Indio Solari: apropiación indebida de los mitos y de las causas nobles
En el Día del Periodista y, al mismo tiempo, el multitudinario adiós definitivo de “El Indio” Solari, un ídolo de la música que pasó a la categoría de mito, me voy a permitir abordar algunos asuntos controvertidos, en primera persona.
Siempre me pareció miserable la apropiación indebida de los mitos y las causas nobles.
Tanto para pararse desde la comodidad de lo masivo, lo nacional y popular, como para ubicarse enfrente, del otro lado de la grieta de la cultura.
Desde una fanática, muy dolida, poniendo a Diego Maradona, Cristina Kirchner y el Indio Solari del mismo lado irreversible de la vida. Como si allí se escondiera toda la verdad. O como si no idolatrarlos te transformase en un criminal. Hasta figuras del mundo del rock, que le achacan a los Redonditos de Ricota el no haberse hecho cargo de la violencia que se generaba alrededor de cada presentación, incluidos los dos muertos en el recital de Olavarría. O la sentencia que sostiene que un líder antisistema no puede vivir cómodo y con sus necesidades básicas satisfechas.
Desde el recuerdo de una cita de Mercedes Sosa, criticando a los Redondos por sus letras y su poesía, hasta quienes usan sus estrofas para aplicarlas a cualquier orden de la vida.
Tampoco me siento cómodo, y menos interpelado, por quienes mezclan la expresión artística con la ideología o el compromiso político.
Quiero decir: a mí nunca me importó demasiado que el Indio se pronunciara abiertamente a favor del kirchnerismo o en contra de los gobiernos o los presidentes no peronistas.
Y tampoco ignoro la importancia y profundidad de su legado artístico, aunque nunca lo tuviera entre mis bandas o mis solistas preferidos.
Pero también tengo claro que tanto el Indio, como muchos otros artistas que se consideran y venden como íconos del “antisistema”, son impulsores y parte de otro gran sistema.
Un sistema hegemónico de creencias que no les permite, a quienes están dentro, salir nunca de la caja. Porque salir de la caja puede implicar que te consideren de derecha, facho, macrista, mileísta o gorila.
Por eso me siento tan identificado con lo que dijeron estos días Gastón Duprat y Mariano Cohn, en su homenaje a Beto Brandoni, cancelado para protagonizar películas entre 2013 y 2015. Y solo porque nunca nadó a favor de la corriente.
Y también por eso me siento, a veces, tan incómodo cada vez que me invitan a una ceremonia de los premios Martín Fierro.
Por eso preferí agradecer a mi familia, a mis amigos y a mis compañeros. Y evitar el “discurso matador”, con la consiguiente baja de línea. Porque para decir lo que pienso, tengo casi 24 horas por semana. Como lo estoy haciendo ahora mismo.
A propósito, por si algún distraído quiere saber lo que pienso sobre las cosas que están pasando ahora mismo, acá van algunos ejemplos:
Pienso que el Gobierno nacional hizo bien en no ofrecer ni la Casa Rosada ni el Congreso para que los seguidores de Solari pudieran despedirse como corresponde. No tenés que ser un especialista en asuntos de seguridad como para prever que era altamente riesgoso.
No pienso que Máximo Kirchner, con quien me separan enormes diferencias, haya hecho mal en haber ido a la casa de la familia de Solari, a pocas horas de su fallecimiento.
Más cuando ahora sabemos que se conocían desde hace tiempo. Y que su hijo Bruno, de 25 años, lo habría llamado para pedirle que lo ayude a decidir cómo y cuándo debería tener lugar el último adiós a su padre.
Lo que sí me parece mal es que fuerzas políticas como La Cámpora traten de meter de prepo sus banderas, como parte de la apropiación indebida de los mitos y las causas nobles que suelen practicar cada vez que se abre una pequeña hendija.
En este contexto, el comunicado de la Academia Nacional de Periodismo, denunciando “el clima de hostigamiento y las groseras descalificaciones que vive la prensa argentina”, tiene sentido. Y habrá que prestarle atención.
Sin embargo, el último párrafo de la misma Academia, exhortando “a los pocos periodistas que tienen acceso constante al Presidente de la Nación a que cuando le hagan un reportaje al mandatario le pregunten por las obsesivas razones de su autoproclamado odio al periodismo. Y que no se conformen con una respuesta ni con una sola pregunta”, me parece un exceso.
No porque sienta que aludieran a mi trabajo. De hecho, he recibido felicitaciones de por lo menos tres de estos firmantes por haber hecho, varias veces, muchísimas preguntas incómodas al Presidente en ejercicio.
Lo que me parece un exceso es andar por la vida con el dedo levantado, decirles a los demás cómo tienen que trabajar, cómo tienen que pensar y cómo tienen que vivir.
Es más: cuando siento esa imposición, por más sutil que parezca, tiendo a salir corriendo para el otro lado.
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