Amor perdido
¿Cómo es que una noche contingente, destinada a perderse en el olvido de lo pasajero, hasta de lo efímero, se vuelve firme y definitiva, perdura en el tiempo, persiste por años? Ésas son las dos veces de La noche dos veces de Mora Monteleone, la obra de teatro que se presenta en Espacio Callejón.
Dos veces: una, la de 1982, es la del arrebato circunstancial, casual en el sentido estricto de la expresión “sexo casual”, noche de impulsos no muy pensados, noche de una única vez que iba a volverse ninguna vez, disolviéndose como por sí sola en su propia voluntad de ser superflua; la otra, ya en 1992, es la vez de la recapitulación, la de responder ciertas preguntas que nadie hizo ni quiso hacer, la de enterarse de todo eso que por largo tiempo no se quiso saber, la de por fin tratar de entender, la de tratar de dar sentido a las cosas.
Pasa como con esos dos teléfonos (uno blanco, otro negro) que aparecen en escena y suenan marcando el ritmo de la historia que se cuenta: llega a ocurrir un traspaso en los años, y un llamado de 1982 suena y se atiende diez años después, como si en ese “tiempo fuera del tiempo” se pudiese llegar a decir todo eso que había quedado sin decir en su momento. El teléfono va a conectar, no ya dos lugares separados, no ya a dos personas alejadas, sino dos épocas del país y de la historia: el 82 y el 92, los veinte años de edad y los cuarenta, lo que fue y lo que es, lo que no fue y lo que es.
La historia del amor que se pierde y que se frustra la cuenta Mora Monteleone también dos veces. Porque ese amor se frustra de dos maneras distintas. Se frustra en el desencuentro, en el malentendido, en el despecho y en la negligencia que por lo común lo acompaña; pero se frustra además en la apocada resignación de la relación que toca y que conviene, en el magro pragmatismo de lo que finalmente resuelve un problema, en la mentira duradera y en la dudosa pericia de quien se dispone a soportar lo que podría no soportar. En una frase que Juan Carlos Onetti escribió en Cuando ya no importe: “Aquí va el beso que no fue”, queda dicho insuperablemente que hay amores que se deciden en la ausencia o en la falta, en lo que pudo pasar y no pasó, en la entidad irrevocable que puede alcanzar lo que no fue (mucho más que lo que fue).
Hay algo de todo eso en La noche dos veces. Y así es como funciona en la obra la guerra de las Malvinas. Porque ese 1982, ese soldado que tendrá que presentarse en la base porque tendrá que marchar al frente aunque no lo hayan preparado para eso, las bravatas de Leopoldo Fortunato Galtieri reproducidas en las portadas de los diarios, no son solamente un marco de época, un contexto o trasfondo históricos, una referencia convenida, la presencia de una realidad patente en la ficción de una representación teatral.
Las islas Malvinas asumen un carácter específico en la obra: son la cifra de una pérdida, son la cifra de lo perdido. Y no sólo de la guerra perdida, no sólo de las tantas vidas perdidas en esa guerra perdida; sino en verdad de las propias islas, como tales, cobrando esa significación especial en la esfera del imaginario argentino. Lo perdido, lo quitado, lo despojado, y el sueño de una recuperación indeclinable pero pendiente, una y otra vez pendiente.
Las Malvinas como cifra de lo perdido, en el sentido en que se las evoca como “hermanitas perdidas”, bajo ese efecto de lejanía aumentada, bajo ese efecto de una sugestión de irrealidad que les imprime el “manto de neblina” que se invoca y se interpone cada vez que se entona su Marcha. Las Malvinas en La noche dos veces aportan entonces, no ya su realidad, sino su significación, imprimiendo su sentido de pérdida a la historia del amor perdido (y arrimando su dilema histórico de si será o no será posible tenerlas de nuevo alguna vez).
En la escena final de la obra (en el instante final, por cierto), esos dos que se quisieron y nunca dejaron de quererse se dirigen una mirada imposible que atraviesa los años pasados, atraviesa la vida y la muerte, los enlaza y comunica al igual que lo hace el teléfono; aunque a la vez, al igual que el teléfono, evidencia que en verdad no están juntos. O lo están, pero sin que ese hilo tenue alcance a suprimir la soledad de cada cual.
¿Y no hay algo de todo eso que queda inscripto de alguna manera en los nombres de las islas Malvinas, en el nombre de cada una de ellas? Porque hay una que se llama Gran Malvina (aunque es la más chica de las dos); y hay otra que está al lado, pegada notoriamente a ella, que no existe sino con ella, que no es pensable sino con ella, y que se llama, pese a eso, Soledad. Las dos muy propias, sí: las dos muy propias. Pero perdidas. Como la historia de amor de La noche dos veces.