No se trata de la Inteligencia Artificial: se trata del hombre
“Los rabinos deberíamos escribir tratados teológicos de esa densidad”, me dijo un colega mientras conversábamos acerca de la encíclica papal de León XIV, Magnifica humanitas. “Con suerte”, le contesté sin ánimos de ironía, “nos da para escribir un sermón cada semana”. Hijos de una época regida por el mercado, los rabinos –y acaso todos los que se dicen líderes espirituales— nos hemos convertido en meros administradores de nuestras casas de culto. Las problemáticas acuciantes para nuestra sociedad, y para nuestras comunidades, se nos pasan por alto. O acaso preferimos omitirlas, no sea cosa que se nos enoje la clientela: quizás a don Isaac le ofenda lo que pienso; la señora Frume seguramente no verá con buenos ojos lo que voy a decir desde el púlpito.
Sin ser un díscolo ni un iconoclasta, el Sumo Pontífice llama en su epístola al salvaguardo de la dignidad del hombre ante el avance arrollador de la máquina y de la Inteligencia Artificial. Sus reflexiones suscitan interrogantes profundos acerca de la colonización de la vida humana por los imperativos de la tecnología y por los intereses de las manos privadas que la dominan.
Pero, mientras nos rasgamos las vestiduras ante la conmoción colectiva que traerá aparejada la enésima revolución industrial en la vida del hombre, el tejido interno de nuestras sociedades es socavado por una fuerza atávica, menos novedosa aunque más perdurable que cualquier avance técnico: la violencia y brutalidad propiamente humanas.
Yuval Noah Harari lo formula en términos más simples y acaso más claros: “Lo riesgoso no es la Inteligencia Artificial sino la estupidez humana”. La observación del intelectual israelí tiene asidero y resulta cierta a los ojos de quienes alguna vez hayan indagado, siquiera vagamente, en los anales de la historia universal. El mayor peligro para el hombre es, ha sido, y siempre será: el hombre.
El genio bíblico lo comprendió hace más de dos mil años. Caín, el primer fratricida y tal vez el arquetipo del homicida en nuestro imaginario colectivo, no necesitó de ningún artefacto para truncar la vida de su hermano. Le bastaron –en una lectura literalista del mito hebreo— su encono y sus manos para hacerlo. Recién años después nacerá un personaje con un nombre deliberadamente similar al de aquél: Tuval Caín, el padre de la técnica o –en términos que podemos tomar prestados del pensamiento de Hanna Arendt— el primer homo faber.
En sus manos se fraguarán los primeros instrumentos utilizados por la humanidad: el cincel, quizás una maza y un martillo; de su simiente descenderán los constructores de la torre de Babel, motivo al que alude el Papa en su encíclica como paradigma de una construcción que privilegia lo instrumental sobre la estatura humana.
Una antigua homilía rabínica refrenda lo anotado por León XIV. Cuando un obrero caía desde la cima de la imponente torre, nadie reparaba en él. Sin embargo, cuando un ladrillo se precipitaba desde lo alto y se estrellaba contra el suelo, los hombres clamaban amargamente: ¡Allí se va la obra de nuestras manos! ¡Cuán costoso será reponerlo!
Y, con todo, a menos que me falle la memoria, no recuerdo ningún caso en la historia en la que un instrumento, ya sea un ladrillo o una máquina, haya herido o dado muerte –cual gólem— a un humano de manera deliberada. Las armas siguen siendo accionadas por hombres, estén estos empuñándolas o bien se hallen parapetados tras la seguridad de un control remoto. Son ellos quienes dan la orden para que los misiles y las bombas sean arrojados sobre campo enemigo, sobre niños y adultos por igual. Son ellos quienes violan, vejan y matan.
Mientras continuamos preocupados por el ímpetu avasallante de las nuevas tecnologías de la información, una nena es violada en Córdoba, un presunto referente de la colectividad judía ortodoxa es imputado por pederastia y los proyectiles vuelven a surcar los cielos de Medio Oriente.
Los rabinos, clérigos y líderes espirituales de todo tipo, no nos manifestamos públicamente al respecto: al igual que el grueso de la sociedad, sólo prestamos oído a las vacuidades que el mundo moderno pregona a través de nuestros dispositivos móviles. Bajo el fragor de las pantallas y toda su bagatela, operada desde las nuevas torres de Babel en los Silicon Valley del orbe entero, desviamos nuestra atención de los lamentos de los vulnerados y olvidamos a quienes han sido ultrajados por la desidia del hombre.
Algún día, en un fugaz rapto de misericordia, elevaremos una plegaria al Dios que oyó la sangre de Abel clamar desde las entrañas de la tierra, con el anhelo de que los miembros de nuestras congregaciones, y nuestros propios hijos, no se cuenten entre las víctimas de la violencia humana en ninguna de sus formas.
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