Una invitación a aprender
¿Para qué mundo estamos educando? Los chicos que se sientan en las pequeñas sillas de primer grado recién egresarán en 2038, pero no sabemos con precisión cómo se verá ese mundo, qué trabajos existirán, qué tecnologías dominarán y qué desafíos deberán resolver. Lo que sí sabemos es que estamos invitados a aprender constantemente. Nos toca gobernar un sistema diseñado en el siglo pasado para un mundo que ya no existe. Realinearlo es una obligación que exige cambios en las estructuras, en los roles, en los hábitos y en la distribución de recursos. Cambios que generan resistencia porque tocan lo establecido. Esa incomodidad no es una señal de error, sino de que algo real está ocurriendo.
En la ciudad de Buenos Aires no miramos para otro lado y decidimos afrontar los desafíos que nos impone el mundo con nuestro plan Buenos Aires Aprende, una política estratégica que pone prioridad y ordena todo el sistema detrás de una sola pregunta: ¿esto mejora el aprendizaje?
El mundo del aprendizaje contemporáneo habla de las cuatro C: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) planteó la pregunta que orienta a los sistemas más avanzados del mundo: ¿cómo preparamos a los estudiantes para resolver desafíos que todavía no podemos imaginar? Su Learning Compass 2030 identifica las competencias que necesitarán para prosperar: agencia, pensamiento crítico, creatividad, bienestar. Pero hay algo que viene antes sin lo cual todo lo demás es pura narrativa, que estructura y da bases sólidas a todo el recorrido de la escolaridad: el aprendizaje fundacional -lectura comprensiva, razonamiento matemático y competencias socioemocionales- es la base de una vida entera de aprendizaje. No son contenidos del pasado, son la condición de posibilidad de cualquier competencia futura. Sin ellos, la inteligencia artificial no amplifica capacidades: las reemplaza. Y eso no es educación, es dependencia.
El mundo del aprendizaje contemporáneo habla de las cuatro C -pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad- habilidades que ninguna automatización puede sustituir y que requieren una base fundacional. Un estudiante que no comprende al leer, que no razona numéricamente y que no expresa lo que piensa, no puede desarrollar un aprendizaje significativo. Estar escolarizado es condición necesaria para el aprendizaje, pero no suficiente. Lo que verdaderamente cambia la vida de las personas y las sociedades es lo que aprenden y cómo lo ponen en práctica.
Las ciudades y países más desarrollados están volviendo a las bases: un aprendizaje en el aula con desafíos complejos de diversidad, tiempos, modos de aprender y necesidades especiales. Ya no existe más el “talle único” en un aula donde todos permanecen sentados horas en silencio, el docente transfiere contenido y todos avanzan al mismo tiempo y con las mismas capacidades. Cada grupo hoy exige aulas que se parezcan más a laboratorios de aprendizaje donde el valor agregado será comprender qué necesita y como aprende cada grupo para que exista el aprendizaje significativo. Esta innovación que ya está sucediendo en nuestra secundaria, amerita una formación docente a la altura de la demanda. La profesión no está exenta del impacto de todos estos cambios. Cada uno en su aula tiene la potencia maravillosa de transformar vidas para siempre. A enseñar se aprende, y también allí estamos poniendo el foco.
Hay un dato estructural que no se puede ignorar: nuestro sistema está en contracción. La tasa de natalidad en la Ciudad de Buenos Aires cayó un 50% en una década: de 42.709 nacimientos en 2014 a 21.366 en 2024. El ausentismo escolar erosiona lo poco que queda del tiempo de aprendizaje disponible y cada vez sobran más sillas en las aulas. Este contexto nos obliga a ser más inteligentes, más precisos y más estratégicos en cada hora de clase. Invertir en aprendizaje fundacional no es solo una prioridad educativa: es un imperativo económico y la inversión más inteligente que se puede hacer en capital humano.
Es exactamente lo que impulsamos con Buenos Aires Aprende. Dos años de trabajo sostenido produjeron mejoras históricas en los indicadores de lengua y matemática; y somos la única jurisdicción de la Argentina que participa en la prueba de competencias socioemocionales de la OCDE porque el bienestar no es un complemento del aprendizaje sino su condición.
No sabemos exactamente cómo se verá el 2038. Pero tenemos una certeza: la capacidad de seguir aprendiendo toda la vida es nuestra mejor inversión y el aporte más valioso que podemos hacerle a la sociedad. Las habilidades fundacionales son la brújula y Buenos Aires Aprende el camino. Y ese futuro empieza hoy en nuestras aulas con lo más valioso que tenemos y la razón de ser de todo sistema educativo: nuestros niños.
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