Exilio: un debate sobre el dolor y la tristeza
"Tristeza não tem fim, felicidade sim“, estos versos tomados de “A felicidade”, la dulce y melancólica canción de Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim sirven para describir de una manera clara e inequívoca la pregunta que se plantea más arriba: ¿el exilio es infinito, no se acaba nunca, como afirmó Clara Obligado, o es finito y termina en algún momento preciso, como creo yo?
La pregunta de Clara, formulada en Clarín (5/5/26) se produjo en el contexto de la última Feria Internacional del Libro (FIL), de Buenos Aires, adonde viajó a presentar su última y lograda obra, “Exilio” (Páginas de Espuma), magníficamente ilustrada por Agustín Comoto.
Casualidades de la vida, o no tanto, en ese mismo momento yo también estaba en Buenos Aires para presentar mi libro más reciente “Golpe militar y dictadura en Argentina (1976 – 1983). Sur, paredón y después…” (Libros de la Catarata).
Y digo que quizá no había tanta casualidad en esa coincidencia geográfica y cronológica porque toda esta historia en torno al exilio y a las repercusiones del golpe militar de 1976 es consecuencia directa de la conmemoración del 50 aniversario de su estallido. No se olvide que aquel cuartelazo de infausta memoria estuvo en el origen de la más sangrienta dictadura que conoció Argentina en todo su desarrollo nacional.
Fue entonces, en 1976, debido a la evolución de la represión, cuando tanto Clara como yo (que pertenecemos a la misma generación), y como otros miles de compatriotas, debimos emprender el duro camino del exilio. Un exilio que mientras duró significaría dolor y sufrimiento, en definitiva, mucho desarraigo. Y fue ahora, en 2026, cuando tanto Clara como yo, forzados por motivaciones diferentes, nos vimos llevados a escribir sobre diversas cuestiones relativas a esos hechos y a su posterior desarrollo.
Ahora bien, mi principal punto de partida es que no existe un exilio, en abstracto y con mayúscula, sino que hay tantos exilios como exiliados.
Cada exilio es único, es una experiencia individual e intransferible cuyo resultado depende de múltiples factores, comenzando por la propia historia personal, el momento y las circunstancias que forzaron la salida (que pese a estar engarzadas en la misma coyuntura pueden no responder a las mismas motivaciones) y también a las condiciones de instalación en el lugar de destino (cuán fácil o cuán complejo y traumático fue el aterrizaje).
Desde esa perspectiva, mi situación fue bastante afortunada, al contar con una ayuda familiar que me permitió concluir mis estudios de historia en Madrid y dedicarme a la carrera académica sin grandes privaciones. Mi temprano vínculo con la Universidad Complutense de Madrid (UCM) me proporcionó contactos y amistades y también sirvió para abrirme numerosas puertas que de otra manera hubieran demorado mucho más tiempo en hacerlo.
Al principio nada era como en casa, ya que buena parte de los códigos y las contraseñas, e incluso algunas manifestaciones de la lengua, eran diferentes. Uno de los problemas del exilio es que cuando se abandona el país de origen se deja allí la historia personal, todo un mundo de relaciones y conexiones, familiares, personales y laborales, para arribar desnudo al nuevo país de acogida.
A diferencia de Clara creo que el exilio no es infinito, y que tiene al menos tanto un principio (siempre) como un final. Esto significa la existencia de un tiempo en que el exilio se acaba, aunque sea de diversas maneras y con ritmos y cadencias diferentes.
El comienzo siempre es claro y coincide con el momento en que el exiliado, obligado a abandonar su país, empieza a transitar un recorrido de desarraigo, más o menos prolongado según las circunstancias. Pero también hay un final, marcado por el preciso instante, en el supuesto de que pueda fijarse, en el que las causas que provocaron la salida comienzan a quedar atrás.
Esto ocurre cuando el que se fue puede volver a su país de origen o puede tomar la determinación de permanecer allí donde está, lo que implica dejar de ser exiliado para convertirse en inmigrante. De todas maneras, es una decisión individual y, sobre todo, mucho más libre que la de la partida, donde en numerosas ocasiones suele estar en juego la propia existencia o la de la familia.
Dicho esto, lo que es indiscutible es que una vez superado el exilio lo que no se acaba, lo que permanece, es el dolor o su recuerdo, el desarraigo y su percepción.
Como señala Clara aludiendo a su propia experiencia: “Siempre tengo la sensación de estar encerrada fuera”. Prueba de ello es que hubo varios casos de exiliados argentinos, al menos en España, que acabado su exilio y pasado un tiempo más o menos prolongado después de su regreso al país, regresaron al punto de salida.
Incluso algunos, en un zigzag algo más complicado, cambiaron de destino en más de una oportunidad, sin encontrarse en paz ni en un lado ni en el otro. Prevalecía en ellos la sensación de una absoluta falta de raíces, la idea de no pertenecer a ningún lado ni de poder identificarse con ninguno de los entornos que los rodeaban.
Era como si la patria idealizada, cualquiera fuera ella, hubiera desaparecido para siempre. Como apuntaron en su día Vinicius de Moraes y Antonio Carlos Jobim: “Tristeza não tem fim, felicidade sim“.
Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín