Vida tomada
Todos los domingos el escritor Juan José Millás conversa una hora con el periodista Javier del Pino en uno de los programas de radio más escuchados de España. Millás suele hacer reportajes sobre aquello que podríamos llamar el lado B o la cara oculta de las cosas. La trastienda de un tanatorio municipal, la zona vedada para el público de la Casa de La Moneda, el proceso industrial de los mariscos o el centro de tecnología médica de uno de los grandes hospitales españoles.
En la primera parte, antes de estos reportajes, Millás y Del Pino improvisan una charla que aterriza generalmente sobre la realidad más urgente pero el enfoque podríamos situarlo en el lado C o fuera de la caja, ya que Millás pisa siempre los bordes fantásticos u oníricos para abordar la espuma de los días. El domingo pasado contó que había tenido un sueño con un matrimonio que volvía a casa después de un viaje y el marido, de pronto se daba cuenta de que había desaparecido una habitación. Es decir, la casa se había reducido, ahora contaba con un cuarto menos. Millás le decía a su interlocutor que la historia le sonaba, que no podía ser original justamente por su radiante originalidad. Después, en una de las tantas derivas que iba dando de sí el breve relato, se detuvieron en la cartera inmobiliaria del magnate Amancio Ortega, dueño de Zara, que no deja de comprar propiedades en todo el mundo. ¿No será que la habitación del personaje del sueño, aventuró Millás, aparece en una propiedad de Ortega para seguir ampliando su fortuna?
Uno de los orígenes del sueño es obvio y está en la trama de Casa tomada de Cortázar, en la que una pareja de hermanos ven como, poco a poco, su vieja casona de Barrio Norte va menguando a medida que unos intrusos colonizan las habitaciones. Juan José Sebreli no dudó en señalar a las clases sumergidas tomando posesión de las propiedades del sector dominante.
Hay espacios físicos, pero también morales. ¿Cómo debemos observar la Casa Blanca cuando Donald Trump demuele el ala este para construir un salón de baile o una jaula para un inédito combate de artes marciales o, al igual que en la explanada de un concesionario, ocupa los jardines exhibiendo un nuevo modelo de Tesla para promocionar las ventas de los coches que fabrica Elon Musk? Cuándo Javier Milei se fotografía, con una motosierra en la Casa Rosada, ¿qué parcela del espacio colectivo se dispone a ocupar?
En España el relato toma forma de pesadilla gótica cuando ciudades como Madrid o Barcelona pierden a miles de vecinos que deben emigrar a otras poblaciones al ver que sus viviendas son ocupadas por al sector turístico con alquileres inasumibles. Más aún, cuando edificios enteros son adquiridos por fondos buitres para reciclarlos en viviendas turísticas o en pisos de alto standing.
Los inmigrantes siguen en la lista de desalojados ya que en España el partido de ultraderecha Vox, con el consentimiento del conservador Partido Popular, está impulsando lo que llaman “prioridad nacional”, un eufemismo que a las claras es “españoles primero” –tal y como plantea Marine Le Pen con los ciudadanos franceses–, con el argumento de evitar gastos en sanidad, educación y ocupar sus puestos de trabajo. ¿Será para recolectar fruta, trabajar en la recogida de residuos urbanos o como repartidores de comida de Globo o Uber Eats las 24 horas?
De todos modos, quienes hacen estos trabajos llevan tiempo viendo como su cuerpo también ha sido ocupado. Como tantos otros, la mayoría, están obligados a ejercer labores que su deseo desconoce e incluso la propia condición humana.