La estabilización nominal avanza, pero la economía real espera
El Banco Central de la República Argentina retomó en mayo la publicación de su Informe de Política Monetaria correspondiente al primer trimestre de 2026, un documento que funciona simultáneamente como diagnóstico del programa económico en curso y como señal prospectiva sobre los principales frentes que la conducción monetaria considera prioritarios. La lectura del informe en su conjunto deja una conclusión de doble registro. La etapa más crítica de la estabilización parece haber quedado atrás en términos nominales, pero la economía real acumula rezagos que el propio informe reconoce con una franqueza poco habitual en documentos oficiales de esta naturaleza.
El frente inflacionario mostró en abril su primera señal genuina de alivio en varios meses. El Índice de Precios al Consumidor registró una suba del 2,6%, la primera lectura mensual inferior a la del mes previo desde hace nueve meses, cuando el pico de marzo había alcanzado el 3,4%. La moderación tuvo un motor preciso. Las carnes y derivados, que entre noviembre y marzo habían promediado alzas del 6,4% mensual, prácticamente no aumentaron en abril, con deflación en algunos cortes populares. Eso explicó que los alimentos y bebidas en su conjunto subieran apenas 1,5% en el mes, muy por debajo del índice general. Los bienes transables reforzaron ese alivio. El calzado subió solo 0,5% en el Gran Buenos Aires, los automóviles bajaron 0,4% y la indumentaria, si bien tuvo ajuste estacional, viene corriendo por debajo del IPC en el último año. A ese cuadro se sumó la decisión de la principal refinadora del país de incrementar los combustibles apenas un 1% y volver a la pausa de 45 días, en un contexto donde el Brent ronda los USD 105 por barril y los expertos estiman que los precios locales acumulan un atraso del 15% respecto de los valores internacionales. Esa postergación del ajuste real en los surtidores opera como un alivio transitorio para el índice de mayo y junio, pero traslada hacia adelante una corrección que en algún momento el mercado energético va a reclamar.
Del lado que presiona en sentido contrario, los precios regulados continuaron avanzando al 4% o 5% mensual, impulsados por los ajustes en servicios públicos que el programa sostiene como parte del proceso de normalización tarifaria. Los servicios privados, que se indexan con referencia a la inflación pasada, también mantienen su inercia. Ese componente es el que más resistencia opone al proceso desinflacionario porque responde a contratos y acuerdos sectoriales cuya revisión es gradual y no inmediata. Para llegar al 30% anual en diciembre, el ritmo mensual promedio desde mayo en adelante debería descender a 1,9%, lo que implica perforar de manera sostenida el piso de 2,5% alrededor del cual la inflación núcleo ha oscilado durante todo el primer cuatrimestre. Esa desaceleración adicional es plausible, pero depende de que los factores que la impulsaron no reviertan y de que el componente de combustibles no presente nuevas sorpresas en los próximos meses.
El capítulo salarial del informe del BCRA es el más incómodo del documento. Entre agosto de 2025 y marzo de 2026, los salarios acumularon una suba del 13,8%, mientras que la inflación general avanzó un 20,5% en el mismo período. Esa brecha de casi 7 puntos porcentuales implica una caída significativa del poder adquisitivo real de los trabajadores que, al mismo tiempo, funciona como uno de los mecanismos que más contribuye a moderar la dinámica de precios. Los ingresos por debajo de la inflación comprimen la demanda de consumo y reducen la capacidad de las empresas de trasladar costos a precios. En ese sentido, el rezago salarial es a la vez un factor del éxito parcial del proceso desinflacionario y su costo social más directo. El informe sugiere que la recuperación del poder adquisitivo comenzará a percibirse con mayor claridad a medida que la inflación continúe desacelerando, pero ese proceso será necesariamente gradual y no compensará en el corto plazo lo acumulado desde agosto.
La Fase 4 del programa de estabilización monetaria trajo un cambio conceptual de relevancia. El Banco Central adoptó el control de agregados monetarios como ancla nominal, desplazando la tasa de interés del rol de instrumento principal que había tenido hasta ese momento. Bajo el nuevo esquema, la tasa puede variar pero sin los saltos abruptos que caracterizaron la gestión monetaria del segundo semestre de 2025. Esa moderación en la volatilidad de la tasa es un requisito necesario para que el crédito privado retome una senda de expansión sostenida, después de un ciclo de tasas reales muy elevadas que llevó la morosidad de las familias al 11,5% en marzo, el nivel más alto desde la salida de la convertibilidad. Ese dato ilustra con precisión uno de los costos colaterales del apretón monetario: las familias endeudadas en un contexto de tasas altas e ingresos reales en caída acumularon dificultades de repago que todavía no se han resuelto.
En el frente financiero, el informe muestra avances concretos. Las reservas internacionales crecieron impulsadas por una convergencia de fuentes (préstamos al sector privado, colocaciones de obligaciones negociables corporativas, inversión extranjera directa y emisiones de deuda soberana). El propio informe señala que cerca de USD 3.300 millones de colocaciones corporativas todavía no se liquidaron, lo que representa un flujo adicional de divisas que ingresará en los próximos meses y fortalece la posición del Banco Central. La dolarización de ahorros por parte de personas físicas presentó una caída significativa respecto de los picos registrados durante la campaña electoral de 2025. Entre abril y noviembre de ese año el promedio mensual había alcanzado los USD 2.500 millones. Inmediatamente después de los comicios de octubre, la dolarización cayó a solo USD 200 millones en noviembre, pero entre diciembre y marzo volvió a rondar los USD 1.000 millones mensuales y en abril escaló a USD 1.500 millones, de los cuales aproximadamente USD 1.000 millones permanecieron en el sistema bancario y USD 500 millones salieron hacia el efectivo. Esa tendencia al alza en la demanda de divisas por parte de los ahorristas, en un contexto de tipos de cambio convergentes y baja brecha, es una de las variables que el programa monitorea con mayor atención de cara a los próximos meses.
El cuadro monetario agrega una dimensión que el programa reconoce explícitamente como prioritaria. El Banco Central lleva comprados cerca de USD 8.000 millones en lo que va del año, pero la emisión de pesos asociada a esas compras fue compensada por dos mecanismos simultáneos. La venta de pesos contra dólares del Tesoro al BCRA para el pago de obligaciones en moneda extranjera, y el rollover sistemáticamente superior al 100% en las licitaciones de deuda en pesos. El resultado es que la base monetaria no creció en lo que va del año, lo que implica que la remonetización que la economía necesita para dinamizar el crédito y la actividad continúa postergada. La prioridad oficial es clara y se reitera públicamente. El sesgo contractivo se mantendrá mientras la inflación no comience con cero o no se alinee con la inflación internacional. Esa es la jerarquía de objetivos del programa, aun cuando implique sostener una recuperación del empleo y la actividad más lenta de lo que los sectores más afectados requerirían.
El frente real es donde el informe del BCRA despliega su diagnóstico más crudo. la tasa de desocupación subió al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, contra el 6,4% del mismo período de un año antes. Ese deterioro obedece principalmente a la caída del empleo asalariado formal en los sectores que más mano de obra absorben (industria, comercio y construcción). Los datos sectoriales del EMAE correspondientes al primer bimestre de 2026 confirman esa fragmentación con nitidez. El agro creció un 17,5% interanual, la minería un 10,1% y la intermediación financiera un 6,6%. Del otro lado, la industria cayó un 5,7%, el comercio un 5,2%, electricidad gas y agua un 4,4% y la administración pública un 1,5%. El crecimiento se concentra en sectores capital-intensivos con bajo impacto sobre el empleo masivo, mientras la economía urbana que más población activa absorbe permanece rezagada. Lo que más crece en el mercado laboral es el empleo no asalariado (monotributo, cuentapropismo y trabajo informal). Es una señal de que la mejora macroeconómica todavía no se irradia de manera pareja hacia el conjunto del mercado de trabajo.
El panorama que emerge del informe del BCRA es el de un programa que ha logrado estabilizar sus variables nominales con más solidez de la que muchos anticipaban, pero que todavía no encontró el mecanismo para que esa estabilización se transmita con suficiente fuerza al ingreso real de los trabajadores, al empleo formal y a la actividad de los sectores que más pesan en el bienestar cotidiano. La inflación cede, la dolarización bajó respecto de los picos de la corrida y el Tesoro se financia sin tensiones tanto en pesos como en dólares. Pero los salarios acumulan una pérdida real de casi 7 puntos desde agosto de 2025, el desempleo subió más de un punto porcentual en un año y los sectores que generan la mayor parte del empleo urbano siguen operando en contracción. Esa brecha entre el éxito nominal y el rezago real es el principal desafío que el programa debe resolver para consolidar la estabilización en términos que la mayoría de la población pueda percibir en su vida diaria.