CONICET: una institución a rescatar para el futuro de la Nación
En su columna del último 30 de mayo, la Dra. María José Binetti relata las principales conclusiones a las que arribara un grupo de colegas del CONICET, en un encuentro celebrado en la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires dos días antes.
Sin entrar en valoraciones personales acerca de los antecedentes, experiencia, posicionamiento político y perfil de los colegas que intervinieron en dicho evento, creo necesario repasar algunos enunciados que, o bien están reñidos con información fehaciente y datos de acceso público, o bien configuran miradas políticas anacrónicas acerca del CONICET.
“Lejos quedó la época dorada de la ciencia argentina y sus dos históricos Nobel. Desde entonces el sistema no ha parado de derrumbarse a escala de la decadencia nacional”. La nota abunda en frases subjetivas por el estilo. Viniendo de un grupo de científicos, llama la atención la falta de especificidad y de respaldo en evidencia que sustente una afirmación tan grave. ¿A qué se refiere con “decadencia”? Si bien todos los “rankings” tienen sus sesgos y falencias, desde el año 2009 numerosas instituciones científicas de todo el mundo, incluido el propio CONICET, emplea el índice publicado por el SCImago Research Group, que tiene como propósito dar a conocer información sobre el desempeño en investigación, innovación e impacto social de las instituciones, caracterizándolas en términos de su aporte científico, económico y social.
El índice toma una ventana móvil de 5 años, por lo que aún es pronto para medir el impacto de las políticas de Milei. Si se observa la serie completa de 17 años, se advierte una mejora sostenida del CONICET tanto a nivel mundial como regional, con un aumento muy sostenido durante el intervalo 2009-2017, es decir dentro de las ventanas móviles atribuibles al mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Desde entonces el CONICET mantuvo una posición estable (y siempre destacada a nivel regional): en 2025, el CONICET mantuvo su primera ubicación como institución gubernamental de ciencia de Latinoamérica, pero ya registra una caída a nivel global que parece consolidarse en 2026. Si así fuera, la evidencia indica, entonces, un fenómeno contrario al expresado por Binetti y sus colegas: si hubiera una caída y una decadencia, sería atribuible al impacto de las políticas de Milei en los últimos dos años, que ya impactarían en la ventana móvil actual.
En otro pasaje, se lee “el peronismo intervino tres veces el Conicet, el kirchnerismo lo sobredimensionó para usarlo como bandera de militancia y propaganda. Hoy muchos investigadores nos encontramos atrapados en un aparato roto, empobrecido y desacreditado frente a la sociedad. Somos peones de una maquinaria anquilosada y poco eficiente.” Esta frase es puramente retórica: los gobiernos de turno nombran a quien ocupa la Presidencia del CONICET, no lo “intervienen”. Decir que el peronismo intervino tres veces el CONICET es desinformar al lector. Desde el retorno de la democracia, el radicalismo, el peronismo, el macrismo y el mileismo nombraron en la conducción del organismo a funcionarios de su confianza y su mirada política. ¿Por qué no habrían de hacerlo?
En relación al supuesto descrédito social, pareciera que el mismo se limita al micro-cosmos de las redes sociales e influencers libertarios a sueldo del Estado, mundillo caracterizado por la violencia verbal y la propagación de noticias falsas. Pero si se apela a estudios concretos sobre el tema, una vez más se refuta lo afirmado por Binetti: los resultados de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés, realizada por el Laboratorio de Observación de la Opinión Pública (LOOP) dejan claro que el sector científico es aquel que cuenta con la opinión pública más positiva, sin importar las preferencias políticas/electorales de los encuestados.
En otro pasaje se alude a la exposición inaugural de la Jornada, que estuvo “a cargo del doctor José M. Bruniard, uno de los ocho directores del Conicet en representación del sector agropecuario, quien habló de sus dificultades para manejarse con un directorio corporativo, negado a avanzar en reformas estructurales. Sus propuestas de transformación son muchas, desde transparentar y diversificar los sistemas de evaluación hasta federalizar los recursos y fortalecer la vinculación público-privada, cosa que para el deep-state coniceteano es algo así como venderle el alma al diablo del capital.”
Esta frase encierra dos falacias. Por un lado, los miembros del Directorio del CONICET no son ni más ni menos corporativos que el propio Bruniard que, dicho sea de paso, no representa al “sector agropecuario”, sino a las cámaras y sociedades más concentradas de dicho sector (SRA, CRA, CONINAGRO). Ni pensemos por un instante que Bruniard representa a los campesinos de Santiago del Estero, o a los programas de la agricultura familiar. Los restantes miembros del Directorio son nombrados por la UIA, el Consejo Interuniversitario Nacional, las Provincias, y las cuatro grandes áreas del conocimiento que conforman el CONICET. Estos últimos 4 miembros son elegidos por los investigadores en elecciones libres, de acuerdo a la reglamentación vigente. Evidentemente, las “reformas estructurales” propuestas por Bruniard no cuentan con el acompañamiento de sus pares, pero como en cualquier cuerpo colegiado que respete sus encuadres democráticos, el doctor debería convencer a sus pares de la bondad de sus reformas, pues ellos tienen la misma legitimidad de origen que el representante del agro. Lo que Bruniard llama corporativismo no es otra cosa que el juego de mayorías e intereses en el seno de un cuerpo colegiado.
Por otro lado, deja entrever que hay un “deep-state” en CONICET que se opone a la transparencia, la federalización y la vinculación tecnológica. Este planteo sugiere que esos tres campos de acción son novedosos en el CONICET. Lo cierto es que no es así, y toda la comunidad científica del CONICET discute con total normalidad, más allá de las diferentes miradas, cómo federalizar el organismo y las causas de fondo que impiden o impulsan la vinculación tecnológica. Sobre la federalización, puede decirse que existió una agenda concreta hasta diciembre de 2023, y que desde entonces no hay absolutamente nada que pueda federalizarse, pues el CONICET en su totalidad está en retroceso y retracción.
El debate sobre una supuesta resistencia a la vinculación con el sector privado se riñe con la propia información oficial publicada por el CONICET. Tanto la provisión de servicios, como los convenios, la generación de empresas de base tecnológica, y la producción tecnológica despegan de manera exponencial en el período 2003-2015, luego se mantienen estables o en ascenso y se registra una caída en los guarismos del 2024, ya dentro de la gestión actual. La idea de una comunidad del CONICET resistente a la vinculación tecnológica no tiene sustento alguno. El compromiso por transferir el conocimiento a la sociedad es algo que ya forma parte de la cultura institucional.
En otro pasaje de la nota se menciona la intervención del Dr. Galo Soler Illia, quien “se refirió a un sistema científico-tecnológico fragmentado, desarticulado y desacoplado de la universidad –otro sistema quebrado– y del mundo productivo-empresarial, una ciencia que no encuentra su lugar institucional en el desarrollo estratégico del país, o un país que no se encuentra.”
En un rompecabezas las fichas encajan unas con otras. Si el mundo científico-tecnológico no encuentra acople con el mundo productivo-empresarial, un abordaje intelectualmente honesto requiere analizar ambas fichas: el sistema científico-tecnológico, y el “mundo productivo-empresarial”. Los análisis por derecha suelen cargar las tintas en el sector científico, pero rara vez caracterizan o interpelan al mundo productivo local. Surgen preguntas al respecto: ¿contamos con un empresariado nacional que defienda explícitamente el agregado de valor, el desarrollo tecnológico como estrategia para la valorización de sectores industriales y el desarrollo de economías regionales? ¿O por el contrario se trata de un sector propenso al extractivismo financierizante y financierizado, que en lugar de resistirse a las políticas anti-industriales de Macri y Milei, apostó a una rápida reconversión hacia la importación de bienes, buscando maximizar ganancias a expensas de la primarización económica y los despidos de trabajadores? ¿Por qué motivo la inversión privada en ciencia y tecnología se mantiene permanentemente baja sin importar el ciclo político? Sin duda no hay respuestas unívocas, y los matices abundan, pero es extraño que los encuentros de científicos de perfil liberal, como el celebrado en la Academia de Ciencias, siempre aborden el rompecabezas mirando solamente la ficha del sector científico-tecnológico, y pasen a la ligera por sobre las contradicciones de un sector empresarial que, a diferencia de conglomerados como el paulista en Brasil, tiende a desentenderse del desarrollo nacional.
En otro pasaje se menciona que “la peronización del sistema científico y universitario dio impulso al gremialismo combativo, el clientelismo académico y la implantación de agendas ideológicas.” Este enunciado encierra una violencia implícita, pues presupone que ser peronista es algo negativo y no deseable en el CONICET. Preconcepto arraigado, que reaparece cual mantra en las fases de proscripción del Peronismo, tanto las del pasado, como la que sufre actualmente. Al igual que en el resto de la sociedad, en el CONICET hay peronistas, radicales, trotskistas, libertarios, socialistas, así como colegas que prefieren no expresar sus simpatías políticas.
Tal vez muchos trabajadores del CONICET han visto que durante los gobiernos peronistas recientes (2003-2015, 2019-2023) se plasmó una mejora en sus salarios y condiciones laborales, y se los convocó a poner sus conocimientos al servicio de problemas específicos tanto de la vida social como del entramado productivo.
El aporte del CONICET ante la emergencia sanitaria del COVID-19 es el ejemplo por excelencia de dicha convocatoria desde la política a todos y cada uno de los científicos y académicos.
¿Será que esta actitud gubernamental de articulación, respeto y visibilización en un proyecto de país inclusivo y humanista genera simpatías al seno interno del CONICET? Tal vez, pero esto es sólo una hipótesis, y en esta nota sí se aclara cuando un dicho no se sustenta en evidencia.
Finalmente, es asombrosa la mención a la “opacidad del sistema de evaluación del CONICET, a cargo de comisiones designadas a dedo por el directorio. Los criterios de evaluación son difusos, muchas veces no explícitos o puestos ad hoc para favorecer su aplicación discrecional. La confidencialidad de los dictámenes impide comparar resultados o constatar conflicto de intereses.”
Este enunciado también se desmorona ante la evidencia disponible y accesible de manera abierta. El mecanismo de evaluación del CONICET es, probablemente, de los más complejos, transparentes, dinámicos, auditables, y garantistas de todas las instituciones científicas similares al Consejo. Las comisiones evaluadoras no son designadas “a dedo”, sino a propuesta de comisiones de especialistas agrupados por gran área del conocimiento, que elevan listados ajustados a preservar la diversidad disciplinaria, el balance de género y el carácter federal de sus integrantes. Todos los miembros evaluadores son conocidos públicamente a través del sitio web del organismo, pueden ser recusados por los investigadores antes de su evaluación reglamentaria o pedido de ascenso, y existen instancias de alzada y reconsideración ante evaluaciones que se pudieran considerar injustas o erróneas. Los criterios de evaluación empleados también son públicos y conocidos por los candidatos antes de presentarse a las distintas convocatorias. El simple acceso y estudio del sitio web institucional da por tierra con esta grave acusación.
Luego de haber respondido con evidencia concreta y pública a los dichos de la Dra. Binetti, sólo queda recordar que el CONICET ha resistido el ajuste de gobiernos neoliberales en el pasado, y su inercia y masa crítica le han permitido resurgir airoso de esos embates, para volver a generar conocimiento de calidad en todo el espectro continuo que va de la ciencia fundamental a las aplicaciones tecnológicas y sociales. El ataque que experimentamos desde el 10 de diciembre de 2023 no tiene parangón, pues combina:
c) Estigmatización permanente y discursos anti-ciencia emanados desde las propias autoridades nacionales
d) Persecución ideológica mediante sumarios y demora de trámites a colegas disidentes.
Todo ello en un contexto de desmantelamiento de otras instituciones científicas estratégicas para la industria, el sector nuclear, el satelital, la salud pública, el agropecuario y el biomédico-farmacéutico, entre otros, donde los equipos del CONICET han aportado históricamente a su consolidación.
Todos estamos comprometidos, aún con diferentes miradas, con el mejoramiento del CONICET. Algunas de las aspiraciones de los colegas que sesionaron en la Academia Nacional de Ciencias son legítimas y compartidas por muchos. Pero omitieron mencionar que no serán alcanzadas de ninguna manera por las políticas implementadas por Javier Milei y sus funcionarios del área, Darío Genua y Daniel Salamone.
Desde el seno del CONICET habrá que sumarse a otros sectores para trabajar por el fin de la persecución y proscripción política y por el regreso de un gobierno popular, defensor de los intereses argentinos. Sólo de este modo el CONICET volverá a ser un actor clave en el desarrollo social, productivo, cultural y educativo de nuestra nación.