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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

La otra tierra de Gabo

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Viví dos semanas de septiembre de 1991 en Cuba, la otra tierra de Gabriel García Márquez. Como le pasaba a todo el mundo, eso me pareció, La Habana nos estaba esperando. Era ya la era del periodo especial y todo estaba racionado, como ahora, aunque ahora todo es peor, y no tan solo en aquel país que en un tiempo se pareció al paraíso.

Hice el viaje con un experto en Cuba, Diego Talavera, un importante periodista canario que entonces era, además, corresponsal en las islas del periódico El País de España. Nada más llegar a la capital ya éramos nosotros de la gran isla, gracias a los contactos de Diego y gracias a un hecho cierto: nadie en Cuba era (o es) extranjero, sobre todo si viene de territorios como los que compartimos.

Cuba fue, por así decirlo, una avanzada de las islas Canarias, como lo fueron Venezuela y la mayor parte de los territorios de América Latina. A algunos escritores que vivían allí los conocíamos porque también transitaban la Península española y los territorios isleños, en los cuales se habla en cubano o casi.

Vivimos allí momentos bellísimos, recordando andanzas de Lezama Lima o de Cabrera Infante, que era nombrado y leído (en secreto) pero no era exhibido. Guillermo vivía exiliado en Inglaterra con su mujer, la actriz Miriam Gómez (“y el ejército rebelde”, como la llamaba Guillermo en recuerdo de la película más famosa que ella llevó al celuloide cubano).

Para nosotros aquel viaje era una aventura que de vez en cuando alcanzó niveles de peligro porque antes, en aquel tiempo y después, Cuba siempre fue un lugar vigilado por los que de una forma u otra resultaban espías de los que veníamos de lejos pero también de los que vivían allí, cubanos o de cualquier parte. Era, como lo sigue siendo, un país vigilado, de arriba abajo y siempre.

Uno de los sucesos que nos ocurrió, a mi amigo Diego y a mi mismo, refleja como la letra de una canción triste la manía vigilante de los cubanos. Nosotros habíamos hecho amistad con unas amigas isleñas de Gran Canaria que venían en el avión al que se había subido, para llegar a mi encuentro en Madrid, Diego Talavera…

Así que ese mediodía en que no teníamos nada mejor que hacer decidimos encontrarlas en una zona de recreo de las afueras de La Habana. En el camino vimos paisajes bellísimos y se nos ocurrió que uno de esos lugares sería bueno para hacerles fotografías.

Los dos salimos al encuentro de esa oportunidad, e hicimos todas las fotos que quisimos. Cuando vimos que aquello era territorio libre a pesar de todo lo que se decía de Cuba mucho antes y siempre después, a uno de los dos se les ocurrió decir esto en voz alta: “No parece que haya tanta vigilancia en Cuba”.

En ese mismo instante entró en el coche, que aun no había arrancado, un mosquetón de considerable tamaño. Nos llevaron a un calabozo, donde uno de los dos, Diego o yo, decidimos que estábamos en grave peligro, porque aquel lugar fue el sitio donde las fuerzas de Fidel Castro perpetraron el fusilamiento de uno de sus principales soldados, que había sido enviado al sur de África.

Estuvimos al borde de la histeria hasta que vimos que un soldado de mayor rango hizo una señal que significaba que no era pertinente que nos mantuvieran en aquella cárcel. Seguimos, pues, el viaje que había sido truncado, llegamos al lugar en el que nos esperaban las chicas canarias y nos dispusimos a pasar unas horas de asueto. Hasta que nos llamaron (me llamaron, en realidad) desde un teléfono interior.

Me llamaban a mi precisamente. Al teléfono hablaba la joven que nos dejó entrar, en este caso interesada sobre si yo quería salir con ella por la noche… “No puedo, viene mi hermano precisamente esta tarde…” No venía mi hermano, claro, pero era la primera vez que La Habana me explicó algunas de sus desdichas, que luego tuve ocasión de seguir viendo venir como una lacra y una tristeza que no ha parado de ser parte de su ser. Cuba nos estaba llenando de futuro, al menos a mi, que iba por primera vez, pero era un futuro difícil, arriesgado, triste y alegre a la vez, en el que los amigos que íbamos haciendo nos explicaban sus tristezas y a la vez nos iban contando las alegrías que tenían las noches y los días.

Cuba era de todo, tenía de todo, y a la vez que la pobreza exhibía las bellezas de su suelo y los riesgos de sus días y de sus noches. Una de aquellas noches decidimos invitar a nuestro hotel a un grupo de escritores que entonces eran importantes allí, en la tierra de Fidel y en el origen de Lezama.

Tardaban en llegar los buenos amigos, tanto que yo mismo me acerqué a la recepción. Allí estaban aquellos amigos invitados a los que las autoridades de rigor (y de tantos rigores) no dejaban pasar a aquel lugar que era para extranjeros. Les expliqué como pude a los celadores y terminaron por dejarnos que entraran aquellos ciudadanos que parecían acostumbrados a este trasiego sin sentido que ya había hecho de Cuba lo que era, lo que siguió siendo, lo que es: un país encarcelado.

Ya dentro la vida era una fiesta, a la que siguieron algunas circunstancias que no son menores. De pronto apareció una periodista local que, además, resultaba ser parte de la policía del país. Venía de la mano de otro periodista, en este caso español, que luego se quedaría con ella y con nosotros en lo que quedaba de noche. Días después aquel compañero nuestro fue expulsado de Cuba y la periodista que quizá no lo era (luego lo fue, ya exiliada en Madrid ella misma) fue puesta en lo más alto del escalafón de su trabajo militar o casi.

Fueron tiempos raros, tristes, la tierra de Guillermo Cabrera Infante, que tanto y tan bien contó la alegría y luego la tristeza de su lugar de nacimiento, no era en absoluto el territorio de Tres tristes tigres, pero era triste verla así, igual que ahora da rabia verla pobre y desgraciada, pero cantando.

La recuerdo en aquel entonces, y la recuerdo siempre. Y la amo. Ahora he leído lo que dice Marco Rubio, el ministro que tiene Trump para vigilar desde Washington a los cubanos de dentro, sobre el porvenir de Cuba, país sometido a los que mandan desde fuera. Cuba es, dice Rubio (que de allí proviene, como sus padres), un estado fallido; tendrá que cambiar de régimen; se ha dedicado toda su vida (dice él) “a patrocinar territorios radicales de izquierdas”, “ha patrocinado el terrorismo”; “no es como Venezuela”, “no tiene Gobierno sino entelequias”, y siempre tendrá, eso parece, “una crisis humanitaria” si no cambian de régimen…

He leído recientemente, de nuevo, una entrevista que le hice a Gabriel García Márquez aquella vez que volví de Cuba, y para siempre. Me dijo Gabo en aquel entonces, con la parsimonia que le daba la tristeza: “Lo primero que tiene que lograr Cuba es que Estados Unidos suspenda el bloqueo. En ese momento desaparecerá un condicionamiento absolutamente excepcional que ha durado treinta años y que nos impide saber cómo sería Cuba y cómo puede ser Cuba. Mientras ese condicionador exista, Cuba será un fenómeno completamente anómalo que prácticamente no se puede mover: tiene una camisa de fuerza”.

Esa camisa de fuerza la lleva ahora Marco Rubio, para usarla cuando le venga en gana. La lleva él, la llevan otros, siempre dándole lecciones al país alegre que desde hace tanto tiempo es un país tan triste.

Juan Cruz

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