Dios, el Indio Solari y los canallas
A lo largo de los siglos, nuestra divinidad monoteísta fue objeto de infinitas predicaciones, abarcando las semblanzas con y sin rostro de la intuición, las sutilezas de la teología (que es una hipertrofia de la gramática y una sierva de la filosofía), el entretenimiento de la conversación y el silencio desbordado y totalizador del éxtasis. Lo que no existe o corre el riesgo de no existir o ha muerto o no termina de nacer despierta las mayores pasiones, porque lo real se vuelve costumbre y es la ausencia o la desaparición aquello que nos enciende y nos vuelve ciertos. Esto que digo o no termino de decir o suelto de manera vagarosa ha ocurrido con la muerte del Indio Solari, y merecería tal vez alguna reflexión.
Nacido en las catacumbas del rock platense de años ya añejos, suscitó un fervor creciente que resultó inexplicable para muchos, lo que tal vez se debe a que la explicación es de lo más sencilla. Tanto los Redonditos de Ricota como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado fueron bandas rítmicas y potentes, bien ajustadas, y la voz del cantante, entre rasposa, aguda y forzada o esforzada, silabeando letras o canciones que de acuerdo a los gustos eran abstrusas e inentendibles o herméticas o constituían señales llenas de significado, como refraneros musicales portables que podían aplicarse a distintas ocasiones. Precisamente por su carácter ambiguo, esas canciones resultaron un acercamiento incierto a una belleza que se intuye y no termina de aprehenderse, lo inefable al alcance de grandes masas. El Indio Solari fue el decidor de eso que, al no capturarse de un manotón, dejaba tan aterido como incluido a sus seguidores. Y no hacía falta gustar o amar o sentirse interpretado por lo que se escuchaba, simplemente había que dejarse llevar para que en la borra oscura de los días ascendiera el sabor de esa apuesta, a veces sentimental, otras veces política, otras nostálgica y otras moralista.
Por supuesto, suele suceder que luego de la muerte de un artista popular sus seguidores lo arrojen hacia los desolados cielos de la hipérbole. Para ellos, el hombre que se pasó buena parte de los años de su vida encerrado en una quinta, en su partida se vuelve la imagen de un padre, un hijo, un hermano, un héroe, un mártir, en un mito personal y colectivo para suavizar la intemperie de estos tiempos aciagos, figura a pintar en las paredes por la tribu de su calle, cuerpo a velar y del que despedirse en procesión interminable, música para escuchar con la insistencia de la cabeza que se golpea contra la pared cuando uno siente que perdió un amigo para siempre. No soy yo, y es el otro que a veces es mi hermano, y aunque no comparta nada de sus gustos comparto su humanidad. El momento de la caída de un ídolo es el momento común a todos, toca íntimamente porque recuerda nuestra segura partida, abre una herida que puede cerrarse con el paso de los días y que con suerte permite alojar al que se fue en los tiernos pliegues de la memoria, repitiendo sin demasiada pena las canciones que cantó en sus tiempos de gloria escénica.
Por supuesto, tras de su muerte –previsible por su enfermedad, inesperada por el modo en que aconteció– el destino velatorio de su cuerpo fue motivo de disputa; era, de algún modo, un tótem y cada quien quiso apropiarse mágicamente de sus virtudes. El peronismo logró hacerlo de manera bastante sosegada, y hasta pareció que la ceremonia del despido obró a modo de comunión entre algunas de sus partes. Lo curioso, y hasta lo gracioso, fue como la lógica vomitiva que impera desde lo alto del Ejecutivo, siguiendo por sus felpudos en degradé, no pudieron resolver el tema elemental del ámbito apropiado para despedir los restos, y dio risa y asco el despliegue de los Viejos Vizcachas del periodismo oficialista que infectan las pantallas y las radios, esa canalla que se dedicó a escupir la memoria del difunto, buscando la roña que, menos que encontrar, pudieron inventar, y metiéndose hasta con el hijo del muerto y convirtiéndolo en un ñoqui (débil chiste asociativo con los redonditos de ricota, que solo a un cretino como el que lo soltó puede causarle gracia) porque trabaja en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires.
En el siglo XIV el filósofo catalán Raimundo Lulio ideó un método lógico-mecánico que utilizaba diagramas y ruedas giratorias para asignar conceptos fundamentales a los atributos de Dios; esa mecánica era simple, y todas las atribuciones resultaban beneficiosas para el Ser Supremo. Si ahora tuviera que calificar a los ruines que por servir a su amo objetan a uno de los emblemas de la emoción ajena, haría girar esas ruedas buscando los peores adjetivos calificativos, eternamente.