no les resolvió la vida a todos los americanos, pero Houston le dio trabajo calificado a cientos de miles que no tenían nada que ver con el petróleo. Esa es la conversación que Argentina todavía no empezó en serio.

Argentina tiene cuatro pilares productivos reales, no imaginados. El campo con escala global y biotecnología de punta. La economía del conocimiento, que exporta servicios desde las principales ciudades —Buenos Aires, Córdoba y otras del interior— con independencia del ciclo político. La minería de litio y cobre, al inicio de una demanda que va a durar décadas. Y Vaca Muerta, que no es solo energía doméstica sino petróleo y gas licuado para un mundo que busca desesperadamente diversificar fuentes. Ninguno es mérito de un solo gobierno. Todos son resultado de décadas de inversión silenciosa, política científica y gente que estudió y se quedó. El problema no es lo que tenemos. El problema es lo que elegimos hacer con lo que tenemos. Vaca Muerta es el resultado de una política de Estado que fue discreta, callada, porque no pusimos de moda los consensos ni los acuerdos y entonces el fruto en Neuquén se ve, pero no se dice. Porque medimos al revés el estado de salud de nuestra política: lo medimos en virtud de los conflictos. Vaca Muerta creció mientras la política sólo echó leña al fuego de la polarización. Creció por abajo. Creció contra la corriente de moda: las batallas culturales. Primó, por abajo, entonces, una sensatez sin prensa, sin selfie, sin pirotecnia. Cualquiera que tiene la oportunidad de conocer Vaca Muerta siente una vibración tal vez comparable a la Antártida o incluso a nuestras amadas Islas Malvinas: el cosquilleo de la soberanía.

Agro, minería y energía juntos generan el 7% del empleo formal argentino. Vaca Muerta, en su escenario de máxima expansión, podría movilizar hasta 240.000 trabajadores directos e indirectos hacia 2040. Son números reales. Pero desde que asumió Milei la economía argentina perdió más de 280.000 empleos asalariados formales (privados y públicos). El campo, la energía y la minería crecen. El comercio, la construcción y la industria —los sectores que dan trabajo a la mayoría— caen. Son dos economías dentro de una misma Argentina.

El riesgo es la trampa latinoamericana de siempre: una economía con sectores de punta muy productivos y una mayoría que no migra hacia empleos mejores sino hacia la venta ambulante, el changarín de aplicación, el rebusque de baja productividad. La informalidad laboral ya supera el 45% de la fuerza de trabajo. Esa no es una estadística. Es el mapa de un país que se está partiendo al medio.

Lo que falta no es otro pilar exportador. Lo que falta es la conversación política sobre cómo construir densidad productiva alrededor de los pilares que ya existen. Cómo hacer que Vaca Muerta traccione proveedores nacionales y manufactura industrial. Cómo hacer que el litio no se exporte como mineral sino como componente procesado. Cómo hacer que un chico de Tucumán o de Resistencia tenga acceso a la misma formación técnica que uno de Palermo y pueda trabajar para el mundo desde donde nació.

BHP y Rio Tinto ya están en Argentina. En litio en Salta o en cobre con Josemaría y Filo del Sol. En Australia, esas mismas empresas no solo extrajeron mineral: construyeron proveedores locales, formación técnica y procesamiento industrial alrededor de cada yacimiento. La pregunta no es si van a venir. Ya están. La pregunta es qué Argentina van a encontrar: ¿la del enclave que extrae y exporta mineral crudo, o la que les exige construir aquí lo que construyeron allá? Eso requiere infraestructura que baje costos logísticos y crédito de largo plazo para los proveedores y pymes industriales que tienen que crecer alrededor de los pilares exportadores. Condiciones que este país conoce en teoría y sistemáticamente desactiva en la práctica.

Hay una verdad que la política argentina evita porque incomoda a todos por igual: el tipo de cambio real. Un dólar barato no es neutralidad macroeconómica, es una política industrial al revés. Encarece lo que producimos, abarata lo que importamos, y destruye en silencio el tejido productivo que ningún plan de desarrollo puede reconstruir solo con voluntad. No es casualidad que los problemas de creación de empleo y, en particular, de asalariado formal se hayan agravado durante la apreciación cambiaria de la Convertibilidad, y que el empleo asalariado formal haya crecido con fuerza en los años de tipo de cambio real competitivo post-2002. La estabilización con atraso cambiario no es el camino al desarrollo. Es su principal obstáculo. Y mientras ese tema no entre en la conversación pública con nombre y apellido, todo lo demás es arquitectura sobre arena.

Volvamos al principio. El final es en donde partir, como cantaba La Renga. La familia del resumen de tarjeta no va a vivir de Vaca Muerta. Pero puede vivir de lo que Vaca Muerta construye alrededor: la empresa mecánica de Neuquén que fabrica válvulas para los pozos, la ingeniera de Salta que diseña software de monitoreo para plataformas, el técnico de Mendoza que instala baterías de litio procesado hacia Europa. Ese es el país que está en disputa. No el país del recurso, más bien el país de lo que se construye con el recurso. Ese país necesita saber que el sacrificio que está pagando tiene un destino. El orden fiscal es condición necesaria. Pero una condición no es un destino. La estabilización sin modelo de desarrollo es solo administrar la decadencia con mejor prosa. Y esa respuesta, en Argentina, todavía está por construirse. Los liberales argentinos siempre decían y repetían que la economía de un país es como la de una familia. Que se debe ordenar con esos criterios de “Doña Rosa”. Que no se puede gastar más de lo que se tiene. Reducían —y sabían que lo hacían— la versión de un país a su mínimo. Pero entonces, son ellos los que se muerden la cola. Son ellos los que, para ordenar el país como a una familia, están matando a Doña Rosa.

Qué es el envejecimiento biológico.