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perfil.com · hace 15 horas · Nancy Giampaolo

Vida en Venecia

Nancy Giampaolo

En 1949, pese a la convulsión social o quizás para conjurarla, se estrenan en Italia los dos primeros largometrajes animados de su historia, La Rosa de Bagdad y Los hermanos Dinamita. Aunque genial por momentos, el primero es fallido mientras que el segundo es más logrado por varias razones, entre las que quizás pese estar ambientado en un lugar que los realizadores conocen mejor que Medio Oriente. Hay una secuencia en los carnavales de Venecia indudablemente magistral por su despliegue técnico, experimentación, estilo y algunos fondos arquitectónicos que recuerdan a Canaletto. En 1971, Luchino Visconti adapta a Thomas Mann y Venecia se convierte en un limbo aristocrático y cálido que se acopla a la figura dorada de Björn Andrésen, para derretirse como el maquillaje untado en la cara moribunda de Dirk Bogarde. Dos años después, Nicolas Roeg estrena una suerte de némesis, en la que el sol es depuesto por la bruma que envuelve a Julie Christie y Donald Sutherland. En la fase rojo shocking, Venecia es una amenaza helada, laberíntica y siniestra. Su presencia estelar en el cine también sirvió, al final del siglo XX, al oprobio de Woody Allen, con Todos dicen te amo, de 1996, y a la mejor performance de Matt Damon, en El talentoso Señor Ripley, de Anthony Minghella, tres años posterior. En el XXI presenció un in crescendo de fiascos con Casanova, de Lasse Hallström, El turista, de Florian Henckel von Donnersmarck, o Cacería en Venecia, de Kenneth Branagh.

Pero los cineastas son apenas un eslabón de una larga cadena de artistas fascinados con ella a lo largo de los siglos. Se la representó en mosaicos bizantinos, justificó una escuela pictórica con sus vistas, fue base de operaciones para Shylock y usina de aventuras para El Corto Maltés. Siempre está en las librerías dando pasto a toda clase de volúmenes, de El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia, u Obsesión en Venecia, de Amalia Hoya, a Venganza en Venecia, con Boccaccio ilustrado por Carlos Nine, o Un compañero literario de Venecia, de Ian Littlewood, sobre su influencia en Byron, Goethe, Proust, Lawrence, James y Pound.

Al margen de la ficción o el idilio, está lo que muestra el documental Síndrome de Venecia, de 2012, donde Andreas Pichler la toma como ejemplo de las consecuencias que el turismo acarrea en ciudades condenadas a ser un parque de diversiones. Residentes cediendo espacio a las hordas que bajan de los cruceros para destruir patrimonio histórico con el impulso de las plagas bíblicas, venta masiva de chatarra, estragos ecológicos, disolución de la identidad. El problema aparece de refilón en Veneciafrenia, estrenada por Alex de la Iglesia en 2022, donde un grupo de turistas españoles enfrenta el rechazo de locales hartos de recibir de extranjeros. Pero aún con su justificada mala prensa, Venecia en vivo propone un trance sensorial e imaginario que la indolencia del turismo no pudo matar. Quizás la hayan salvado sus representaciones: alimentándose de cada una de ellas indiscriminadamente, sobrevive con la sonrisa beatifica de una Madonna.

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