Porqué cuesta tanto cambiar
Muchas personas sienten que cambiar un comportamiento debería ser algo relativamente simple: si sabemos que algo nos hace mal, bastaría con decidir dejar de hacerlo. Sin embargo, en la práctica esto muchas veces cuesta más de lo que imaginamos.
Es frecuente escuchar frases como “sé que debería dormir más”, “sé que tengo que dejar de preocuparme tanto” o “sé que tendría que poner límites”, y aun así la conducta se repite una y otra vez. Esto suele generar frustración e incluso culpa, la persona entiende el problema, reconoce lo que le haría bien, pero no logra modificar lo que hace.
Asoma una pregunta muy frecuente: si sabemos lo que nos perjudica, ¿por qué resulta tan difícil cambiarlo?
Desde la salud mental sabemos que el cambio de conducta es un proceso más complejo de lo que parece. No depende únicamente de la voluntad o del conocimiento, sino también de cómo funcionan los hábitos, las emociones y los mecanismos de aprendizaje del cerebro. En consulta muchas personas llegan con una comprensión bastante clara de lo que les ocurre, pudiendo explicar qué situaciones les generan ansiedad, qué decisiones repiten o qué hábitos les hacen mal. Sin embargo, entender el problema no siempre alcanza para modificarlo.
Una de las razones es que muchas conductas cumplen una función psicológica: a veces sirven para reducir la ansiedad, evitar un conflicto o aliviar una sensación incómoda. En el corto plazo producen un alivio momentáneo, y el cerebro aprende rápidamente aquello que disminuye el malestar. Por ejemplo, revisar constantemente el celular, comerse las uñas, tener atracones de comida o darle vueltas a un mismo pensamiento puede generar una sensación de alivio por unos minutos, el problema es que ese alivio suele ser breve y termina reforzando el mismo ciclo que la persona intenta cambiar.
En términos simples, el cerebro aprende muy rápido aquello que calma la ansiedad, aunque ese alivio sea pasajero.
Muchas conductas cumplen la función psicológica de reducir la ansiedad, evitar un conflicto o aliviar una sensación incómoda. En el corto plazo producen un alivio momentáneo"
Con el tiempo, estas respuestas se vuelven casi automáticas, por eso cambiar un comportamiento no consiste solamente en “dejar de hacerlo”, muchas veces implica aprender otras formas de atravesar el malestar.
En la práctica clínica vemos esto con frecuencia: Una persona puede pasar todo el día bajo mucha presión laboral y encontrar en la comida una forma rápida de bajar la ansiedad, mediante los atracones. Si intenta dejar ese mecanismo, es probable que el atracón desaparezca, pero que la ansiedad siga ahí. Y ese es justamente el momento más difícil del cambio: cuando la conducta ya no está, pero el malestar todavía sí.
Cambiar una conducta implica tolerar, al menos durante un tiempo, una cierta incomodidad emocional"
En ese punto muchas personas sienten que el cambio no está funcionando. Sin embargo, en realidad están atravesando una parte esperable del proceso. Cambiar una conducta implica tolerar, al menos durante un tiempo, una cierta incomodidad emocional, el cerebro está dejando de usar la estrategia que conocía para aliviar el malestar y necesita aprender una nueva manera de responder.
Los cambios más estables rara vez ocurren de un día para otro. En la práctica clínica suelen aparecer a partir de pequeñas modificaciones sostenidas en el tiempo: responder de otra manera, sostener un límite, atravesar una emoción difícil sin evitarla inmediatamente o intentar un hábito nuevo aunque al principio resulte incómodo.
Cambiar una conducta no significa dejar de sentir ansiedad o incomodidad. Significa aprender a relacionarse con esas experiencias de una forma diferente.
Y muchas veces el verdadero cambio empieza cuando entendemos algo fundamental: saber lo que nos hace bien no siempre alcanza para hacerlo, porque el cerebro tiende a repetir aquello que le alivió el malestar alguna vez.
Con el tiempo, cuando nuevas formas de responder se repiten lo suficiente, el cerebro también aprende otros caminos posibles.