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clarin.com · hace 23 horas · Clarin.com - Home

Cuando Gombrowicz percibió el fascismo

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Witold Gombrowicz, uno de los más relevantes escritores polacos del último siglo, había nacido en 1904 en Maloszyce, 200 kilómetros al sur de Varsovia, en el seno de una familia católica.Gran parte de su obra tiene un intenso vínculo con la Argentina- donde vivió entre 1939 y 1963.

“Hijo de la pequeña nobleza agraria procedente de Polonia, menor de cuatro hermanos, estudiante absolutamente nulo en matemáticas o latín pero superdotado en polaco y filosofía, Gombrowicz es uno de los grandes renovadores de la literatura contemporánea, un autor que tiende un puente entre una tradición del exceso que había sido enterrada por el naturalismo y la psicología -digamos el universo de Rabelais, Swift o de la picaresca- y un placer por la narración que permite recomponer el espejo roto de diferentes maneras por Joyce o Proust”, lo describió Octavio Martí (El País, 2004).

Graduado en Derecho en la Universidad de Varsovia, publicó su primer libro en 1933: “Memorias de la inmadurez”. Cuatro años más tarde alcanzaría el reconocimiento mayor con “Ferdydurke” -en la Argentina tuvo prólogo de Ernesto Sabato- y allí la adolescencia, la inmadurez y la irresponsabilidad actúan como motores de la creación.

"Los dos problemas capitales de Ferdydurke son el de la Inmadurez y el de la Forma -escribió Gombrowicz en el prefacio-. Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización solo se presta lo que ya está maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no ven que su madurez exterior es una ficción y que todo lo que pueden expresar no corresponde a su realidad íntima? Mientras fingen ser maduros viven, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no logran juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para ustedes un instrumento de engaño". Así pues,Gombrowicz se planteaba denunciar, aún con el mayor énfasis, los diversos instrumentos de engaño que lo rodeaban, incluso el de las instituciones literarias.

En su libro “Recuerdos de Polonia”, Gombrowicz evocó “1918, un año espléndido. Polonia se independizó. Todo parecía posible. Empezaba una nueva vida, los viejos tronos se hundieron, la libertad de los cuerpos se mezclaba con la del espíritu, era la derrota de los redingotes y zapatos acharolados, una gran expansión de la juventud reclamando su hora, un poderoso viento de libertad sopló cuando las rodillas de las mujeres asomaron en sus faldas…”.

También habla de que se produjo también un cierto despiste, era difícil ajustarse al ritmo de los vertiginosos cambios: “Soy un pasajero en barco, pero ya no sé dónde está la tierra firme… No disponíamos de un lenguaje con el que expresar nuestro apego a Polonia, ya que el heredado había envejecido fatalmente y nadie nos había enseñado uno nuevo”.

Y dos décadas después, contempla -y sufre- la irrupción del fascismo. Por ejemplo, había viajado a Roma para la presentación de Ferdydurke y una cantante lo invitó a una recepción. Estaba tomando un poco de vino y escuchabael bel canto de aquella mujer cuando, de pronto, “algo se derrumbó y en la sala irrumpió la política: “Todo el mundo, encendido, se puso a agitar los brazos y a vitorear al Duce. Aquella vieja prima donna rompió a llorar desesperadamente, la cara entre las manos, sus perlas colgando. Su imagen se me ha quedado grabada en la memoria, como si la viera ahora: sentada en su sillón, destrozada…”. En el camino de regreso a Polonia, a las afueras de Viena, Gombrowicz volvió a escuchar vítores. Vio a gente con antorchas que, en este caso, gritaban “¡Heil Hitler!” “La sociedad enloquecía”. Era el Anschluss; la Alemania nazi acababa de apoderarse de Austria.

Así como el gran maestro Miguel Najdorf se encontraba en Buenos Aires en 1939, participando en la Olimpíada de Ajedrez al momento en que los nazis invadieron Polonia y desataron la Segunda Guerra Mundial, Gombrowicz también se encontraba en nuestra capital. Había llegado como periodista para cubrir un congreso literario. No dudó y se instaló en Buenos Aires donde, además de escribir, trabajó como empleado bancario, después de pasar zozobras y pobreza.

De esa época, surgieron algunas de sus obras destacadas como Transatlántico (1953) y La Seducción (1960). La relación con la Argentina fue controvertida ya que llegó a escribir en su propio diario: "Me gusta la Argentina y la aprecio, sí, pero ¿qué Argentina? No me gusta la Argentina y no la aprecio, sí, pero ¿qué Argentina? Soy amigo de la Argentina natural, sencilla, cotidiana, popular. Estoy en pie de guerra contra la Argentina superior, ya elaborada, ¡mal elaborada!".

Su nombre fue mencionado varias veces como candidato al Premio Nobel, aunque nunca lo recibió. Una distinción que sí tuvieron otros de sus compatriotas como Henryk Sienkiewicz (1905), Isaac Singer (1978), CzeslwaMilosz (1980), WislawaSzymborska (1996) y, la más reciente, la novelista Olga Tokarczuk en 2019.

Gombrowicz hizo escuela en la Argentina. Pasaba horas en el café Tortoni y La Fragata, en Buenos Aires, y en la confitería Rex de Tandil, junto con escritores y filósofos más jóvenes que él -nombres como Mastronardi, Germán García o Miguel Grinberg estuvieron entre sus discípulos- y se considera que su obra influyó en la de autores como Piglia, Lamborghini, Laiseca. También provocaba con frases hirientes sobre nuestro más notable escritor, Jorge Luis Borges, pero este nunca se prendió en la polémica: “No leí a Gombrowicz”, afirmó.

Ricardo Piglia, uno de los más renombrados estudiosos de la obra de ambos, llegó a afirmar que “la literatura argentina del siglo XX estaba determinada por las tensiones entre el escritor argentino más encumbrado y el polaco más ignorado”.

Gombrowicz había establecido distancias no solo con Borges sino con todo lo referido al influyente grupo Sur (Bioy Casares, las hermanas Victoria y Silvia Ocampo). Y en su ya famoso Diario de 736 páginas -editado luego como Kronos- les dedicó párrafos como: “A mí me encantaba la oscuridad de Retiro y a ellos, las luces de París”.

En 1957, Gombrowicz vivió en Tandil, adonde viajó para recuperarse de sus afecciones respiratorias. Algunas anotaciones en Diario argentino brindan pistas sobre su paso por esa ciudad serrana: "¡Viejos, Tandil cada vez se parece más a Atenas! Todo el mundo es artista, nadie tiene ganas de trabajar".

Gombrowicz se marchó de la Argentina a Francia en el buque Federico, en 1966 se casó con la canadiense Rita Labrosse -treinta años más joven que él- y murió el 24 de julio de 1969 en Vences por una insuficiencia respiratoria.

La publicación de su extenso Diario es muy posterior. Es un universo que refleja la Argentina, sus acuerdos y enfrentamientos con otros escritores, sus aventuras, su enfermedad, Hitler: “No he perdonado, pero me ha pasado algo peor. Yo, polaco …tuve que convertirme en Hitler. Tuve que asumir como propios todos aquellos crímenes, justo como si los hubiese cometido yo mismo. Me convertí en Hitler y tuve que asumir que Hitler estaba presente en cada uno de los polacos asesinados y que sigue presente en cada uno de los polacos supervivientes. La condena, el desprecio: este no es el método, esto no es nada… Despotricar continuamente contra el crimen sólo contribuye a perpetuarlo… Hay que tragarlo. Comerlo. El mal únicamente se puede vencer en uno mismo”.

Luis Vinker

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