El drama político que Cristina Kirchner irradia al peronismo
Aún encerrada y con tobillera, la expresidenta mantiene una fuerte influencia interna; el dilema de la sucesión imposible
Cristina Kirchner está encerrada, simbólicamente, desde hace exactamente un año, cuando la Corte Suprema confirmó su condena por la causa Vialidad. Desde el 10 de junio de 2025, la expresidenta perdió terreno como líder del peronismo y también capacidad de representación a título individual, ya que no puede ser candidata. Sin embargo, sigue influyendo en el principal partido de oposición y se mantiene, de acuerdo a las últimas encuestas, en el top 5 de la dirigencia política argentina.
Confirmada la condena en la causa Vialidad, Cristina Kirchner inició su prisión domiciliaria una semana después del pronunciamiento de la Corte, el 17 de junio del año pasado. El departamento de San José 1111 se convirtió en su cárcel y, también, en su búnker partidario. Es que la expresidenta opone una férrea resistencia al destierro. No quiere para ella el destino de Carlos Menem o el de Eduardo Duhalde. Encarna un drama político sin resolución a la vista.
De movida, no aceptó transcurrir la pena en su “lugar en el mundo”, la Patagonia, como le sugerían propios y extraños, para sacarla del court central nacional, que es la ciudad de Buenos Aires. Y ahora, cada vez que sale al balcón, lo festejan sus seguidores, pero también lo padecen sus adversarios de afuera y de adentros. Deja así un mensaje latente: el reordenamiento del peronismo será con ella, o no será. El que afronta ese desafío, más que ningún otro, es Axel Kicillof.
El gobernador de Buenos Aires busca posicionarse como el “candidato natural” del PJ de cara a las elecciones de 2027. Pero encuentra un escollo por ahora insalvable: todos los estudios cuantitativos y cualitativos reflejan que su potencial electorado está “empardado” con el de la expresidenta. “Se solapan en más del 95%”, explicó un encuestador consultado con frecuencia en el peronismo. Por eso Kicillof no puede romper abiertamente con su mentora.
De hecho, una encuesta reservada que circula entre La Plata y Buenos Aires otorga al gobernador un 31% de intención de voto para presidente, pero si Cristina amadrinara a otro postulante, Kicillof perdería por el camino al menos 17 puntos porcentuales, más de la mitad de su caudal. Ese es, justamente, el poder de daño que conserva la presidenta del PJ, pese a su encierro en San José 1111. En los últimos dos meses, además, bajó su elevada imagen negativa.
De acuerdo a los especialistas, ese fenómeno se registra a la par de la caída en el apoyo al presidente Javier Milei. Aunque en su propia tribu le cuestionan a Cristina la pelea constante con Kicillof -que se puso en pausa para organizar la despedida del Indio Solari- y los intendentes que ya no comulgan con su liderazgo. En las “nubes de palabras” que se arman en los focus group con opiniones kirchneristas, la expresidenta ya no es descripta como una “estadista”.
Tal vez por eso se reactivó la campaña “Cristina libre”, con actividades cotidianas de la militancia bajo el departamento de Constitución, y se espaciaron notablemente los mensajes de la expresidenta en las redes sociales. Las limitaciones que impone la prisión domiciliaria a su conducción política desgastaron a la jefa del PJ, que no se fía de las conversaciones telefónicas y prefiere las charlas mano a mano, pero lidia con restricciones judiciales.
Las reglas que le fijó la Justicia desde noviembre pasado, cuando endureció las condiciones de detención, son claras: puede recibir visitas por afuera de la lista autorizada –la que integran sus hijos, un secretario, sus abogados y un médico- solo dos veces por semana, dos horas como máximo en cada oportunidad, y con un tope de tres personas por encuentro. “La señora está presa y es perseguida”, afirmaron en su entorno, ante una consulta de LA NACION.
Aun así, la expresidenta controla el PJ nacional, pese a no poder asistir a las reuniones de manera presencial. Y retiene diversos estamentos de poder, en los que se verifica que su influencia cayó, pero al mismo tiempo se consolidó en un tercio del peronismo:
Pese a que en los últimos meses restringió sus encuentros políticos, Cristina Kirchner tuvo en 2025 medio año de mucha actividad en San José 1111. Allí recibió a presidentes y expresidentes extranjeros, como Lula Da Silva (Brasil) y Ernesto Samper (Colombia); a nuevos aliados peronistas como Juan Manuel Urtubey y a dirigentes que buscan volver al partido, como Miguel Pichetto; también a gobernadores como Kicillof y el riojano Quintela, entre otros.
Además pasaron por el departamento de Cristina Kirchner el célebre cantante cubano Silvio Rodríguez; la titular de Abuelas, Estela de Carlotto; el liberal Carlos Maslatón y la referente de la izquierda Myriam Bregman. Pero la expresidenta sigue esperando una visita que se considera clave para el futuro del peronismo: la de Kicillof. “Axel es de las pocas personas con las que siempre tuvo bien diálogo, si hasta le decía Axelito”, deslizaron en La Cámpora.
Desde allí sumaron: “Él tiene que dar el puntapié inicial para ir a verla”. Entre los dirigentes que se mantienen fieles a Cristina, pese a que ya transcurrió un año de la condena y tuvieron escaso contacto con ella, destacan que su nombre aparece entre los políticos más valorados del país –junto a Milei, Patricia Bullrich, Kicillof y Bregman- y se quejan del trato que le dispensa la Justicia: “La tobillera, a ella, como ser humano, la denigra”, enfatizan.
En un informe reciente, el kirchnerismo sostuvo que “más de la mitad de las personas detenidas por delitos de lesa humanidad en nuestro país no utilizan tobillera electrónica y reciben visitas sin restricciones en sus domicilios”, lo que comparan con la actualidad más restringida de Cristina. Por eso harán hoy un “abrazo simbólico” a San José 1111 y el 20 de junio convocan a un acto en Parque Lezama, donde el principal orador podría ser Máximo Kirchner.
El hijo de la expresidenta y Kicillof representan, a su pesar, el dilema de la sucesión imposible. El diputado podría ser el más nítido representante del espacio en caso de romper lanzas con el axelismo, pero no sería un postulante competitivo. A su vez, el gobernador se enfrenta al fantasma de Alberto Fernández y se expone a una desautorización probadamente dañina. El futuro del principal partido de oposición depende, paradójicamente, de alguien que no puede decidir el suyo con libertad.
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