La perversión de las mentiras de Adorni
El vocero que miente sabiendo que sabemos que miente no comunica un dato falso. Propaga un mensaje de poder.
La clave recóndita es la mentira expuesta. La intención del altanero es malvada. Que se note la falsedad, porque la perversión vive en ese mecanismo.
Manuel Adorni fue vocero antes que jefe de Gabinete. Su oficio siempre fue la palabra tutelar, impunemente burlona. Durante dos años administró el relato oficial desde un atril, con la solvencia imperativa de quien acalla la disidencia mediante el sarcasmo o el desprecio.
Anuncia que todo está en orden. Vocifera su inocencia como si fuera una medida de gobierno.
Pero la inocencia no se anuncia. Se demuestra o se presume. El funcionario denuncia al Estado como una máquina de robar mientras multiplica su patrimonio desde la función pública, aunque él lo niegue, bajo la coartada de dineros en negro acumulados enigmáticamente antes de su funcionariado.
El objetivo no es la argumentación anclada en los hechos, sino el exhibicionismo de la impunidad.
De pronto y ya en el poder aparece una solvencia apabullante. Un departamento en Caballito, una casa en un country, refacciones pagadas en efectivo y sin factura. Lo elocuente no es sólo la suma del dinero sin origen legal, sino las escenas que se fueron sucediendo.
Dos jubiladas que vendieron una propiedad y otorgaron una insólita hipoteca sin interés a un comprador que dicen no conocer. Un contratista que cobró cientos de miles de dólares en billetes.
Y cuando se le pide el origen del dinero, aparece un talismán digital, una misteriosa “billetera fría”, un dispositivo que nadie vio y que nada demuestra.
Es la prueba perfecta de la era de la posmoralidad. La prueba que no prueba nada, y que precisamente por eso exhibe poder.
No está ahí para convencer; está ahí para mostrar que convencer ya no es necesario.
Adorni y su caterva de alcahuetes convirtieron la presunción de inocencia, que es un derecho, en una proclamación de inocencia, que es un acto de propaganda.
La absolución deja de ser el punto de llegada de un proceso judicial para volverse un comunicado de prensa.
Un funcionario ya no es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Basta con que se declare inocente desde el atril. Se anuncia a sí mismo. Se autoabsuelve.
Ningún anuncio clausura la causa por enriquecimiento ilícito que tramita en Comodoro Py.
Los atriles y los pedestales altaneros no absuelven; los micrófonos no sobreseen.
La proclamación no compra impunidad jurídica; diseña el escenario para exhibirla.
No se trata ahora de violar la norma a escondidas al viejo estilo de la corrupción vergonzante, sino de exhibir la maniobra a plena luz, con la certeza de que la exhibición misma es el mensaje.
El poder ya no necesita ocultar sino mostrar que no tiene la obligación de hacerlo.
Por eso la mentira del poderoso (efímero poderoso en éste caso) tiene características singulares. El mentiroso común quiere ser creído; el del poder quiere ser obedecido. Cuando Adorni presenta, tras noventa días de postergaciones, una declaración jurada que desmiente todo lo que él mismo juró ante el Congreso, no intenta convencer a nadie. Está midiendo cuánta inverosimilitud tolera el sistema. Testea los límites de nuestra capacidad de indignación.
La filosofía política y el derecho conocen esta figura desde la antigüedad. Nadie puede ser juez de su propia causa. El acusado que se erige en tribunal de sí mismo no imparte justicia.
Ese autoeticismo no es una mera defensa jurídica; es una doctrina de la superioridad moral autopercibida. En el universo de Adorni, la pertenencia a la monserga verbal opera como un bautismo purificador. Así queda, por definición, libre de pecado, mientras que el resto de los mortales habita una sospecha perpetua. Es la beatificación laica a través del micrófono. Al privatizar la ética y decretar su propia transparencia mediante el sarcasmo, el funcionario no solo elude las explicaciones patrimoniales. Lo que realmente hace es dinamitar el pacto democrático de la rendición de cuentas.
Nos impone el espectáculo de su opulencia inexplicable como un ejercicio de domesticación social.
Mientras el origen de su fortuna siga en la sombra, la inocencia de Adorni no será jurídica. Será apenas un anuncio. Otro más.
Declaraciones juradas yuxtapuestas, anuncios vacíos pero replicados robóticamente por los obsecuentes que nunca faltan.
Es un efecto de la colonización de las palabras vacías, de los significantes sin significados. De la charlatanería histriónicamente desganada, pero intensamente cínica.
Es curioso el procedimiento, y a la vez rigurosamente reiterado. Alguien dice de sí mismo que es bueno y lo reitera. Y esa redundancia concibe su redención. Es la desvergonzada declaración de la propia virtud moral, que no borra la inmoralidad real.
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