Elecciones: lo nuevo y lo arcaico
El paradigma tradicional de la ciencia política ya no es útil para analizar los fenómenos actuales. Ante el éxito de Abelardo de la Espriella en Colombia y la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez en Perú, algunos analistas concluyen que América Latina vive una ola de ultraderecha. Sin embargo, la realidad es otra: la región no se está polarizando entre izquierda y derecha, sino entre el espectáculo y el pasado; entre el extremo de cualquier tipo y el viejo orden. Los ciudadanos buscan “lo nuevo” y rechazan lo institucional, sin importar las ideas que defiende cada candidato.
En Colombia, los resultados del fin de semana dejaron a Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda en la segunda vuelta, desplazando a un tercer lugar a Paloma Valencia, la candidata de la política tradicional.
De la Espriella es una figura incómoda para quienes aprecian la política “correcta”, pero en la era del scroll infinito, en que el objetivo primario de la comunicación es capturar la atención del votante, él supo jugar sus cartas. Sin una carrera política convencional –nunca ha sido ministro, alcalde ni gobernador–, es un líder propio de la sociedad del espectáculo.
Residente en Florencia, exhibe un estilo de vida ostentoso y teatral que él mismo califica de “renacentista”. Alrededor de sus gustos personales ha construido un ecosistema empresarial que promueve el sibaritismo: posee la línea de ropa de lujo De La Espriella Style, su propia marca de vino italiano (Fratellone) y un ron premium (Ron Defensor). Se ufana de consumir botellas de vino de más de mil dólares, viaja en jets privados, ostenta una colección de relojes de alta gama. En paralelo, ha desarrollado una carrera como tenor, grabando clásicos de la ópera y canciones populares italianas y francesas.
De la Espriella es una figura incómoda para quienes aprecian la política "correcta", pero en la era en que el objetivo primario de la comunicación es capturar la atención del votante, él supo jugar sus cartas. Es un líder propio de la sociedad del espectáculo.
En lo político, se alinea con Donald Trump, defendiendo la mano dura contra la delincuencia, la patria y la familia tradicional. Como abogado, su cartera de clientes incluye a figuras polémicas: paramilitares, y personajes tan opuestos como Álvaro Uribe y Alex Saab, señalado como testaferro de Nicolás Maduro. Su salto a la candidatura presidencial lo justifica desde la fe: “Dios me mostró que había llegado el momento”.
El otro finalista es Iván Cepeda, del partido de gobierno. Militante comunista desde los 13 años, Cepeda se ha mantenido fiel a su línea ideológica y se ha dedicado a la defensa de personas de izquierda perseguidas por su militancia. En una escala de disrupción, ganaría el segundo lugar porque es anacrónico ser comunista en una época en la que es imposible que el acorazado Potemkin acode en Buenaventura para formar un soviet. Cepeda sería la continuidad de Gustavo Petro, cuya gestión ha estado marcada por un descenso en los indicadores económicos del país y un incremento del 45% de los grupos armados irregulares.
Por su parte, Paloma Valencia, símbolo del establecimiento, alcanzó apenas el 7% de los votos. Si construimos una escala usando como herramienta la ruptura con la tradición, De la Espriella se ubicó en el extremo disruptivo, Cepeda ocupa el centro y Valencia quedó en el otro extremo, como la candidata del sistema.
Perú: la repetición del espejo. Un fenómeno similar se observa en la segunda vuelta presidencial peruana. Tras la primera vuelta, los clasificaron Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Aunque cambie el nombre del contendor de Fujimori, el fondo sigue siendo el mismo. Sánchez, exministro del fugaz gobierno de Pedro Castillo, lleva como candidatos a la hija y a los hermanos del exmandatario, al mismo tiempo que exige su liberación. Su estética –montando a caballo y usando sombrero– es una imitación calcada de uno de los presidentes más efímeros e ineficaces de la historia reciente de Perú.
Si construimos una escala usando como herramienta la ruptura con la tradición, De la Espriella se ubicó en el extremo disruptivo, Cepeda ocupa el centro y Valencia quedó en el otro extremo, como la candidata del sistema.
Al igual que De la Espriella, Sánchez es el candidato menos parecido a los políticos tradicionales. Su éxito demuestra que la eficiencia y el buen manejo económico no garantizan votos en la era del espectáculo. Sanchez puede ganar, aunque encarna la resurrección de una de las gestiones más ineptas de la historia peruana.
Nuevamente, el factor determinante es la distancia que separa al candidato del orden racional de la Ilustración: mientras más extravagantes son Sánchez y De la Espriella, mejores son sus posibilidades electorales. En ambos casos, las acusaciones de sus adversarios solo les fortalecen.
En la otra acera, Keiko Fujimori repite la misma estrategia que la ha llevado a perder varios balotajes. A pesar de que necesita una renovación, su mensaje es de la vuelta al pasado. El respaldo público que ha recibido del “club de presidentes de derecha de la era analógica” solo envejece su imagen.
Tanto estos líderes, como los del Grupo de Puebla, son fantasmas del siglo de las ideologías que, salvo alguna excepción, carecen de posibilidades de ganar las elecciones en sus países. Ambos representan el pasado de la era de las ideologías, superado por gente cuya mente ha sido moldeada por el scroll infinito de la cuarta revolución industrial.