El gran estafador emocional
Hay una paradoja que los griegos conocían bien y que la política argentina acaba de redescubrir a su manera. Diógenes de Sinope, el filósofo que vivía en un tonel y escupía las convenciones de su época, fundó hace veinticuatro siglos la escuela cínica. Pero el cinismo original no era lo que hoy entendemos por esa palabra. Era exactamente lo contrario: una forma radical de autenticidad. Los cínicos griegos despreciaban la hipocresía social, rechazaban las riquezas, vivían sin apariencias. Eran, en el sentido más literal, genuinos.
El cinismo moderno -el que conocemos, el que padecemos- es la inversión perfecta de aquel. Ya no es el que dice la verdad aunque duela. Es el que miente sabiendo que miente y sonríe mientras lo hace.
Javier Milei llegó a la Presidencia cabalgando sobre algo que en política es extraordinariamente escaso y extraordinariamente poderoso: la genuinidad. No un programa. No una coalición. No una promesa de gestión. Una emoción encarnada sin filtro. La gente no lo votó a pesar del descontrol. Lo votó por el descontrol. Porque en un país donde todos los políticos hablan de la gente mientras le dan la espalda, apareció uno que parecía estar tan furioso como ella. Que no calculaba. Que no medía. Que rompía el libreto en vivo y en directo. Eso tiene un nombre: genuinidad. Una palabra que nadie usa, quizás porque nombra algo que casi nunca existe. Y menos en la política.
Porque gobernar cambia a las personas. O las revela. Y lo que el sillón de Rivadavia reveló de Milei es algo que sus votantes más fieles todavía no terminan de procesar. Pero que en realidad no debería sorprender a nadie que haya seguido su biografía con atención.
Milei es economista. Y a diferencia de sus colegas que ejercen con independencia -asesorando empresas, cobrando por sus ideas, sin el jefe típico de una profesión liberal- él eligió otra cosa.
Durante casi veinte años prefirió el sueldo, el aguinaldo y las vacaciones pagas. Eligió ser empleado. De un solo jefe. Eduardo Eurnekian, el dueño de Aeropuertos Argentina 2000, entre muchos otros negocios. Todo el que haya trabajado en una empresa sabe lo que eso implica: además de trabajar, hay que aprender a tragarse sapos. A bajar la cabeza cuando toca. A comerse, como se dice en el barrio, lo que haya que comerse. Milei aprendió. Durante dos décadas. Con el mismo jefe.
Eso forma carácter. O lo deforma. Porque alguien que incorporó ese reflejo durante veinte años no llega al poder sin él. Lo que el sillón de Rivadavia no le enseñó, ya lo sabía.
Por eso lo que ocurrió esta semana no debería leerse como cobardía. Milei y Bullrich se reunieron a solas. Sin testigos, sin mesa política, sin galería. Y Patricia Bullrich lo interrumpió y le dijo con toda claridad: “Yo no voy a acompañar la posición del Gobierno”.
Estaba hablando como todos saben del pliego de la jueza María Verónica Michelli, cuñada del periodista Alconada Mon, que los hermanos Milei habían ordenado retirar del Senado.
Con el cuchillo entre los dientes, Bullrich hizo una pausa. Y lanzó el misil: “Tenés a disposición mi renuncia al bloque del Senado”. Milei siguió hablando. Como si no hubiera escuchado. Bullrich tuvo que repetirlo. Milei volvió a hablar de otra cosa. Fingió sordera dos veces seguidas. A solas. Sin nadie mirando.
El mismo que se animó a insultar a medio mundo en campaña. El mismo que se comparó con Moisés cruzando el Mar Rojo. Ese mismo se aguantó las ganas de putearla, y la ignoró como si no estuviera pasando nada.
La mayoría de los analistas vieron falta de liderazgo en ese no gesto. Pero leer en ese silencio cobardía es un error de diagnóstico. Milei sufre el ninguneo intelectual que sufrieron inexorable e históricamente todos los Presidentes argentinos.
Pero Javo sabe que no es momento de perder una “aliada” y sabe que Bullrich anhela su lugar. Milei no tiene un pelo de tonto.
Lo que Milei hizo fue puro cinismo estratégico. Instinto de preservación incorporado después de veinte años de práctica. Bullrich mide más que él en todas las encuestas. Soltarla es más peligroso que aguantarla. Y jamás le daría semejante excusa. En todo caso, si se va que pague el precio de la traición.
Los dos están hoy con el cuchillo entre los dientes, esperando que la economía defina quién termina hundiendo al otro.
Porque Bullrich tampoco es inocente en este juego. Ella le dijo a Jorge Macri que no quiere la Ciudad. No tiene 50 años de política para terminar preocupada por los baches. La elección de 2027, dice entre sus íntimos, es su última oportunidad. Con Milei ya lleva diecisiete jefes. Desde Firmenich y Galimberti, los jefes montoneros, para acá, según la cuenta del Turco Asís. Hablar de objeción de conciencia en boca de Patricia Bullrich es, en el mejor de los casos, una boutade. En el peor, una declaración de cinismo tan monumental que hace quedar a Milei como un principiante.
Son dos cínicos mirándose a los ojos. Pero solo uno de los dos prometió no serlo.
Y eso nos lleva de vuelta a Milei. Porque el cinismo no le llegó solo con Bullrich. Se filtró antes, de una manera que pasó casi desapercibida. Hace poco más de una semana, en el Foro Latam, alguien le recordó una promesa de campaña: “Si yo soy Presidente, Argentina va a ser investment grade.”
El investment grade es, en términos simples, la calificación que otorgan los organismos internacionales cuando consideran que un país es solvente y confiable para recibir inversiones. Es el carnet de buena conducta financiera que Argentina perdió hace décadas y que Milei prometió recuperar en primera persona, con nombre y apellido.
Pero en el Foro, frente a empresarios, dio marcha atrás con una elegancia que el Milei de 2023 jamás hubiera tenido. Dijo que esa promesa había sido “fatalmente arrogante” de su parte. Porque - explicó- el investment grade no depende del gobierno. Depende de los argentinos. Argentina llegará a esa calificación “el día que los argentinos decidan abrazar las ideas de la libertad.” El conductor solo conduce. Si no llegamos, es porque el pueblo no quiso subirse al tren.
(¿Recuerdan a Mauricio Macri cuando insinuó que el electorado no estaba a la altura tras perder las PASO y mandar a todos a dormir?)
Ahí está la coartada perfecta. Y ahí está la primera grieta visible en la genuinidad. El que prometía resultados en primera persona ahora los condiciona a la actitud del pueblo. Es el relato más viejo de la política argentina. El mesías que señaló el camino y el pueblo que no lo supo seguir. Eso no lo improvisa alguien genuino. Lo construye alguien que lleva décadas aprendiendo a administrar las apariencias.
La pregunta que sobrevuela la Argentina de hoy no es si Milei va a ser reelecto. Es mucho más interesante que eso. Es qué emoción va a encarnar el próximo que lo suceda. Porque si algo enseña esta historia es que los argentinos no votan propuestas. Votan estados de ánimo. Y votan, desde ya, con el bolsillo.
En 2023 votaron el enojo. Y hoy, con una sociedad que ya no está enojada sino atravesando algo mucho más difícil de movilizar -y mucho más urgente de nombrar-, la pregunta de quién viene después se vuelve la más importante de la política argentina.
Javo: la genuinidad no se actúa. Se tiene o se pierde. Y vos ya sabés exactamente cuándo la perdiste.