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perfil.com · hace 7 horas · María Raquel Bonifacino

La inteligencia artificial y el corazón humano: ¿cuál es peor?

Desnutrición en Gaza 24072025

La inteligencia artificial se convirtió en una de esas palabras que parecen explicar una época entera. Se la pronuncia con entusiasmo, con miedo, con oportunismo o con una solemnidad que a veces impide pensar.

Sobre ella opinan científicos, empresarios, docentes, artistas, periodistas, políticos y líderes religiosos. Algunos la celebran con fervor. Otros la miran como si ya viniera a terminar de arruinarlo todo. Entre esas voces aparecen también las advertencias del Vaticano, que han señalado sus riesgos y han pedido que la inteligencia artificial esté al servicio del ser humano.

No se trata de discutir una autoridad espiritual concreta, sino de mirar con atención las ideas que esas frases ponen en circulación. Porque cuando una institución de ese peso habla, sus palabras no quedan quietas: bajan a los medios, a las escuelas, a las empresas, a las conversaciones familiares y a la imaginación colectiva.

Una de las ideas más repetidas sostiene que la inteligencia artificial debe estar al servicio del ser humano. Incluso se ha sugerido que debería ser “humana”.

La formulación suena bien. Nadie podría oponerse, en principio, a una tecnología al servicio de las personas. Pero allí aparece la primera paradoja: ¿qué significa que la inteligencia artificial deba ser humana?

La inteligencia artificial no se vuelve humana por decreto, ni por documento, ni por temor. Si queremos que una herramienta tecnológica se acerque a una comprensión más profunda de la humanidad, no alcanza con mirarla desde afuera: hay que permitir que los seres humanos la usen, la discutan, la corrijan, la contradigan, la estudien y la interpelen.

Sin embargo, mientras se le exige que esté al servicio del ser humano, muchos espacios culturales, educativos, periodísticos, artísticos y laborales reaccionan bloqueándola. La prohíben antes de comprenderla y la expulsan antes de aprender a trabajar con ella. Le piden humanidad desde afuera de la puerta, como quien le grita a una planta que florezca mientras la guarda en un placard.

La inteligencia artificial no se vuelve humana por decreto, ni por documento, ni por temor"

Si los medios de comunicación, las instituciones educativas, el cine, la televisión, las editoriales, las universidades y los espacios creativos clausuran su uso, ¿cómo esperan que esa herramienta responda mejor a las necesidades humanas? ¿En qué experiencias va a ponerse a prueba? ¿Con qué errores, urgencias y contradicciones va a confrontarse?

Ninguna herramienta se vuelve ética por estar bien programada. Importa quién la usa, con qué intención, bajo qué reglas y frente a qué consecuencias. Hay una diferencia enorme entre regular y prohibir. Regular es poner semáforos. Prohibir es dinamitar el puente y después quejarse de que nadie cruza.

Nada de esto significa entregar la vida social a sistemas opacos ni celebrar cada novedad tecnológica como si fuera progreso. Significa, apenas, que la prohibición ciega no es pensamiento crítico: es miedo con membrete.

Regular es poner semáforos. Prohibir es dinamitar el puente y después quejarse de que nadie cruza"

También se ha presentado a la inteligencia artificial como un instrumento fascinante y tremendo al mismo tiempo. Si es un instrumento, el punto no es temerle como si tuviera voluntad propia. El punto es bastante más terrenal: quién la usa, para qué, desde dónde y con qué poder.

Un cuchillo puede cortar pan o puede herir. Una cámara puede revelar una injusticia o fabricar una mentira. Un sistema puede ayudar a orientar un diagnóstico o multiplicar prejuicios bajo apariencia matemática. El peligro no está solamente en la herramienta: está en las manos que la monopolizan.

Lo tremendo de la inteligencia artificial no aparece simplemente porque exista. Aparece cuando queda concentrada en pocas manos. Cuando las grandes corporaciones, los gobiernos, las plataformas o los sistemas de vigilancia la administran sin contrapeso.

Ahí sí aparece lo tremendo: no en el uso cotidiano de una herramienta, sino en la concentración silenciosa del poder tecnológico.

Algunas sirven para conversar, producir imágenes o investigar; otras para vigilar, clasificar personas o automatizar decisiones. Meterlas a todas en la misma bolsa es cómodo, pero intelectualmente pobre"

Además, hablamos de “la inteligencia artificial” como si fuera una sola entidad homogénea, del mismo modo en que a veces hablamos de “el ser humano” como si todos los seres humanos fueran idénticos. Y no lo somos.

Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido. No todas son iguales. No porque tengan carácter propio, sino porque responden a diseños, datos, reglas y finalidades distintas. Algunas sirven para conversar, producir imágenes o investigar; otras para vigilar, clasificar personas o automatizar decisiones. Meterlas a todas en la misma bolsa es cómodo, pero intelectualmente pobre.

El problema no está solamente en el uso cotidiano de estas herramientas, sino en su concentración: quién las controla, quién las regula y quién queda afuera. Una sociedad que solo teme a la inteligencia artificial visible puede no ver la más peligrosa: la que opera lejos de la conversación pública.

Otra frase repetida sostiene que la inteligencia artificial no puede reemplazar el corazón humano. La expresión parece tranquilizadora. Pero tal vez habría que empezar por una pregunta más simple: ¿para qué querríamos que lo reemplazara?

¿De qué corazón humano hablamos?¿Del que comparte el pan cuando no le sobra nada, o del que manda a otros a morir desde un sillón cómodo? ¿Del que cuida y acompaña, o del que esclavizó, torturó, incendió pueblos"

Nadie necesita que una inteligencia artificial tenga latidos. Bastante trabajo nos ha dado el corazón humano con los suyos. No se trata de fabricar una máquina con nostalgia, rencor o ego. La inteligencia artificial no tiene que reemplazar el corazón humano porque ese no debería ser su lugar.

¿Del que comparte el pan cuando no le sobra nada, o del que manda a otros a morir desde un sillón cómodo? ¿Del que cuida y acompaña, o del que esclavizó, torturó, incendió pueblos y convirtió la crueldad en costumbre, negocio o doctrina?

Hablamos del “corazón humano” como si fuera una garantía moral. Y no lo es. Ha escrito poemas, sí, pero también ha firmado sentencias de muerte. Ha levantado hospitales y también campos de concentración. Ha inventado la compasión y la bomba.

La inteligencia artificial no necesita reemplazar el corazón humano. Tal vez alcanza con que no copie sus peores costumbres.

También se advierte que la inteligencia artificial puede deshumanizar nuestras sociedades y ampliar la inequidad entre países. Son advertencias razonables, pero incompletas si se las presenta como amenazas futuras y no como realidades presentes.

Sociedades con migrantes empujados de una frontera a otra, personas sin techo durmiendo en las veredas, niños con hambre, jubilados que sobreviven después de haber trabajado toda una vida, enfermos que no pueden acceder a un medicamento y trabajadores explotados por sistemas que conocen perfectamente su fragilidad.

Tal vez la inteligencia artificial incomoda porque no nos deja mirar solo hacia adelante. Nos obliga a mirar para atrás también"

Temer que la inteligencia artificial deshumanice nuestras sociedades supone, quizás demasiado generosamente, que esas sociedades ya trataban humanamente a todos sus seres humanos.

La inteligencia artificial puede agravar desigualdades, sí. Puede volver más eficiente la vigilancia, más fría la burocracia y más invisible la exclusión. Pero no inventó la deshumanización ni la inequidad. Llegó a un mundo que ya estaba distribuido de manera brutalmente desigual.

Por eso conviene discutirla sin adoración y sin pánico. Sin convertirla en ídolo, pero también sin usarla como chivo expiatorio de todos los fracasos humanos.

Tal vez la inteligencia artificial incomoda porque no nos deja mirar solo hacia adelante. Nos obliga a mirar para atrás también. Y ahí el paisaje no es tan elegante: desigualdades viejas, obediencias cómodas, excusas repetidas y una larga costumbre de llamar progreso a lo que todavía deja gente afuera.

Si fuéramos tan perfectos, tan sublimes, tan moralmente superiores como nos gusta creer, tal vez la inteligencia artificial no nos inquietaría tanto. Tal vez no porque venga a reemplazarnos, sino porque empieza a parecernos un espejo.

Marcha de Ni Una Menos en el Congreso 20240603