Coleccionistas de emociones en el Parque del Retiro
Cuenta el español Juan Gómez Bárcena que él descubrió lo que vale un autógrafo de escritor recorriendo la librería de segunda mano de un amigo suyo, que vende ejemplares a 2, 3 y 5 euros.
Curioseando anaqueles encontró allí un título de Mario Vargas Llosa entre los que salían 3. “Mira que este está firmado por el Nobel”, advirtió. “¡Qué bien!”, respondió el librero y lo reubicó inmediatamente en el estante de los que vendía a 5 euros.
La anécdota, que el autor de “Abril o nunca” compartió estos días mientras firmaba sus propias novelas y ensayos en la Feria del Libro de Madrid, invita a reflexionar sobre qué motiva a los lectores que soportan largas colas bajo un sol calcinante para tener la ocasión de llevarse un ejemplar con la dedicatoria de su autora o autor favoritos.
El valor no es económico sino afectivo. La sesión supone conocerlos, conversar un ratito con ellos (“este libro me cambió la vida”; “era el preferido de mi madre, ¿podría dedicármelo?”), tomarse una selfi y partir con el volumen en el que sus nombres y la letra manuscrita de los escritores se citan en una fecha y un lugar, que servirán siempre para hacer memoria de ese momento inusual.
“Hay otro autor que se llama igual que yo”, recuerda Fernando Navarro. “Un día me pidieron que firmara uno de sus títulos y aclaré ‘no soy yo, pero te lo firmo sin problema’. Al lector le hizo tanta gracia, que compró también un libro de cuentos mío”, se divierte el autor de "Crisálida".
Los lectores fetichistas no coleccionamos firmas. Atesoramos fulguraciones, destellos: la sensación de que nuestro nombre escrito por quien modeló una historia que nos conmueve hace real la impresión que tuvimos al leerla de que la escribió sólo para nosotros, para contar algo esencial que nos refleja, para ayudarnos a entender el amor o la ira, la desolación, la crueldad o las pérdidas.
En la dedicatoria somos destinatarios únicos de esas palabras y de su emoción en una época de producción en serie, reciclado y reemplazo. Lo entiende cabalmente Gueorgui Gospodínov, el narrador búlgaro que ganó el premio Booker con “Las tempestálidas”, quien para no pifiar (su idioma materno usa caracteres cirílicos) pide que los lectores escriban sus nombres en papelitos.
Al dedicar, el autor de “El jardinero y la muerte” copia las letras como si estuviera dibujando (¿se verá el aura de cada nombre al hacerlo así?) y luego conserva los machetes como souvenirs de sus viajes por el mundo.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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