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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

El hombre que ha de romperlo todo

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Vivimos en una incertidumbre sin nombre, aunque ahora tenga un único nombre mundial, Trump. Donald Trump. Interviene en la historia, o más bien él se cree ser la historia. Pero llegará un día en que nos preguntaremos, se preguntará el periodismo, se preguntará el futuro, cómo fue posible aquel hombre, cómo siguió en la historia tanto tiempo.

Cómo hizo para ser el capitán del mundo entero (para intentarlo al menos) sin que de arriba, o de cualquier parte, los que tenían que haberlo visto le avisaran de que no era ya su tiempo. Ya su tiempo es demasiado. Tanto tiempo anunciando que el mundo era suyo. Lo perderá.

Hasta cuándo, Donald Trump, abusará de la paciencia del mundo. Cuándo sabrá qué es la pobreza, dónde reside el alma de los hombres y de las mujeres. Cuándo le llegará la noticia de su caída, y qué sentirá que es perder. Cuándo sabrá que nadie le sigue, cómo se diluirá en el tiempo, en qué momento pedirá socorro.

Cree que los seres humanos le van diciendo cada noche y cada día que es el mejor y que por eso está dispuesto a hacer del mundo un espejo que incluye la inmensidad de su propia historia. Quién se creerá que es. Cuál es el límite de su pasión personal por verse colocado en la parte más alta de su ambición. De pronto, es este ciudadano que se despierta y se encuentra que ya está haciendo el bien como si lo que de veras está mostrando es el mal que lo empuja desde el otro lado de su historia.

Se ha hecho mandatario principal del mundo entero, y cree que lo miran desde abajo para verle subir a sus cielos. Pero estos, los cielos, están rotos; le explican, desde muchos países, que es el mejor, y se lo cree para generar, en su propio país, la sensación de que es invencible.

Y no es sino este que se acaba de levantar de la cama y le duelen los pies y no tiene alegría. Un día fueron a verle una ristra enorme de seguidores que venían a rendirle el homenaje de Dios. Pero salió de ese momento como quien llegó a creer que despertar es también resucitar feliz como los niños muertos. Pero ya no ha de resucitar Donald Trump, ahora está más cerca de su país y éste le va a explicar, antes de que su mundo acabe, que casi todo lo que parece oro es puro camino hacia la nada.

Desde el mundo que habita le siguen mirando sus padres, los amigos que no le quisieron tener, los que le ayudaron a ser y luego se encontraron en la calle, lanzados por él a la nada, siendo él, probablemente, aquel que volverá a la nada cuando ya no haya más remedio que acabar con el tiempo que se regaló a si mismo.

Trump, es Trump. Lo veremos ser Trump todavía, pero habrá un día en que lo romperá su país, Estados Unidos. Parecerá ser sagrado, él mismo debe sentirse así: incólume, pero un día será el periodismo, como le pasó a Nixon, el que vendrá a decirle que se le acabó el tiempo, que ya no es hora de exorcismos. El periodismo le dirá adiós a Trump, y éste se dará cuenta, cuando ya no haya en sus vestigios ni parte de lo que un día fue aquel.

Serán los periodistas que este hombre ahora ha echado de su lado, a los que desprecia y a los que quiere hundir, los que le lleven a las afueras de su casa para mostrarle lo que él quiso que fueran sus glorias. Sólo dos días después de ganar dos Emmy, todo el equipo del veterano programa 60 Minutos de la CBS había sido despedido sin ninguna explicación.

“Viajamos juntos, comemos juntos, entramos literalmente en combate juntos. Mi antiguo jefe y productor, Bill Owens, me salvó la vida en un tiroteo en Irak. Así que estos lazos son muy fuertes, y cuando alguien elimina, destroza, a un gran número de miembros de tu familia, la gente siente una desesperada necesidad de una explicación que nunca llega”. Son las declaraciones de Scott Pelley, periodista y presentador de 60 Minutos, al que el presidente de Estados Unidos ha acusado de no amar a su país.

“¿Qué no me importa el país? Nunca he llevado uniforme pero he estado en combate en Afganistán, Irak y Kuwait. Me han disparado, he pasado noches en trincheras. No sé si el presidente ha hecho algo parecido. Uno se hace periodista porque cree en la libertad de prensa y en su país. Esa acusación no la acepto. No hay democracia sin periodismo”. La periodista que lo entrevista señala: ”Se emociona”. Se emociona, yo me emociono, el periodismo es una emoción sin frontera.

Todavía Trump convoca a periodistas y los lanza a la calle o a su modo de cárcel de donde terminan saliendo en medio de un estupor que se parece al miedo. Es el presidente, lleva consigo su modo de serlo; parece serio y circunspecto, pero de cerca, cuando ya ha dibujado lo que quiere que sea su risa, regresará al avión que lo acompaña como si hubiera hecho una obra de arte cuando, en realidad, habrá roto ya los cristales de su país mil veces.

Es el dueño posible del mundo; rompe las esperanzas de los países que tiene lejos y abomina de los que tiene cerca. Los obliga a pagar más por cualquier cosa, y cuando no recibe de los demás el parabién destruye al que no le hace caso, lo humilla, lo lanza lejos de la posibilidad que tienen los ciudadanos de decir que no.

En un tiempo no lejano mandó matar a ciudadanos que tan solo protestaban en la calle, o se refugiaban de lo peor de sus diatribas para sentir que eran humanos, con derechos. Esos derechos fueron eliminados, algunos de los que sufrieron sus castigos son ahora parte de quienes ya no pueden contarlo.

Su relación con el periodismo, cualquier periodismo, el que se vive en su enorme país y el que se trata de hacer en el extranjero, lo ha convertido en una amenaza para la sociedad de las naciones. Europa está callada desde que un día Trump se llevó consigo a sus principales prebostes e hizo añicos a cada uno de ellos, a los que humilló y a los que lanzó lejos de su poder o de su gloria.

Hizo de Venezuela un cucurucho y ahora hunde para siempre a Cuba, y deja a un lado a los que quedan de los vestigios de la patria de Sergio Ramírez para ponerla a disposición de la destrucción y de la burla. Muchos mandatarios de países distintos (también de la Argentina) le bailan el agua y le ríen las gracias como si él estuviera al cargo de todo y todo le importara nada.

La lista de las maldades que ha sufrido el universo desde que éste tiene uso de razón es impresionante. Pero ahora, cuando reina Trump, todo lo que sucede puede ser peor aun, porque peor tiende a convertirse en una advertencia sin fin de la que despertamos (cada uno en su hemisferio) con la sensación de que ya no es suficiente esperar al fin del mundo pues este parece un juguete en las manos del que ya diseñó las leyes del futuro imperfecto.

Juan Cruz

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