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lanacion.com.ar · hace 12 horas · Santiago Lucero Torres

La diferencia entre lealtad y obediencia

LA NACION

Hace algunos años conversé con varios alemanes que habían sido oficiales durante la Segunda Guerra Mundial; algunos de ellos opositores al régimen nazi. Lo que más me llamó la atención no fueron sus opiniones sobre Hitler, sino la visión que conservaban sobre el coronel Claus von Stauffenberg, protagonista del atentado del 20 de julio de 1944. Para la mayoría seguía siendo un traidor. Alemania estaba en guerra, sus soldados morían en múltiples frentes y cualquier acción contra el comandante supremo constituía una deslealtad imperdonable.

Esa conversación remite a una cuestión que atraviesa toda la historia militar. La lealtad suele presentarse como un valor absoluto, pero la realidad es más compleja. Cuando las órdenes, las conveniencias personales, las presiones políticas y las propias convicciones entran en conflicto, ¿a quién debe responder un militar? ¿A un gobierno, a un comandante, a una institución o a los intereses permanentes de la Nación? Allí comienza un debate que explica por qué figuras tan distintas como Stauffenberg o Hackworth siguen generando admiración para algunos y rechazo para otros.

El coronel David Hackworth consideró que la guerra de Vietnam estaba siendo conducida de manera equivocada, y lo hizo público

Veterano de Corea y Vietnam y uno de los soldados mas condecorados de la historia de los Estados Unidos, el coronel David Hackworth tenía por delante una carrera brillante. Sin embargo, cuando concluyó que la guerra de Vietnam estaba siendo conducida de manera equivocada, y que demasiados oficiales se preocupaban más por las estadísticas, los ascensos y las carreras personales que por la realidad del campo de batalla, decidió decirlo públicamente. Y pagó el precio. Podía haber guardado silencio y seguir acumulando méritos pero eligió otro camino.

Algunos lo consideran un ejemplo de integridad profesional; otros creen que cruzó una línea que ningún militar debería cruzar. Más allá de esa valoración, su historia obliga a reflexionar sobre algo mucho más importante que su propia persona.

La obediencia es indispensable en cualquier fuerza armada, porque sin disciplina no existe capacidad de combate y sin subordinación no hay organización militar posible. Pero nunca fue el valor supremo de la profesión. Por encima de ella existen deberes mayores como la defensa de la Nación, la fidelidad a la Constitución, la protección de los hombres bajo mando y la obligación moral de actuar conforme a la verdad. Es aquí donde la historia del coronel Hackworth adquiere una dimensión relevante para la Argentina.

Cuando el premio y el castigo dejan de medirse por el desempeño, la institución aprende que conviene callar

Durante más de cuatro décadas nuestras Fuerzas Armadas atravesaron un deterioro pocas veces visto en tiempos de paz. Se desfinanciaron capacidades estratégicas, se abandonaron sistemas de armas y se instaló una visión ideologizada de la defensa. Pero tan preocupante como el daño fue la escasez de voces dispuestas a advertir sobre sus consecuencias.

La Argentina conoció militares que soportaron la postergación y el aislamiento por mantenerse fieles a sus convicciones. Pero también conoció altos mandos que eligieron alinearse con el poder de turno. Buena parte del deterioro nació, además, de una dirigencia política que manoseó el sistema de ascensos. Primero con una suerte de “delito de portación de apellido”, que rechazó promociones por el peso de un nombre antes que por la conducta del oficial; y también premiando con alguna embajada aquello que no merecía premio. En ambos casos se subordinó el mérito a la conveniencia, enviando un mensaje devastador: lo que define una carrera no es la competencia ni la integridad, sino la sintonía con el poder.

Cuando el premio y el castigo dejan de medirse por el desempeño, la institución aprende que conviene callar. Por eso el deber de un profesional no se limita a adaptarse, también consiste en advertir y defender aquello que considera indispensable para la misión. El coraje no es solo enfrentar al enemigo; también es asumir las consecuencias de sostener lo correcto cuando hacerlo tiene costos personales.

La Argentina necesita oficiales competentes técnicamente, moralmente sólidos y espiritualmente libres. Hombres capaces de obedecer cuando corresponde, pero también de advertir cuando el interés nacional está comprometido. Profesionales que comprendan que la lealtad verdadera no es hacia una persona, una ideología o un gobierno transitorio, sino hacia la Nación, la Constitución y la misión que han jurado cumplir.

Las instituciones no se debilitan por exceso de hombres íntegros. Se debilitan cuando quienes conocen la verdad deciden callar para proteger su carrera. Y cuando una Nación pierde hombres de esa estatura moral, pierde mucho más que capacidades militares, pierde parte de su capacidad para defender su propio destino.

Santiago Lucero Torres

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