Las última horas de Jorge Luis Borges
Era la mañana del 14 de Junio de 1986. Borges había entrado en coma varias horas antes. María Kodama le tenía una mano y en ese gesto se intercambiaban con Héctor Bianciotti .
Borges se había ido a Ginebra cuando supo que su enfermedad era irreversible: cáncer hepático. Amaba Suiza, porque según me decía María, era un país sin ejército, con un presidente que nadie sabía quién era, donde conviven idiomas y religiones muy distintos y porque le recordaba su adolescencia, muy dichosa, allí. “El detestaba los nacionalismos – me aclaró María- y un país así era un poco su ideal”.
Le molestaba cómo era tratada la muerte de la gente conocida aquí, ese culto tanático, sobre todo por lo que había pasado con Ricardo Balbín. Y sin mencionar a otros personajes famosos de la vida nacional. Le pidió a María viajar de inmediato: “María, seguramente usted no querrá ver mi agonía empapelando las calles de Buenos Aires. Y eso sucederá si me quedo a morir aquí”.
Fue por eso que cambió su plan de ser enterrado en la Recoleta, como figura en algunos de sus textos.
En Ginebra, casi todo el tiempo tuvo que pasarlo en el Hospital Universitario Cantonal. A pesar de su agnosticismo, ante la sutil pregunta de María, manifestó querer que en su ocaso, estuviesen dos curas: uno protestante (por su abuela inglesa) y otro católico ( por su madre, que había sido muy religiosa).Lo cual sucedió así.
Héctor Bianciotti ( otro gran escritor argentino, Miembro de la Academia de Letras de Francia) que se ocupaba de su obra en Gallimard desde hacía años, iba y venía de París a Ginebra, constantemente. Lo acompañó a Borges muchos días y también en los momentos finales y relató en varias ocasiones esta historia.
Una vez, Borges le había confesado a Octavio Paz que hubiera deseado terminar su vida en Japón, pero que no hablaba japonés y que por eso no lo haría. Soñó entonces con morir en la casa donde había vivido con sus padres en Ginebra, durante su adolescencia.
Esa casa ya no existía en 1986, pero María encontró un departamento muy cerca, en el barrio viejo. En un viaje que yo misma hice a Ginebra para visitar su tumba y dejarle una flor en el Cimetière des Rois, pasé por el edificio en cuestión y vi la placa que lo recuerda.
El final suizo de Borges no fue nada patético. Todo lo contrario. Bianciotti cuenta que trabajó hasta el último momento y que, incluso, terminó un prólogo para la Pléyade veinte días antes de su “entrada en el Gran Mar”.
La personalidad que también lo visitó dos semanas antes, en el hospital, fue Marguerite Yourcenar, la gran escritora belga que vivía en la isla de Maine, USA. Con Borges se habían conocido antes y habían congeniado mucho. Se pasó toda una tarde en el hospital, conversando, y Borges le dio la llave del departamento que María había conseguido y que aún no habían estrenado, para que ella fuera a verlo y se lo describiera después. “Quiero verlo con sus palabras, Marguerite”-le susurró. María me relató que tomó el té con ella después y yo leí maravillas que Yourcenar publicara sobre María.
En cuanto al departamento, ella fue a verlo y le contó luego a Bianciotti : “ El departamento era muy agradable, con muros de madera. Se lo describí a Borges. Estaba muy contento al escucharlo, pero yo me callé un detalle bastante importante: cuando uno abría la puerta de entrada, había toda una pared de espejos. No le comenté nada por el terror que Borges le tenía a los espejos”.
Parece que el día que lo trasladaron por fin del hospital al departamento, una vez adentro, él se puso eufórico. Un médico le dijo a Bianciotti que nunca lo había visto tan exultante, que Borges “entró en coma por felicidad, por una felicidad excesiva”.
Qué paradoja. Fue ese mismo día que María lo llamó a Héctor a París y le dijo: “Borges entró en coma”. Era un jueves. Lo tuvieron que llevar nuevamente al hospital. Bianciotti regresó de nuevo a Ginebra y la acompañó a María en la agonía de Borges, desde el viernes 13 a las 8 de la noche hasta el Sábado 14, a las 7 menos 17 de la mañana, cuando dio su último suspiro.
Todo esta parte de la historia se la contó Héctor a Rodolfo Braceli que lo narra en el último tramo de su notable libro “Borges-Bioy, Confesiones, confesiones”(1997).
Lo que siguió, ya lo sabemos. El entierro en el Cementerio Pleinpalais con la presencia de unas 50 personas, entre ellas: Marcos Aguinis, Aurora Bernárdez, Jean-Pierre Bernès de Gallimard, el embajador Tettamanti, Bianciotti. María, toda de blanco, estaba destrozada; aún no podía metabolizar su situación de viuda de Borges y de heredera universal. Y lo que hubo luego, fue toda una época de amores y odio y juicios y fervores. Mi amistad de 38 años con ella me impide dar una versión objetiva, pero algún día contaré ( o no) su propia y muy distinta agonía.
Estuve muy reticente de escribir este texto para una página de Opinión dedicada sobre todo a la política y a la tremenda situación que viven actualmente la Argentina y el mundo: violencia, beligerancia, racismo, locura, una pobreza creciente, una crisis que no cesa.
Pero creo que a 40 años de la partida del más grande escritor que tuvo el país y acaso el mundo entero en el siglo XX, sentí que tenía que contar un final que, tal vez, pocos conocen. Y que lo acrecienta aún más en su estoica aceptación de la enfermedad, de la muerte, en la convicción por sus ideas (que resultaron siempre tan polémicas) y por su indiscutible coherencia. QEPD .
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