Las mesas parlantes de Hugo
Ciertas personas son incapaces de aceptar una despedida. Pienso en esas esposas que siguen poniendo un plato de más en la mesa muchos años después de la muerte del marido. Pienso en quienes siguen hablando de alguien en presente, como si hubiera salido a comprar cigarrillos y pudiera volver en cualquier momento. A veces pienso: “Tengo que recomendarle esta película a mamá”. Pero mi mamá murió hace 15 años. Los muertos se van. El problema es que los vivos suelen quedarse un rato más.
A mediados del siglo XIX algunos creyeron haber encontrado una solución. Consistía en sentarse alrededor de una mesa y esperar. Victor Hugo hizo eso. Diez años después de la muerte de su hija Léopoldine, exiliado en Jersey por Napoleón III, empezó a participar en sesiones espiritistas que con el tiempo producirían miles de páginas de conversaciones con difuntos, poetas, profetas y abstracciones filosóficas. Lo que dicen las mesas parlantes (Wunderkammer) recoge parte de ese material. Decirlo así suena extravagante, pero leerlo resulta peor.
Al principio uno cree estar ante un documento sobre la credulidad humana. Después empieza a sospechar otra cosa. Los muertos llegan, opinan, se enfurecen, corrigen, dictan versos y anuncian proyectos. La Muerte desarrolla reflexiones metafísicas. El Océano compone música. Galileo objeta. Jesucristo escribe versos. Hugo toma apuntes. La naturalidad con que ocurre todo esto constituye una de las virtudes del libro. Nadie parece sorprendido. Reciben a Shakespeare y a Platón como si se tratara de vecinos. En algunos momentos el libro recuerda La boda de Hitler y Maria Antonieta en el infierno, de Wilcock y Fantasia. No por el humor ni por el estilo, sino por la sensación de que la Historia parece haberse convertido en una sala de espera donde los personajes entran, salen y conversan sin respetar siglos ni fronteras.
Uno de los pasajes más extraordinarios comienza cuando le proponen a Shakespeare escribir un drama. Shakespeare acepta, pide un mes de plazo y empieza a desarrollar una teoría de la creación literaria. Las ideas son capitanes. Las palabras son marineros. A veces obedecen. A veces se amotinan. No es fácil decidir qué resulta más extraño: que Shakespeare hable francés o que hable como un profesor de literatura. Todo esto ocurre bajo la sombra de Léopoldine. Cuando una hija muere a los diecinueve años, cualquier ruido adquiere importancia: una rama contra una ventana, un golpe en una pared. Una mesa que responde preguntas. El lector moderno sonríe. Hugo no podía permitirse esa sonrisa. Por eso el libro se vuelve incómodo. La explicación racional parece insuficiente. La sobrenatural también. Entre ambas aparece una tercera posibilidad: que asistamos al trabajo de una imaginación colectiva desatada por el dolor, el ocio, el exilio y el talento literario.
A veces la experiencia produce escenas de una comicidad involuntaria. Hugo le pide al Océano una Marsellesa para la revolución futura. El Océano acepta, dicta una partitura y luego descubre que intentan ejecutarla con una flauta. Se enfurece. Explica que su música requiere tempestades, mareas, cataratas y vientos planetarios. Después recomienda llamar a Mozart, como quien recomienda un electricista.
Hacia el final las sesiones se oscurecen. Aparecen tensiones, sospechas y episodios cercanos a la locura. Las mesas callan. Los fantasmas dejan de concurrir. La experiencia termina. Uno abre este libro esperando encontrar una curiosidad biográfica, pero encuentra algo distinto: un grupo de personas intentando negociar con la ausencia. Las mesas responden. Los muertos hablan. Y en el centro de todo, tomando nota con paciencia de escribano, está Victor Hugo. No sé si habló con los muertos. Lo que sí sé es que pocas veces la literatura consiguió mostrar con tanta claridad hasta dónde puede llegar alguien cuando se niega a aceptar una despedida.